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2 de abril 2026 - 00:00

Veteranos de guerra, arqueología y salud mental: el amor trasciende a la cuadrícula

¿Pueden nuestras prácticas ayudar a sanar a los veteranos de guerra? ¿Tiene la arqueología un potencial terapéutico? Una experiencia inédita en el país junto a veteranos de Malvinas.

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Trabajo de arqueología en campos de batalla junto a veteranos de Malvinas.

¿Puede la Arqueología ayudar a sanar el estrés pos traumático de guerra?

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Tras su paso, las guerras dejan marcas indelebles. Un cráter en la turba muerta. Una mole de acero hundida en el mar. Una pieza vacía. Aún los vencedores regresan a su tierra con algo que los perturba para siempre. La guerra marca a fuego, como la yerra. Ese tatuaje de dolor atraviesa, como un micelio, todo el tejido social. Ni los sujetos, ni los pueblos pueden quitárselo. Si la herida es bien cuidada, más temprano que tarde llega la cicatriz y con ella, el dolor reducido.

En Argentina, este proceso lleva ya más de cuarenta años. Demasiados para la vida de un ser humano. Nosotros, los científicos sociales paridos por la universidad pública, los arqueólogos, los historiadores, los antropólogos, alguna vez nos preguntamos: ¿pueden nuestras prácticas ayudar a sanar a los veteranos de guerra? ¿Tiene la arqueología un potencial terapéutico?

Hace algunos años, en Europa y Estados Unidos se hicieron la misma pregunta. Otros pueblos, otras culturas, el mismo problema. Su denominación científica es Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Según nos cuentan los profesionales de la salud mental, este tipo de cuadros es común a todo aquel que haya participado de un evento bélico.

No hace falta haber entrado en combate directo, es decir, haber visto matar y morir, haber sido herido o haber herido. Es un monstruo grande y pisa fuerte. Tanto que no deja a nadie a salvo, ni siquiera a los vivos. Ni siquiera a quienes estuvieron lejos de la primera línea. Al monstruo se le pueden adherir otros monstruos. El de la apatía social, el del abandono estatal, el de la miseria humana. Un portero que no saluda al joven combatiente que regresa del frente. Otro que le dice a su amigo: “Si hubieran puesto un poco más de huevos capaz que ganábamos, ¿no?...”

Veteranos arqueología

Las Malvinas, presentes en cada una de las campañas.

En otro siglo, un médico neurólogo nacido en Moravia observó que el método de la psicología era similar al de la arqueología. Excavar, exhumar aquello oculto, darlo a luz, trabajar con ello. Sin embargo, para Freud, el inconsciente era lo contrario de un sitio arqueológico. Dentro nuestro, siempre quedan marcas del trauma. En cambio, un sitio puede ser destruido y reducido a cenizas indescifrables.

Hoy, tecnologías mediante, sabemos que esto no es posible. Las fosas comunes del genocidio argentino, y el gran trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, así lo atestiguan. Sin embargo, entendemos la metáfora freudiana como un intento por describir la impronta del tatuaje al que nos referimos. Está ahí, para siempre. Solo podemos cambiar qué hacer con él, cómo vivir con él. Eso lo aprendimos de Martín Bourdieu. Veterano de guerra, psiquiatra e impulsor del primer centro de salud mental del Estado Mayor Conjunto, que abrió sus puertas en 2012.

Allí lo conocimos, una mañana neblinosa en la que le contamos el proyecto: llevar veteranos de guerra a campos de batalla, fortines y otros sitios arqueológicos para constatar el potencial terapéutico de estas prácticas. Martín fue tajante: “Llévenlos a campos de batalla. El veterano sabe lo que es un campo de batalla. Lo siente, lo conoce, lo puede oler. También puede darse cuenta que ahí estuvieron otros como él y que sintieron cosas parecidas. Pánico, hermandad, frío, coraje, hambre, compañerismo, dolor”.

Esa posibilidad de empatizar con otros sujetos históricos podría ayudar a evitar lo que Freud denominó como “sujeto de excepción”, un sentimiento por el que los veteranos perciben que vivieron una situación única y que, por ende, nadie puede entenderlos salvo ellos mismos.

En un país que a veces se autopercibe como “zona de paz”, valga el eufemismo para la lucha de clases, este sentimiento conlleva un sinsentido. Para muestra sobra un botón. Vean, se lo suplicamos, el maravilloso mapa interactivo de campos de batalla que realizó el Grupo de Estudios en Arqueología Histórica de Frontera: https://geahf.com/mica-4-6/#3/-44.09/-89.12 . Cosas que también dijo Martín Kohan en su ensayo “El país de la guerra”, pero que ahora se vuelven mapa, imagen, contundencia.

Ese día, junto a Martín, supimos que nuestra pregunta generaba movimientos sísmicos. Psicólogos, psiquiatras y arqueólogos se reunían durante horas para tejer un idioma común. Lo lograron. Meses después, el campo de batalla de Pavón los veía llegar por caminos polvorientos. Allí, donde se dirimió el futuro de la organización nacional, los veteranos harían su primera experiencia de campo arqueológico con la presencia e intervención de profesionales de la salud mental.

Veteranos arqueología

Profesionales y veteranos de Malvinas, trabajando juntos en antiguos campos de batalla.

Luego vendría el Fortín Miñana, la Vuelta de Obligado, la Verde y Miñana reloaded. Veteranos de distintos rangos, armas y regimientos que se reencontraban con otros cuyos testimonios solo nos llegan a través de la materia. Una pava aplastada, una bala impactada, el regatón de una lanza, una medallita de la Virgen, un botón.

Por las noches, la arqueología cambia de método. Fogones, asado, chistes, un vaso de vino, truco, una charla.

-¿Y vos dónde estuviste? -le pregunta un veterano a otro.

Hay risas pero también tensión. A veces las versiones de la guerra son distintas y contrapuestas. Nada quiebra el respeto ni la amistad posible. Los ata un delgado hilo: el de un nuevo colectivo en formación.

Al alba volvemos. Una y otra vez sobre el mismo sitio. Caminamos sobre una herida abierta con un arma infalible: el humor y una misión común. Dos equipos de veteranos compiten por el mejor hallazgo. Otros se chicanean de cuadrícula en cuadrícula. La solemnidad no nos ampara.

La comunidad siente nuestra presencia. Alguien invita a los veteranos a dar una charla en la escuela de un pueblo santafesino llamado Rueda.

Un nene pregunta:

-Señor, ¿las islas son reales?

Otros donan comida, comparten el link de “cafecito”, consiguen un alojamiento, nos dan una nota para el diario local o para un medio nacional. Todos agradecen. Nosotros también, los veteranos también.

-La gratitud es un sentimiento que expresa un estado mental positivo - Dice la psiquiatra Laura Bermolén.

Llega la hora del cierre, el anuncio del regreso a la vida cotidiana. Una compuerta se cierra trayendo consigo emociones, pensamientos, canciones y escritos. Hay confianza para contar cosas tremendas, pero también para llorar, abrazarse, cagarse de risa y seguir. Campaña tras campaña, el sentimiento de hermandad se reproduce. Quizás, en estos años de individualismo y pantallas, este proyecto sea un muy humilde aporte a la idea de que lo colectivo existe.

No es una entelequia. Funciona. Allí está la salud mental comunitaria, área que nos enseñó el musicoterapeuta Eduardo Quinteros, mostrando que el alcance terapéutico puede abarcar no solo a veteranos de guerra sino también a cualquier persona que haya sufrido un trauma. Es decir, a todos nosotros.

De allí el paper y la hipótesis que aparece fría como la noche malvinense pero que “se ríe de a pedacitos, igual que brasa soplada” al decir de Don Atahualpa Yupanqui. Los “resultados” que en realidad ya vimos en campo pero de los que hace falta presentar “pruebas”. Un mundo de convenciones que no siente dolor ni empatía, pero que permite hablar en el idioma de la comunidad científica hoy bajo ataque:

https://revistascientificas.filo.uba.ar/index.php/Arqueologia/article/view/15624/15412 .

Veteranos arqueología

A las campañas les siguen reuniones de revisión en la gran ciudad, rodeados de aires acondicionados y tazas de café. Las voces de veteranos y psiquiatras resuenan en una sala del barrio de Belgrano.

-Hay otro concepto, que es el de la mosca en la pared. Sirve para pensar cómo a veces podemos observar desde afuera situaciones que nos hagan volver al trauma, pero que no nos impliquen un compromiso emocional demasiado intenso. Eso es lo que pasa cuando hemos elaborado parte del trauma. Sigue ahí, no se va, pero podemos hacer que no nos consuma.

-A mí me parece que me pasó algo de esto. Poder ver la bala que mató o hirió a un hermano me genera injusticia y bronca, pero no me quedo ahí. Hace unos años sí. Yo era bronca pura. Ahora están estos sentimientos, pero también está el disfrute, el poder compartir.

Nuevas memorias. Al decir de Nicanor Parra:

-Para nuestros mayores

Las nuevas memorias eran un objeto de lujo Pero para nosotros

Son un artículo de primera necesidad:

No podemos vivir sin nuevas memorias.

No sirven para borrar las traumáticas, que son archivos blindados con contraseñas indescifrables. Sirven para plantear alternativas hacia otros futuros posibles. Imaginen una calle de mano única que ahora es doble mano. Hay dos carriles, una ochava, un giro, se puede doblar. Ya no es una sola mano de dolor, angustia y opresión. Hasta quizás podamos encontrar, en esa mano antigua, algún recuerdo salvable de compañerismo y amistad, del compartir el último bocado de pan.

-El amor trascendió a la cuadrícula - dice un veterano, en el cierre de Miñana.

Hoy, 2 de abril, día de intenso dolor para quienes perdieron un ser querido en la guerra o para quienes vieron sufrir a sus hermanos en la posguerra. Es un monstruo grande y pisa fuerte. No lo olvidemos. ¿Qué nos queda, más que inventar nuevas formas para abrazarlos? ¿No querríamos que otros hicieran lo mismo con nosotros? Quizás esa pueda ser la base de un nuevo punto de partida para nuestro pueblo. El abrigo sobre el otro. Un poncho colectivo que nos cobije. Eso que faltó en las islas y en la posguerra.

El autor es licenciado en Historia. Integra el Instituto de Arqueología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires - CONICET.

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