Pirro fue dos veces rey de Epiro; primero, entre los años 307 y 302 a.C., y posteriormente de 279 a 272 a.C., y se constituyó en uno de los principales generales de su época.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Poseedor de un fuerte convencimiento sobre las virtudes de los proyectos hegemónicos, durante su reinado se caracterizó por batallar contra todos, y sus triunfos en importantes batallas le fueron dando nuevos territorios en Macedonia, Tesalia y hasta se animó a combatir a los romanos, a quienes derrotó en Heraclea y en Ausculum, soñando con destruir su imperio y hasta apoderarse de Cartago.
Este temerario estratega no temía a nada ni a nadie, y en su camino de conquistas y de librar batallas contra todos, declarando que no conocía el miedo y que nadie podría amedrentarlo ni apartarlo de su camino, fue diezmando sus propios ejércitos conformados por decenas de miles de soldados -infantes y jinetes-; sus extraordinarias fuerzas de choque precedidas por decenas de elefantes; hasta tener que admitir que la cantidad de pérdida, muertes y daños sufridos convertían la victoria en algo absurdo, y sin sentido alguno.
A este tipo de triunfo, donde los daños sufridos resultan mayores que los provechos supuestamente perseguidos, se lo llama desde entonces «victoria pírrica».
Patético
Algo similar a lo acontecido con Pirro ocurre en estos días con el presidente Kirchner cuando batalla contra una realidad preocupante que comienza a aparecer en el horizonte económico y que se denomina «inflación». Del mismo modo que el general helenístico, el presidente Kirchner también aspira a dos períodos de gobierno -quizá también con interregno-y se siente un gladiador que debe luchar en toda batalla que se le pueda presentar, propias y ajenas, y al igual que Pirro, dispone de sus propias legiones de soldados partidarios y de sus fuerzas de choque que enfrentan a los sectores que no se sometan a la voluntad y designios de los triunfos pretendidos y aspirados.
El ejemplo más patético de este pensamiento es la política implementada por su gobierno en materia de comercio interior y -en especial- lo recientemente ocurrido en materia de control de precios y descabezamiento del INDEC con el único objetivo de que los índices de precios y la tasa de inflación no arrojen sombra alguna sobre su proyecto político. Cuando la realidad indica que, como consecuencia de la reactivación económica -que es cierta-, de un grado de impericia en el manejo del Presupuesto y del gasto público, de la falta de inversión genuina en cuestiones estructurales y -finalmente-por la coyuntura internacional en materia de «commodities», se disparan los precios y se produce una incipiente crecida inflacionaria, el gobierno se pone nervioso y, en lugar de buscar soluciones al problema, se intenta implementar paliativos « cosméticos» que hagan parecer que nada de esto está ocurriendo. Esto no es más que una forma de negarse a asumir la realidad y de obrar en consecuencia.
Despidos
Así, si el índice de precios mide alto, lo mejor es modificarlo por órdenes superiores. Si aún así no se consigue esa modificación en el grado esperado porque la estadística es una ciencia exacta que no permite tal manipulación, pues entonces habrá que despedir a los actuarios que elaboran el índice que nos molesta. Si la carne sube de precio porque la demanda internacional se incrementa, pues entonces prohibamos las exportaciones de carne; si el precio del trigo sube, detengámoslo artificialmente y esa suba en el valor de mercado del bien compensémosla con un subsidio, de modo que el precio aparente siga intacto y no afecte el índice; si la medicina prepaga aumenta, disimulemos esto implementado un sistema de «copagos». Así, en el índice oficial el precio será el mismo, aunque el consumidor deba pagar más por el servicio; y así sucesivamente. Para los casos en los cuales esto no pueda arreglarse de este modo, existirá siempre la posibilidad de utilizar mecanismos oficiales de premios y castigos -amenazas incluidas-para disuadir cualquier intento de rebelión en el mercado. Con estas pequeñasbatallas, el gobierno del presidente Kirchner va derrotando el «índice» de inflación bajo el mismo sistema con que ganaba las batallas Pirro. Una victoria para las noticias, la prensa y el público a un costo tan enorme que hace perder totalmente el sentido del triunfo invocado. En el caso argentino, el triunfo aparente del presidente Kirchner sobre el «índice» de inflación no ha sido tal.
En el camino
Han quedado en el camino como caídos en la batalla la confiabilidad de los índices futuros de inflación -que permanecerán por mucho tiempo sospechados de manipulación por los nuevos funcionarios-; los precios que figuran en las listas -que dejarán de ser referentes para el mercado-; las estadísticas sobre consumo, empleo, crecimiento y comportamiento del mercado -sospechadas también de amigable elaboración-; los reclamos de los diversos sectores de la producción y de los servicios que deben ser resueltos -pues faltarán parámetros objetivos y confiables de referencia para la toma de decisiones-, y hasta la renegociación de los futuros aumentos salariales y convenios colectivos, ya que los índices oficiales no podrán ser utilizados para evaluar correctamente la situación.
A todo ello hay que agregar el desconcierto y la desazón que esto producirá en la población debido a la próxima aparición de todo tipo de índices y estadísticas paralelas que sólo traerán preocupación y angustia al hombre común que no sabrá a quién creerle. ¿Era todo esto necesario para poder conseguir algunas décimas de menos en las mediciones? ¿A qué teme tanto el gobierno? Hace falta hoy un poco más de realismo al encarar los problemas estructurales y de fondo de la Nación. La inflación y los problemas o desajustes que puedan presentarse en el ámbito la economía no se solucionan matando al mensajero, cambiando los índices, ni amenazando a los productores y comerciantes con un revólver sobre la mesa. Lo que pueda conseguirse por estos métodos no son más que victorias pírricas.