Todos recordamos las «Vidas paralelas», de Plutarco, esas magníficas obras en las cuales el literato y otrora sacerdote de Apolo en Delfos establecía comparaciones entre personajes históricos de la Grecia y la Roma antiguas, con el objeto de señalar diferencias y semejanzas entre ambas culturas.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En la Argentina de hoy, en lo que a seguridad y combate del delito se refiere, Plutarco encontraría suficiente tema para agregar a sus veintidós biografías alguna más, estableciendo el paralelo entre dos sociedades absolutamente distintas: la vida del hombre común, por una parte, y la vida de los funcionarios y los políticos, por la otra parte.
El hombre común ha perdido todo contenido de la palabra «seguridad» y vive sepultado en el miedo y la violencia. Diariamente se ve sometido a todo tipo de ultrajes y ataques por parte de los delincuentes; es secuestrado y muchas veces mutilado o muerto; sus hijas son violadas a la luz del día en lugares públicos o al regreso de sus trabajos o sus centros de estudio; sus hijos son asesinados por quienes pretenden de él algún pago de un rescate o son víctimas de patotas organizadas que se han adueñado de las esquinas de la ciudad; le son robados sus más elementales bienes de uso diario; no puede caminar por la calle de noche sin colocarse en situación de riesgo; ya ni en un colectivo o comiendo con amigos en un restorán puede sentirse seguro porque ambos ámbitos son copados por delincuentes, quienes, a sus anchas, lo desvalijan, hieren y maltratan y si se resiste o reacciona, lo matan. La sociedad en su conjunto ha recogido esta angustia del hombre común y reclama soluciones efectivas y rápidas para el flagelo que significa la delincuencia en nuestros días en nuestra ciudad y en el Gran Buenos Aires.
Custodiados
Los funcionarios y el mundo político y oficial, por el contrario, no sufren ninguno de estos problemas. Sus casas tienen custodia policial permanente, sus hijos están vigilados, los autos tienen protección y también sus lugares de trabajo. A ellos nadie les arrebatará el celular por la calle ni serán heridos, mutilados o agredidos en caso de resistencia, como tampoco los secuestrarán, pues no podrán ser abordados.
Desde ese lugar de tranquilidad y seguridad absoluta, lejos de los problemas que afectan y angustian al hombre común, en lugar de preocuparse por ver cómo se soluciona este gravísimo problema o de estudiar cómo se mejora a la Policía en materia de ingresos, recursos, equipamiento, capacitación y distribución funcional de tareas, teorizan sobre las estadísticas y el mapa del delito y con cifras, gráficos y estudios comparativos, intentan convencer al hombre común que sufre y padece la inseguridad de que, en realidad, lo que él vive como «inseguridad» no son realidades sino meras «sensaciones».
Divagaciones
Al mismo tiempo, como para el mundo oficial no hay «inseguridad» sino sólo «sensación de inseguridad», dedican sus esfuerzos a teorizar y divagar sobre el tema y proyectar una reforma a las leyes penales buscando -curiosamente- la «despenalización» de los crímenes. Así, proponen que quienes no hayan cumplido todavía los 18 años de edad puedan matar, secuestrar, violar, robar o cometer todo tipo de tropelías sin que puedan ser « imputados» de delito alguno; fomentan que se reduzcan las penas, que desaparezca la asociación ilícita del texto del Código, que sea lo mismo secuestrar y matar que secuestrar y no matar, que no se castigue la corrupción sexual de menores, que se facilite la reducción de condenas y hasta que se legalice el consumo y la producción de drogas, entre tantos otros disparates.
Se persigue que muchos de los crímenes que hoy existen dejen de ser tales, y las comisarías y las cárceles sean sólo albergues «temporarios» de « tránsito» entre un crimen y el siguiente, ante la mirada permisiva e impávida de funcionarios y jueces. Si el proyecto finalmente es convertido en ley y genera mayor inseguridad, para ellos no habrá problemas porque siempre estarán custodiadosy seguros. Algunos ricostambién podrán protegerse contratando seguridad privada; pero el hombre común no... él no tiene alternativa, sus magros ingresos no le permiten ese lujo.
En la Capital Federal, solamente, hay más de 2.000 efectivos policiales destinados a la custodia de funcionarios. Cifras más alarmantes existen en la provincia de Buenos Aires. Imaginemos si toda esa fuerza se volcara a patrullar las calles y proteger a los ciudadanos comunes, entre los cuales también deberían encontrarse los funcionarios. Habría mayor prevención y control del delito, y los mismos policías de calle estarían más protegidos entre ellos y no expuestos a perder la vida ante cualquier asalto, como ocurre hoy. Pero eso es impensable en estos días, porque para quienes están « seguros» no hay realmente «inseguridad».
Una chica es violada a las tres de la tarde en una estación central de subte; un hombre de 75 años es secuestrado y sus captores atraviesan la ciudad atropellando a una mujer; cuatro delincuentes toman por asalto un restorán, someten a los clientes y roban a todos; un joven es fusilado para robarle el auto; un menor es asesinado por una patota en un barrio céntrico; jubilados y ancianos son matados, saqueados y torturados; un colectivo es tomado como « aguantadero» para un secuestro exprés y mutilan al conductor; en la esquina del edificio donde vive un funcionario custodiado por más de cuatro policías a la vez y por juegos de rejas móviles, opera una banda de menores que ataca a los transeúntes golpeándolos y robándoles sus celulares, bolsos y carteras; pero la custodia no puede abandonar el objetivo; 500 personas deciden tomar por asalto y saquear un conjunto de complejos habitacionales ante la pasiva mirada de las fuerzas del orden paralizadas por la orden de un fiscal; y se planea dejar libre a 50% de los delincuentes presos.
¿«Inseguridad» o « sensación de inseguridad»? Como dirían los griegos: no especules y «circunscríbete a los hechos...» para obrar en consecuencia.
Dejá tu comentario