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Esa historia sucesiva de actos es, para el justicialismo, su Biblia sacrílega (bueno, también están los discursos del General y la marcha). Fue la exhibición de multitudes en distintos 17, en muchos casos mitad espontáneas y otro tanto embarcadas a leva, la razón del poderío electoral. Tanto que, para vencerlo por primera vez, Raúl Alfonsin y sus coordinadores radicales hasta igualaron concentraciones con quizás un millón de almas en el Obelisco e imaginaron que las movilizaciones populares eran el imprescindible fundamento para llegar al gobierno y, también, gobernar.
Confusiones aparte, lo cierto es que la celebración del 17 para el peronismo constituye la excusa para juntarse y, de paso, amedrentar a adversarios. Sean propios o ajenos. Y ayer se tiñó del mismo espíritu: Carlos Menem con 35 mil simpatizantes en La Rioja, 2.000 Adolfo Rodríguez Saá en La Quiaca, 6.000 Néstor Kirchner en Rosario, otros 4.000 José Manuel de la Sota en el Chaco o Eduardo Duhalde, por partida doble, con 3.500 en su tierra de San Vicente y unos 6.000 por la noche en Catamarca. Cifras de los propios organizadores -cuestión de no entrar en disputas aritméticas- para reunirse en módicas plazas, museos o miniestadios, no tanto para proteger del clima a los asistentes sino por la categoría de «mini» que registran esos lugares. Cuanto más cubierto el lugar, menos gente entra.
Dos conclusiones obvias de este 17: la lealtad se prodiga en varias fuentes cuando no están en el poder y, lo más significativo, la devaluación también alcanzó a la esencia del partido, quizá tanto como les arrebató los fondos a los ahorristas o el poder de compra a los consumidores. Para graficarlo: si estuvieran unidos, los peronistas de todo el país en la víspera apenas si colmaban la cancha de Huracán, ni soñar con la Bombonera, nunca la de River por más que les prometieran estar cómodamente sentados en todos sus rincones.
Cada orondo candidato y el partido in totum aseguraban ayer que tienen al pueblo tras ellos. Apiñaron los candidatos en sus actos a poco más de 50 mil personas -en su mayoría tentadas por un señuelo de vino y chorizo-y hablan por la representación de un electorado de casi 25 millones de almas con capacidad de votar. O sea, 0,2%. Y eso que cada postulante presidencial está en el medio de una fragorosa campaña, a dos meses apenas de la interna que elegirá la fórmula partidaria.
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