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El choque más sonoro lo protagonizan, por la secretaría general, el intendente de La Plata, Julio Alak, con su colega de Avellaneda, Baldomero «Cacho» Alvarez. Como el duhaldismo más duro le otorgó ese cargo a Alvarez, Alak amenazó anoche con apartarse del consejo partidario llevando tras de sí a 12 delegados de Felipe Solá. Alak era hasta ahora el secretario general. Como dijo él, «un secretario general exitoso». Misterios de las evaluaciones bonaerenses.
La contienda entre Alvarez y Alak reanimó otras disidencias. La de Manuel Quindimil, por ejemplo, que fue excluido de la mesa de mando del partido a pesar de su larga trayectoria como intendente de Lanús. Con la misma virulencia se quejaba ayer Alberto Balestrini, intendente de La Matanza y eventual primer candidato a diputado de las listas del año próximo.
En medio del tembladeral, José María Díaz Bancalari aportó al mayor desorden: «Así no asumo como presidente», dijo el jefe de bloque, después de pedirle a Hugo Curto (su jefe en la estructura metalúrgica) que arregle un entuerto sin salida.
En vano Duhalde ordenó que se crearan 48 secretarías para mantener tranquilos a todos los suyos. Las ambiciones desbordaron ese organigrama insólito y hoy, en San Vicente, tal vez se frustre su renunciamiento «tipo Evita» a ocupar la jefatura. Salvo que en una reunión preliminar programada anoche se consiga acomodar a Alak, Alvarez y el resto de los quejosos. Es llamativo: el hombre que consiguió en apenas un año y medio organizar la unidad sudamericana no puede combinar las voluntades de sus seguidores inmediatos. Tal vez haya que sospechar de alguno de estos fenómenos. O de ambos.
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