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5 de diciembre 2002 - 00:00

Bergoglio: un papabili al que le pretenden el cargo

Es explicable, pero no esperado, el relieve que toma este año el debate religioso en la Argentina. No ya por el sesgo político que tuvo por caso la actuación de los obispos católicos en la llamada Mesa del Diálogo, un foro que se declaró defraudado con lo que logró. Eduardo Duhalde, sin embargo, había dicho que convertirían sus dictámenes en la guía de su gobierno. Sobrevino en las últimas semanas el caso Grassi, a raíz de la injusta acusación al sacerdote a partir de una trama que responde también a una agresión a la institución Iglesia. Esta semana -cuando se está hablando además de un Jorge Bergoglio en carrera para ser el próximo Papa-estalla otro conflicto entre el obispo de Córdoba y el gobernador José Manuel de la Sota por el destino del dinero de las privatizaciones. Esta inesperada vigencia del debate sobre la Iglesia agrega nuevas aristas a la polémica política.

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Dispone Bergoglio, además, de una condición complicada: tiene 66 años y esa edad lo indispone con una cúpula que pretendería mandatos cortos. La duración de Juan Pablo II, hoy 24 años de mandato, interrumpe demasiadas aspiraciones por más desprendimiento espiritual que se imagine por la alegría de la gestión. Hay, sin embargo, un dato favorable para Bergoglio u otro representante del continente: el último Papa fue elegido por una cumbre de 90 votantes (cardenales) y hoy esa base se amplió a 139. Por lo tanto, los casi 30 representantes de Iberoamérica disponen de un poder significativo -superior al de otras épocaspara imponer candidatos o intereses.



No es la primera vez que han pretendido trasladar a Bergoglio de la Argentina a Roma y, por lo que se sabe, él mismo rechazó esa posibilidad. Alguien que desea ejercer el poder religioso, ser significativo -lo que es casi una condición tradicional en los jesuitas-dudosamente se interesaría en terminar como confesor del Papa, distinción a la que accedió otro «papabili» argentino ya muerto: monseñor Eduardo Pironio. Para quien no entiende la figura, habría que comparar entre ser gobernador de una provincia, con todos los timbres y autoridad, o ser ministro de Salud de un presidente que decide. Cada uno elige.

Para Bergoglio, además, las internas en el Vaticano con su persona no son una novedad: su nombramiento en el Arzobispado, a pesar de la fuerte recomendación que en su momento instruyó Antonio Quarracino, su antecesor en el cargo, constituyó un parto quizá porque no gozaba de las simpatías -entre otros en esa sede eclesial-de un obispo influyente como Jorge Mejía. Cuenta la leyenda que Quarracino utilizó todas sus dotes -y todo el mundo sabe de lo que es capaz este campechano hincha de Boca-para poder imponer a Bergoglio sobre esa burocracia. Hoy, quien recuerda esos episodios le podría atribuir una intencionalidad semejante a quienes patrocinan su ascenso (si no a Papa, por lo menos a una función jerárquica de importancia) para ocupar su espacio en la Argentina. Nadie ignora que, para remover, en la Iglesia primero se promueve. Al margen del «club» (Laguna, Casaretto y otros, tan en longitud de onda con Mejía), que siempre pretendió ese lugar, también se podría postular para esa emergencia un hombre que a menudo viaja al Vaticano: Héctor Aguer, arzobispo de La Plata.



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