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9 de marzo 2004 - 00:00

Bielsa sufre su "Canossa" mientras ojea Via Condotti

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El canciller Rafael Bielsa se reunió en la legación argentina en Roma con embajadores argentinos en Europa Oriental. En la foto Jorge Taiana, Bielsa, Aníbal Fernández y Eduardo Valdez.

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En efecto, Bielsa está en Roma desde el domingo por la noche, para asistir a una audiencia con el Papa, pasado mañana. ¿A qué se debe tanta antelación en el viaje? Habrá que pensar, tal vez, que Wojtyla lo sometió a la amansadora como Gregorio VII a Enrique IV, que debió expurgar sus culpas en las nieves de Canossa durante tres días antes de besar el anillo del Pontífice.

No hay que pensar, como con vulgaridad hacen algunos funcionarios de la Cancillería, que la antelación de Bielsa; su segundo, Eduardo Valdés; el secretario de política exterior, Jorge Taiana; y el secretario de Culto, Guillermo Oliveri, se debe a la urgencia por pasear por Via Condotti y hacer alguna compra de corbatas coloradas en Hermés, como le gusta al ministro.

Bielsa apeló a lazos visibles e invisibles para atenuar cualquier conflicto con el Vaticano.

Oliveri, eficiente en el tejido diplomático con la Curia, visitó Roma hace unos meses y preparó el terreno para esta peregrinación, sobre todo en contacto con el argentino Leonardo Sandri, el secretario sustituto.

El canciller también recurrió a viejos contactos con la jerarquía eclesiástica, provistos por su amigo Mario Montoto (ahora reconciliado con Néstor Kirchner e interesado en una privatización estatal), gracias a quien Bielsa conoció a Esteban Caselli, secretario de Culto durante la gestión de Eduardo Duhalde y el argentino con mayor influencia en la administración vaticana.

Sin embargo, entre aquellas gestiones y esta visita ocurrieron varios episodios irritantes en el vínculo entre Buenos Aires y la Santa Sede. En primer lugar, la postulación de una abogada que se manifestó «atea militante» y «abortista» para integrar la Corte Suprema de Justicia. Medio gabinete debió aclarar que las posturas de Carmen Argibay no son las del oficialismo, pero esa profesión de independencia se opacó cuando se hizo público que también Elena Highton de Nolasco comparte la tesis de su colega, aunque con otros argumentos (por ejemplo, el del « derecho a no nacer»). Las razones de Highton fueron publicadas en una revista académica y divulgadas la semana pasada por este diario y también por la revista católica «Cristo Vivo», de circulación en todas las parroquias del país. Una picardía que el gobierno no haya sido consecuente con su propuesta inicial de enviar ternas al Senado para seleccionar a los jueces. Tal vez Bielsa hubiera evitado el silicio en Roma.

Estos episodios quedaron opacados en los últimos días por otro: el destrato al que fue sometido Adriano Bernardini, el Nuncio Apostólico, envuelto en un conflicto con el gobierno de Alberto Rodríguez Saá en San Luis, acusado de llevar adelante una gestión persecutoria para la curia provincial. Bernardini es el representante del Estado Vaticano en el país, el embajador del Papa. Célebre por su paciencia -acaso cultivada en su larga permanencia en el extremo oriente, donde ya ejerció la nunciatura- decidió levantar el perfil e intervenir junto al obispo Jorge Lona en el entredicho con la administración. Bernardini visitó San Luis y, cuando quiso recorrer un centro de atención a la niñez que fue transferido desde la Iglesia al Estado, le fue impedido el ingreso al mismo.

Para el gobierno esta «querella de las investiduras» resulta más cómoda que la que dominó a la gestión de Fernando de la Rúa, cuando el nuncio Santos Abril y Castelló se negaba a la construcción de un hotel vecino al palacio Olmos, sede de la embajada del Vaticano. Los criterios arquitectónicos de Bernardini son distintos de los de su antecesor y eso facilitó las relaciones hasta que apareció el entredicho puntano (dicen que también facilitó el trato la incorporación de algunos socios piadosos a la firma «El Rosario», propietaria del hotel).

Bielsa espera y, con tal de congraciarse con su anfitrión, hasta exhumó una vieja devoción nada menos que a Josemaría-Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei (al revés de muchos militantes de derecha, que sacan ahora a relucir sus primos desaparecidos o una improbable estadía en las cárceles de la dictadura). No debería escandalizar, ¿o a la canonización de este cura español no asistió, sin dar explicaciones, el ex comunista Massimo D'Alema? Versatilidad que desarrolla también el canciller, capaz tal vez de sorprender algún día con que, además de ganarse el cariñoso apodo de «cubanito», tiene condiciones para ser amigo de la CIA.

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