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El Departamento de Estado anunció el viernes pasado dos decisiones importantes, a las que el gobierno argentino ha de prestar atención, sin duda. Una, la de vetar la venta de aviones españoles, producidos por Construcciones Aéreas SA, a Caracas. La otra, hacer lo mismo con aeronaves de Brasil, fabricadas por Embraer. En ambos casos, el mismo argumento: Chávez puede desestabilizar la región con el uso de esas máquinas.
El gobierno de George W. Bush está facultado legalmente a impedir ese tipo de ventas si suponen transferencias de tecnología de su país hacia gobiernos que no son amigos. Esta vez hizo uso de ese derecho y, por primera vez, llevó al terreno práctico la censura contra el régimen bolivariano, que hasta ahora era principalmente retórica.
El viaje de ese diplomático de los Estados Unidos a la Argentina llamó la atención por sus exaltaciones retóricas. Dijo que apreciaba la « hospitalidad y fineza» de Kirchner (vaya a saber qué le habían anticipado antes de salir, en Washington) y calificó de «exitosa» la Cumbre de las Américas, una especie de desconsideración para el mexicano Vicente Fox, quien fue casi insultado en el contexto de esa reunión, sobre todo por Chávez. Sin mencionar el estado de ánimo con el que regresaron a sus casas el propio Bush y la secretaria Rice, temperatura que tuvo ocasión de medir Lino Gutiérrez, el embajador saliente de los Estados Unidos en Buenos Aires.
Ahora esta reconciliación aparece como un intento del Departamento de Estado de «pinzar» al gobierno de Kirchner como socio mientras se ajustan las clavijas en la relación bilateral de los Estados Unidos con otros miembros del Mercosur. Para el santacruceño este nuevo cuadro constituye un desafío: ¿llevará Chávez el problema de su «discriminación» a la cumbre de Brasilia? ¿Obligará a su colega argentino a tomar partido? En el Palacio San Martín confíanen que eso no ocurra, lo cual es una manera discreta de advertir que la solidaridad con el bolivariano sería escasa.
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