Clima mortuorio y encendido en la CGT: se murió un secretario personal de Hugo Moyano (de apellido Cabrera) y, por el homenaje a José Ignacio Rucci -quien fue asesinado en 1973 cuando era secretario general de la central obrera-, hubo felicitaciones para José Luis Lingieri, que lo recordó con desafiante entusiasmo hace 48 horas en la Chacarita. No fue sálo una evocación. Más bien, allí el segundo jefe de la CGT insinuó que el crimen (facturado por Montoneros) en alguna medida se hace más inolvidable porque ciertas diferencias políticas de entonces aún persisten (patria montonera versus patria justicialista). Nadie ignora que ese mensaje en el cementerio -como la solicitada que publicó la Unión Obrera Metalúrgica, sindicato al que pertenecía Rucci- parecía dirigido a cierto sector del gobierno. Y, como se sabe que Néstor Kirchner controla a todos los sectores, era el único destinatario.
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Pero este capítulo, sobre el que habrá que volver, no fue lo único que trataron los sindicalistas: 1) también tomaron decisiones con el traslado de los restos del general Juan Domingo Perón, el próximo 17 de octubre,-2) elaboraron una estrategia sobre el futuro reclamo de elecciones internas dentro del Partido Justicialista y 3) se unificaron para el nuevo debate salarial, en apariencia poco acorde con el pensamiento del Ministerio de Economía, por lo menos. Para detallar:
1) Han determinado que no discutirán más con el gobierno la cuestión del traslado del féretro de Perón a San Vicente, cuando abandone el velatorio en Azopardo 802. La CGT se hará cargo de la seguridad y de los gastos. Inclusive, anteanoche hubo confrontación en la reunión del Partido Justicialista, cuando Hugo Curto -un bonaerense de origen metalúrgico que goza de estima presidencial, a cargo de la intendencia de Tres de Febrero- insistió con la propuesta atribuida al gobierno de utilizar la autopista para el último viaje del General a su futura morada. Sin embargo, buena parte del sindicalismo considera que utilizar esa vía es una pretensión política para disminuir lo que sería la majestuosa despedida de su líder. Entienden que en el gobierno, por antecedentes, existen figuras que en la década del 70 se sentían incómodascon Perón. Al asumir esta última posición, el duhaldista Juan José Mussi (intendente de Berazategui) lo atacó a Curto, se produjo una colisión verbal que casi se extrema a lo físico, e insistió con vehemencia en la necesidad de trasladar los restos por Pavón para que todo el pueblo pueda acompañarlo o saludarlo desde los costados de la avenida. Y cerró la tenida con una concluyente pregunta: «¿O acaso vos querés llevarlo en helicóptero para que nadie lo vea?». Se impuso esta alternativa mientras le enviaron un mensaje al propio Kirchner: si quiere asistir, a la CGT o al cortejo por Pavón, será bienvenido. Caso contrario, no lo vamos a lamentar (a esa reunión en la calle Matheu había prometido asistir Alberto Fernández). Saben, eso sí, que para el 17 de octubre ciertos sectores kirchneristas también convocan a un acto conmemorativo para el general en la tierra de José C. Paz, organizado por el oficialista intendente Mario Ishii. Hay quien supone que, por seguridad al menos, el Presidente tal vez prefiera asistir a esa celebración y no a la del gremialismo.
2) Coincidiendo con el reclamo de varios dirigentes peronistas del interior (Juan Carlos Romero, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, José Manuel de la Sota), la CGT se pronunciará a favor de la convocatoria en tiempo perentorio de elecciones internas dentro del partido. Se prepara un documento, habrá presión sobre los jueces electorales y el gobierno para saldar una omisión organizativa que reconoce una tardanza casi inexplicable. También en este plano se le reserva a Kirchner la posibilidad de ponerse o no a la cabeza del partido, idea que no lo tienta. Este propósito de reorganización es, sin duda, un desafío obvio a la transversalidadgubernamental, que ahora se llama concertación.
3) Más inflamada en el área que domina y conoce, la cúpula de la CGT ya revisa y ensaya su próxima exigencia salarial, de la que por supuesto no está apartado Hugo Moyano. Entienden que no habrá negociación si el piso de ese aumento no repara en un mínimo de 15%, demanda que naturalmente escandaliza al sector empresario y también al gobierno. No sería lo único: también pedirán una recomposición del mínimo salarial que implica un porcentaje superior al que plantean para los sueldos convencionales. Si se llegara a consumar esta alternativa seguramente generará inestabilidad a la cuestión económica en tiempos preelectorales.
Todo esto transcurría en un ámbito caldeado donde algunos se sienten ofendidos por denuncias (ciertas, como la que le costó el cargo a Juan Manuel Palacios en UTA) o los reclamos impositivos contra Raúl Viviani (taxistas), quien imagina influencias del oficialismo en la cercanía de la fiscal que lo impugna. Para muchos de los asistentes, estos episodios son parte de una campaña más vasta para castigarlos y enlodarlos ante la opinión pública. Como, decían, ocurrió con Rucci, o Augusto Timoteo Vandor, a quienes se les imputaban malversaciones o beneficios personales por su tarea. Esa acción mediática sirvió, entonces, para que no hubiera indignación popular cuando fueron asesinados por la guerrilla. Pero al «Lobo» (Vandor) sólo se le podía reprochar apego y vicio por las carreras de caballos, ya que su esposa y familia no quedaron con bienes, al contrario, debieron ser luego asistidos por su gremio. Aun así, se lo reputó de «corrupto», al igual que Rucci, cuyos herederos debieron ser sostenidos a través de alguna colecta y sus dos hijos, hoy, son asalariados en el gremio de Gerónimo Venegas (UATRE).
Como se advertirá, no se vislumbra hoy el clima más propicio para la relación de gobierno y CGT. Hay demasiadas historias pendientes, pasadas y presentes.
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