Chávez animó regreso con Kirchner al conurbano
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Cristina y
Néstor
Kirchner,
junto a un
indiscreto
Hugo
Chávez y al
intendente
local, Darío
Giustozzi,
luego del
acto que
compartieron
en
Almirante
Brown.
El show del venezolano responde a la misma lógica. A pesar, incluso, de que la llegada de Chávez haya incomodado a Lula da Silva. O que, con agenda y tiempos propios, el visitante hable de los «ataques de la oligarquía» contra el gobierno de los Kirchner. En referencia al campo, claro.
Hay un detalle más: durantela cumbre del Mercosur, en Tucumán, Chávez tenía planificado un acto que sobre la hora se suspendió a pedido de la Casa Rosada. El argumento fue que la sobreexposicióndel caribeño podría ser perjudicial en medio de la crisis con el campo.
Por entonces, Chávez accedió. Ayer, con la excusa de visitar un barrio de construcción de viviendas gerenciado por la Fundación Madres de Plaza de Mayo, tuvo finalmente su acto. Y alineó a todo el diverso universo K: Hebe de Bonafini, Daniel Scioli y alcaldes del PJ.
Siempre impredecible, Chávez recordó ante los Kirchner su primera excursión política por la Argentina a principios de los 90. Aunque su recuerdo fue parcial: habló de sus charlas, de la presencia de un hermano del Che Guevara y de un ex militar que «estuvo en Malvinas».
«Fue quien me dio un libro con los pensamientos de Perón: allí empecé a estudiar y a admirar a ese gran dirigente», precisó, sin dar, por olvido u omisión, el nombre. Por entonces, Chávez estuvo en la Argentina para verse con un «militar nacionalista»: Aldo Rico.
Como él, Rico había estado implicado en un levantamiento militar. Ayer Chávez evitó mencionar al ex carapintada (hoy kirchnerista) que desde hace unas pocas semanas, a instancias de Alberto Balestrini, es «asesor» de la Comisión de Seguridad del Senado bonaerense.
Aquel recuerdo apareció en el variado menú del discurso de Chávez, que citó a Antonio Gramsci, a Mao Tsé Tung, volvió sobre Perón y Simón Bolívar, para terminar sobre el final con referencia a la «Evita infinita». Antes habló de la existencia de una «crisis perfecta» a nivel mundial.
El cierre -al arranque, el intendente local, Darío Giustozzi, ensayó un tedioso discurso hiperkirchnerista- estuvo a cargo de Cristina de Kirchner, que pidió tener «alegría y optimismo» y prometió «tender la mano a todos, incluso a los que aún no creen, porque no entienden o porque desconfían».
Se despidió la Presidente con un aura bíblica: «Quiero hoy comprometerme a poner todo de mí, olvidando a quienes ofenden o agravian, para acordarme siempre de aquellos que tienden la mano al otro para construir un país mejor».




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