El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Algo debe estar pasando entre cuatro paredes para que el columnista haya brindado ayer un ácido retrato del gobierno y de los Kirchner. Es difícil, claro, apartarse del tono crítico hacia el oficialismo después de la muerte de un manifestante en Neuquén en protestas salariales de docentes, ánimo que gana a todos los columnistas de ayer. Pero Van Der Kooy elige la óptica más irritante hacia el gobierno, la que se les suele atribuir a los observadores desde los Estados Unidos.
Eso le hace incurrir al columnista en algún exceso argumental, como describir como un error de Néstor Kirchner haber perdido el rol de interlocutor privilegiado con Washington en manos de Lula da Silva. ¿Querría eso el santacruceño? A tenor de lo que suele manifestar a sus entornistas nunca se propuso eso; castigarlo por algo que no ha buscado es resbaladizo y remite los argumentos de Van der Kooy a conversaciones de otro tiempo, cuando se juzgaba a un gobierno por el tono público de sus relaciones con los Estados Unidos. Kirchner, que no quiere mantener buenas relaciones de superficie con ese país porque cree que lo lastima ante el sector de la opinión pública a la que quiere halagar, se cuida bien de no contrariar a Washington en ninguno de los terrenos sensibles a ese país ( terrorismo, lavado de dinero, cruzada en Irak, etcétera). Con eso cree bastarle para figurar -como de hecho lo ha logrado- en el cuadro de honor de los amigos de EE.UU.
Hiere, sin embargo, el columnista al kirchnerismo cuando afirma que el proyecto del matrimonio presidencial de perpetuarse en el poder en sucesivos mandatos «trasuntaría una fragilidad incorregible del sistema político e institucional» de la Argentina. También cuando señala que la lenidad del gobierno al tolerar las protestas sin poner límite alguno «trasunta temor y falta de compromiso», como lo demuestran las consecuencias de Santa Cruz (caso Sayago, el año pasado), el interminable bloqueo de puentes hacia el Uruguay y la muerte del maestro neuquino. El cuadro que deja el gobierno ante las elecciones, concluye, consagra la violencia, el desorden y la impotencia.
Por si faltasen agravios hacia el oficialismo, el columnista destaca el gesto de Jorge Sobisch de hacerse cargo de la responsabilidad política de los hechos de Neuquén, algo que destaca no ha hecho la administración Kirchner ante hechos similares.
VERBITSKY, HORACIO. «Página/12».
Inclinado hacia la defensa del establishment como todo lo que escribe, es sin embargo útil la columna porque desmenuza en profundidad los factores que se han conjugado en la crisis de Neuquén. Este «giornalista di regime» -así definió Oriana Fallaci a los periodistas que cantan loas al gobierno de turno- termina admitiendo que la actitud de Néstor Kirchner reveló otra contradicción entre sus dichos y sus actos. Como Jorge Sobisch o Juan Carlos Romero, aunque con el poder que le da ser presidente, Kirchner conjuga en su provincia la confrontación con los gremios con la mano dura hacia los activistas (que hoy, con órdenes de Buenos Aires, actúan vigilados por la Gendarmería).
Acierta el columnista cuando destaca que el primer costo que debe pagar la administración Kirchner en esta crisis es la unión de la CGT de Hugo Moyano con la CTA de Hugo Yasky, fusión entre centrales sindicales que no ocurría desde los años del menemismo. También cuando plantea el dilema de los gobiernos débiles de la Argentina ante las protestas sociales, que al final terminan consintiendo por temor a producir más violencia. Falta, señala el columnista, el debate sobre cómo resguardar con eficacia la legitimidad de la protesta frente al orden jurídico.
Es un error quizás enfrentar a manifestantescon armas como si fueran delincuentes comunes. Pero, ¿qué hacer cuando actúan mezclados los «quebrachos» con bombas incendiarias y movimientos paramilitares? No dan respuesta a eso ni el gobierno ni Verbitsky, que son lo mismo.
Exagera en beneficio propio el columnistacuando afirma que los sectores de la protesta ejercen su acción porque no tienen otro recurso al no tener forma de acceder a la prensa o a la TV para manifestar sus quejas. Disparatada afirmación en un país en el cual un presidente (Eduardo Duhalde) dijo que si no fuera presidente habría sido piquetero o en el cual la protesta se organiza según los horarios de la televisión ( inolvidable el canto de los activistas de Cutral Có en 1997 «¡Crónica no se va, Crónica no se va!»; sabían que sin televisión no tenía sentido cortar rutas).
Tanto argumento, útil por lo documentado y por la profundidad del planteo, le sirve también para un brindis en favor de Kirchner, a quien elogia por «el cambio cultural» que implica haber consentido las protestas, por más que eso le valga hoy las críticas de la oposición y de los sectores moderados de la opinión pública que ven cómo el temor a enfrentar la violencia engendra, a la postre, más violencia y poner a la sociedad en la indefensión y al gobierno en la inacción, a la espera de que otra noticia saque los temas de las primeras planas.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
Vale la entrega por su argumento sobre cómo la violación de la ley por la fuerza la inauguraron los militares en el siglo pasado, la copiaron los insurgentes en los años 70 y la aplican, bajo un régimen democrático, quienes hoy en el gobierno se sienten herederos del montonerismo criollo. El gobierno es víctima de una contradicción que resuelve con la comodidad de la inacción: no reprime para no parecerse a la derecha, pero prolonga en el tiempo una cultura de la violencia de la que formaron parte policías bravas y guerrilleros.
MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».
Este columnista es quien desarrolla con más argumentos la hipótesis de la responsabilidad del gobierno en la ola de protestas sindicales en las provincias por haber lanzado un aumento a docentes que los gobernadores no podían pagar con el solo propósito de instalar a uno de sus ministros ( Daniel Filmus) como candidato en la Capital Federal. Este gesto de hiperporteñismo del Presidente, como tantos antes, se vuelve contra su autor, porque Filmus es más conocido, pero no más popular ni más votable. Y difícil que lo sea con sus intentos de despegar de aquel anuncio de campaña.
Es útil para el debate que Morales Solá destaque que los conflictos docentes más graves ocurran en provincias ricas, con regalías petroleras, con salarios altos y con gobernantes de alto relieve político (Santa Cruz, Neuquén, Salta). Que sea allí donde se producen esos hechos se explica en la demanda de los sectores medios no sólo de mejores salarios, sino de mayor calidad de vida. También por la capacidad que tienen de expresar con eficacia sus demandas. También porque en esas provincias la bonanza genera asimismo expresiones de izquierda con mayor significación que en otros distritos, como el Partido Obrero en Salta o en Santa Cruz. El columnista y también el gobierno deberían profundizar algo en la sociología de los distritos para explicar, en el caso de Morales Solá, o, en el caso del gobierno, encontrar alguna solución al problema que no es sencillo ni tendrá solución con un presidente que prefiere ver los conflictos vía satélite desde su casa de descanso entre los glaciares. Un hallazgo la frase con la que abre la columna: la Argentina es un país en el cual «la Policía sólo puede hacer dos cosas, mirar o matar».
Dejá tu comentario