Roberto Lavagna y Néstor Kirchner, el martes, en el Hotel Copacabana Palace, de Rio de Janeiro. El FMI calificó ayer como «retórico» el contenido del acuerdo firmado con el gobierno brasileño.
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Sin entender esos dos sueños no se puede comprender lo acontecido en la reunión de los presidentes de Brasil y la Argentina en Copacabana, algo que desconcierta bastante a la prensa brasileña y hace caer en engaños a la nuestra.
Lula descartó liderar toda Latinoamérica porque México sería un pretendiente a la par ya que, inclusive, lo supera en Producto. Centroamérica es demasiado Estados Unidos. Por lo tanto su ambición es arrastar detrás sólo a Sudamérica. Tiene poca chance. No lo logrará con Chile, ya en acuerdo directo con Estados Unidos y muy sólido en su economía como para entrar en aventuras. Tampoco con el gobierno de Colombia, todavía más dependiente del país del Norte para frenar a la guerrilla. Perú también mira más arriba en el mapa que a su derecha. Ecuador es indefinido. Así, Lula necesita hacer concesiones -hasta imprudentes- a Kirchner para tener su primer aliado. Por eso el sueño brasileño se comparó ayer al acercamiento entre Francia y Alemania, que después de la Segunda Guerra Mundial unificaron la producción del carbón y el acero en los territorios de Alsacia y Lorena. Así nació la hoy poderosa Unión Europea.
Luego de la Argentina, Brasil espera incorporar a su proyecto hegemónico a la Venezuela de Hugo Chávez; eventualmente al desconcertado presidente de Paraguay, Nicanor Duarte Frutos, y a Tabaré Vázquez, si el Frente de izquierda gana las elecciones de octubre próximo en Uruguay. El debilitado gobierno boliviano hoy depende también demasiado de Estados Unidos para frenar a la ultraizquierda de Evo Morales como para andar pensando en sueños hegemónicos brasileños.
El sueño se concretaría en un « miniimperio» para presionar a las restantes naciones sudamericanas hoy inalcanzables. Kirchner le hace el juego al brasileño en una aspiración de liderazgo que no puede ser propia de la Argentina. Pero Lula le tiene que hacer concesiones en compensación, que los mismos brasileños reducen en su alcance y el oficialismo argentino agranda, con lo cual vuelve a afectar al país y a su proceso de recuperación porque la inversión empresaria vuelve a detenerse para meditar cómo se encarará la nueva discusión por el porcentual de superávit para 2005 con el FMI a mitad de este año. Por lo pronto, esgrimirán el Acta de Copacabana con más valor del que en realidad tiene. O sea, Kirchner no sólo vela armas para la nueva lucha sino que trata de acrecentarlas.
Sin levadura, un Alvaro Alsogaray, por dar una referencia de ortodoxia económica, rubricaría sin dudar cuatro de los seis puntos del Acta y pondría sólo algunas objeciones a los dos restantes.
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