Felipe Pigna, a los 45 años, con su libro «Los mitos de la historia argentina», se suma a esa corriente modernosa que encara el pasado en base a lectura de la bibliografía existente con interpretación propia. O sea, sin investigación de nuevas fuentes. Suena esta forma de confrontar la historia un poco comercialista pero sería el menor de los problemas. Es más serio al ver que quienes suman ideología, autoproclamándose dotados para interpretaciones historicistas nuevas, tienen insuficiencia cultural cuando tal ideologización es de tipo marxista. Hasta las mujeres con vocación, como Valeria Pita, se dedican al anecdotismo histórico o mirar el pasado desde el feminismo. Otros de aquí como Horacio Tarcus se limitan a la historia de la izquierda. Que algún día no vayamos a tener historiadores eruditos, serios y objetivos como Félix Luna es un drama en el futuro argentino, sobre todo a partir de la enseñanza dogmática hacia ese marxismo que se está brindando hoy con preferencia en algunas universidades estatales. No podremos así soñar con tener un Héctor Feliciano, portorriqueño, formado en París, que para escribir un libro sobre el pillaje de obras de arte del nazismo investigó 8 años.
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Pigna quiere recrear los hechos del pasado argentino con criterio «progre». Pero los enfoques ideológicos difieren. Pacho O'Donnell, por ejemplo, escarba lo ya escrito y arma su propio «Che Guevara». Jorge Lanata, que también en base a la bibliografía conocida arma «la historia argentina que no me contaron» con predominio del detallismo ¿sirve? Por caso, cree que un ministro que se quedó con un diente de los restos óseos de Belgrano, al trasladarlos, jalona algo en nuestra historia...
Pigna va también al detallismo pero, admitamos, mucho más relevante (narra que Manuel Belgrano era sifilítico mientras Lanata se limita a reiterar la voz finita del prócer). Otra característica de estos refritadores de nuestra historia conocida es su peculiar sentido del humor. El de Lanata es de lamentar. Al reparto de predios por Juan de Garay el 17 de octubre de 1580 lo llama «Día peronista». No es dramático tampoco y mucho menos frente a otros males de estos libros interpretativos aunque es más lamentable en Pigna porque, a su manera, es por formación un historiador. Por caso, en «Los mitos...» dice Pigna que la venganza nacional contra las invasiones inglesas a Buenos Aires en 1806 y 1807 fue el famoso gol «con la mano de Dios» de Diego Maradona en el Mundial de fútbol de México en 1986. El décontracté les parece aireante pero desconcentra a cualquier lector y rebaja la obra.
• Puntillosidad
A diferencia de los que buscan ingresos y quedar en estantes con la veta de reinterpretar la Historia este Felipe Pigna tiene la virtud de una formación universitaria en historia. Eso lo lleva a una puntillosidad casi extrema y elogiable en citar al pie de página la fuente de donde extrajo cada frase o concepto no propio que incluye en su libro.
Lo hace más creíble, más historiador, por la posibilidad de cotejar afirmaciones y conocer bibliografía. Pero la meta de pintar como antecesores de Carlos Marx -o, cuando menos, «progre»- a personajes y aconteceres de la Historia desde Colón lo lleva a demasiadas incoherencias. En todos sus escritos Pigna arranca los capítulos autoimponiéndose la obligación ineludible de un prefacio «progre» para cumplir y luego sigue como un narrador de historia bastante normal. Esto lo hace en libros y también en colaboraciones aisladas. En un buen artículo suyo (ver aparte) sobre el general San Martín, en la revista «Noticias» con motivo de otro reciente aniversario de la muerte del prócer se puede ver un prefacio bastante ridículo. Habla, por ejemplo, de la convertibilidad de la época del menemismo y la llena de denuestos sin analizar lo necesaria que fue para superar el pánico social luego de dos hiperinflaciones a comienzos de los '90. Allí, sumándose a conceptos que trascienden por mera repetición y porque no está capacitado para juzgar por falta de conocimientos mínimos de economía se ensaña con aquella fórmula cambiaria. No le es posible llegar a la frase genial de Jorge Luis Borges, «la duda es uno de los nombres de la inteligencia». Pigna, en su forzado progresismo (como ese cine argentino olvidable de los '80), podría haberse preguntado: ¿qué diferencia hay entre el uno a uno de los '90 (convertibilidad) con un dólar frenado en su suba con el actual uno a tres con un dólar frenado en su baja? ¿Y si se enterara que dólar caro -como ahora- significa salario real bajo y la inversa, como en la convertibilidad es salario real alto? Siempre hay una «convertibilidad», un «anclaje» o los precios y la economía se enloquecen. Oculta o ignora que crítica tan centrada en la convertibilidad es por dudar del efecto adverso de algo que más duele al progresismo nativo: reducir el Estado, fortalecer la actividad privada, la buena relación con Estados Unidos.
Es, sobre todo, porque Pigna tiene la falla de formación de no conocer Economía y poco de Filosofía sin lo cual a cualquiera se le traba la Historia. Más serio cuando el único aporte de Carlos Marx que no se derrumbó con el Muro de Berlín es su materialismo histórico, o sea la corriente que enfoca -aunque no todos lo acepten, desde ya- las causales de los hechos relevantes del pasado, mayoritariamente, en mezquindades o apetencias no espirituales, ciertamente. Coincidente con Sigmund Freud, también figura de arranque en el siglo XIX, como Marx, en cuanto a que el hombre se motiva desde el estómago para abajo.
• No razonar bien
No conocer economía, lleva a Pigna -como a tantos «progresistas»- a no razonar bien los postulados de Marx y caer en interpretarlos mal o no saber que son marxistas cuando los emplean.
En su libro, por ejemplo, cita un recargo de un comerciante de mercaderías, no de un capitalista de producción, de la época colonial (1586) como un adelantado a Marx en casi 300 años en personal interpretación de la plusvalía.
Las mismas contradicciones lo llevan a este autor a simpatizar al extremo con Mariano Moreno por haber leído que mientras estudiaba en Chuquisaca visitaba la explotación de indios en las minas. Casi ingenuamente por eso lo recrea «progre», como se siente Pigna, cuando Moreno es adalid del liberalismo en nuestro pasado. Expresión máxima de la libertad de expresión, de comerciar con el imperio inglés, de la democracia, de la apertura económica, representante de la elite de los hacendados. Todo lo contrario de un Fidel Castro que suelen amar los progresistas.
Se queja -y al parecer lo llevó a escribir- que en sus años de escolar le hubieran explicado la Revolución de Mayo con lluvia, paraguas y reparto de cintitas. ¿Se puede explicar a esa edad la necesidad económica de liberar el comercio criollo de la atadura a España tras el ejemplo del contrabando próspero pero que no ingresaba aranceles de aduana al fisco? Es como pretender que en Estados Unidos, más allá de fijarle el hecho a los escolares para no enfrentarse entre connacionales, se les explicara la Guerra de Secesión norte contra sur de 1876 sin el lirismo de «liberar de la esclavitud inmoral a los negros que querían los del sur y no los del norte». En realidad el norte de Estados Unidos, más industrial, no era el campeón de la moral sino que necesitaba dentro del país ampliar mercados para su producción y miles de esclavos, sin sueldo no consumían.
En la óptica de Pigna habría que restarle toda imaginación a los escolares franceses y decirle en su corta edad que la hermosa y heroica «Marsellesa» no fue fruto del entusiasmo popular sino una canción encargada y pagada por los comerciantes de Marsella industrial para enardecer a las masas y lanzarlas a que derrocaran una monarquía que impedía el desarrollo también de los mercados de consumo. En definitiva ésta, que fue la realidad, es el materialismo de la historia, pero sería antinatural comenzar así la escolaridad en cualquier país.
Si no van a aportar investigando sino reinterpretando lo ya escrito con enfoque propio ideologizado estos nuevos «historiadores» deberían ampliar primero su cultura, por lo menos en cuanto a la evolución del pensamiento económico. Fuera de eso -o sea, con posesión de buenos filtros que, lamentablemente, no están todavía en los jóvenes y eso alarma- el libro de Pigna es agradable de leer. Es recordativo y con un detallismo muy interesante. Un ejemplo: no es común saber de la historia que leímos que aprovechando una bajante del Río de la Plata, como cada tanto vemos, una tropa a caballo tomó una fragata inglesa de mar sorprendida y varada en el fango. Y que el temerario que los dirigía era el héroe salteño Martín de Güemes.
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