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El acceso de Perón al poder está precedido, como en el caso de Chávez, por su participación en un golpe de Estado (1943 el del argentino, 1992 el del venezolano) de sesgo nacionalista. El coronel argentino participó del movimiento militar como parte del Grupo de Oficiales Unidos, oficiales pasablemente elitistas y admiradores del fascismo italiano. Chávez lo hizo como miembro del Movimiento Bolivariano Revolucionario-200, socialmente más modesto pero igualmente nacionalista, si bien en una época en que el nacionalismo tiene menos prestigio que en los '40.
Perón llegó al poder en 1946, en un momento en que la Argentina quedaba muy beneficiada, como país productor agropecuario, de la guerra que afectó a los países industrializados entre 1939 y 1945. La crisis del '30, que había roto la complementación comercial con Gran Bretaña y había marginado a los productos argentinos del mercado internacional, se había recuperado por las necesidades alimentarias de los países en guerra y el Banco Central atesoraba reservas en oro como nunca antes. (1.567 millones de dólares, equivalentes a unos u$s 35.000 millones actuales). Sobre la base de este escenario, tan alentador, el peronismo funda un programa distribucionista y alentó el predominio de nuevas fuerzas sociales, entre las cuales el sindicalismo fue la más novedosa y potente. El primer Plan Quinquenal lanzado por Perón se inscribe en este contexto, que llevó la participación del salario en el PBI a 48%, una proporción inédita. Además nacionalizó los ferrocarriles, creó el IAPI para monopolizar el comercio exterior.
En la atmósfera de este conflicto Perón inauguró su «tercera posición», que pretendía fundar un sistema que no adhiriera ni al capitalismo norteamericano ni al comunismo de los países del Este europeo, división internacional que quedó fijada a partir del final de la guerra, con el colapso del nazismo y el fascismo.
En el plano institucional, el poderío económico y el enorme atractivo popular del nuevo régimen alentaron los deseos de Perón de moldear el sistema constitucional a la medida de su perpetuación: eso dio lugar a la reforma constitucional de 1949, que estableció entre otras cosas la reelección presidencial y cristalizó las notas esenciales del nuevo modelo económico. También abrió una corriente de oposición que no haría más que agudizarse hasta 1955.
El parecido que exhibe el proceso liderado por Chávez con éste que protagonizó Perón es notorio. El militar venezolano asumió la presidencia de su país el 2 de febrero de 1999, cuando el precio del petróleo (WTI) tocaba un piso histórico de u$s 12,04 el barril. Un año después valdría u$s 29,52, es decir, se elevaría más de 150%. Esta mejora hizo presumir una prosperidad extraordinaria para un país que depende casi exclusivamente de ese fluido como único producto de exportación y los datos confirmaron esa conjetura por un tiempo: en noviembre de 2000 el barril de crudo tocaba un récord máximo de u$s 34,6 y comenzaría a descender pausadamente, pero manteniéndose siempre por encima del promedio histórico de rentabilidad, que está en u$s 20.
Esta bonanza en el precio del petróleo entusiasmó a los venezolanos con Chávez e indujo a éste, como al Perón de los '50, a dar rienda suelta a su nacionalismo en política exterior y a su populismo interno. El coronel enfrentó abiertamente a los Estados Unidos, asociándose públicamente a Fidel Castro (Venezuela se asoma al Caribe y por eso esa proximidad con Cuba alarmó especialmente a los Estados Unidos). Más cuando halagó nada menos que a Saddam Hussein, a quien visitó en Irak. La idea de una «revolución bolivariana», nutrida de «petrodólares», llevó a Chávez a buscar adherentes más allá de su frontera. Creyó encontrarlos en algunos argentinos filomilitares, asesores de algunos diputados del Congreso, y creó incertidumbre en Uruguay, donde el presidente Jorge Batlle debió llamar la atención del embajador venezolano por algunos movimientos conspirativos.
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