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2 de marzo 2007 - 00:00

Diluvió y habló Kirchner

Como corresponde, Néstor Kirchner inició las sesiones parlamentarias con un discurso que, al revés de otros presidentes, lo cargó de improvisaciones coloquiales que lo hicieron ciertamente más entretenido (duró dos horas y cuarto). También, al contrario de sus destempladas y ofensivas sobreactuaciones frente al atril de la Casa Rosada o cuando habla en las tribunas, en esta ocasión estuvo más moderado, cordial y abarcativo. Casi otro Kirchner, salvo por las expresiones irónicas que lo revelan como un triunfador sin temor a inmediatas derrotas. Estuvo arrollador a la hora -casi una revisión de sus cuatro años de gobierno- de tocar los temas económicos, cargando de números y explicaciones el buen cierre de 2006. Poco para discutir, la razón también de su espíritu ganador. Expuso bastante sobre Derechos Humanos (lo acompañó una delegación de Madres y Abuelas) y, con alguna razonabilidad, su punto de vista sobre la política que instrumentó. No fue, sin embargo, respetuoso de pensamientos al respecto (por ejemplo, quienes postulan una reconciliación diferente) y volvió a amenazar con denunciar a los que, en el inicio de su gobierno, pretendían una fórmula de amnistía. Como si ése no fuera otro pensamiento. La TV oficial mostró, en los momentos de hervidero sobre reivindicaciones del pasado setentista, cierta unanimidad en los aplausos, observándose que ningún militar lo hacía: en rigor, los militares de uniforme no pueden aplaudir ni siquiera el himno, hábito castrense también en los Estados Unidos. Hasta el general Bendini respetó ese rito, casi una novedad. Kirchner habló largamente a favor de Venezuela, pero no se introdujo en una inquietud: la alarmante avidez chavista por el armamentismo, actitud que preocupa en la región. Tampoco estuvo feliz a la hora de tratar los casos del desaparecido Jorge Julio López y, menos, el secuestro todavía sin esclarecer del militante oficialista Luis Gerez: hubo palabras, pero no hechos, aunque por fin rompió el silencio sobre el último caso con el cual había conmovido a la gente en un discurso que trastornó a la población. Era hora. Finalmente, para acertar que el periodismo siempre lo castiga, casi como deporte, insinuó que los ganapanes de esa profesión no resistían un archivo. Seguramente, igual que cualquier político o funcionario de su gobierno. Y se equivocó al decir, diferenciándose, que él y su clase -la política- deben hacer correctamente su trabajo porque cada dos años o cada cuatro son examinados con la votación de la gente. Al periodismo, acertado o no, la ciudadanía lo vota todos los días, cuando prende o apaga la radio o el televisor, cuando compra o deja de comprar un diario. Por la lluvia, un diluvio, no logró como castigo del cielo que lo acompañara una multitud, a pesar de la invasión abrumadora de micros y, también, de que el propio Kirchner se encargó de llamar a intendentes para que llevaran gente a la Plaza de los Dos Congresos.

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Néstor Kirchner abre junto con Daniel Scioli y Alberto Balestrini las sesiones del Congreso. Afuera, en la Plaza, un pingüino inflable trataba de resistir el chubasco.
Emocionó a los peronistas, con un discurso clásico de esa ortodoxia, y exasperó a la oposición. Ese fue el saldo del discurso que Néstor Kirchner pronunció ante la Asamblea Legislativa para dejar inaugurado el 125º período de sesiones ordinarias del Congreso.

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Los diputados y senadores sentados en sus bancas escucharon un largo mensaje del Presidente -dos horas y cuarto- donde recorrió un rosario de logros económicos de su gobierno ejemplificado con profusión de datos y castigó a los enemigos de siempre. Fue, para la opinión de muchos legisladores, un balance de toda su gestión, no sólo del último año, como se acostumbra en estos casos, sin menciones a su futuro político o los proyectos que piensa desarrollar durante este año electoral.

Los récords que la prensa normalmente sigue para estos casos fueron superados con creces: el Presidente fue interrumpido con aplausos, gritos desde los palcos y hasta cánticos, en 49 ocasiones durante su discurso -todo un logro si se recuerda que en el primer mensaje al Congreso en 2004 sólo fue aplaudido en 16 ocasiones-.

Recopilar el mensaje preciso del Presidente fue más dificultoso que en otras ocasiones: Kirchner se apartó en 15 ocasiones del discurso escrito, siempre utilizando un tono entre campechano e intimista: «Es mejor hablar así, directamente, porque el discurso es demasiado largo y ustedes lo tienen en sus bancas», les dijo a los presentes.

  • Fiesta aguada

  • Kirchner llegó ayer al Congreso en medio de un diluvio que aguó la fiesta que intendentes bonaerenses y piqueteros intentaron armarle en la Plaza de los Dos Congresos. No es un lugar de suerte ése para el Presidente: el año pasado la convocatoria fracasó -al límite del papelón político-y esta vez, cuando la revancha podía llegar justo en el último mensaje al Congreso de su primer mandato, llovieron 65 milímetros en seis horas.

    Pero a pesar del aguacero, algunos se mantuvieron en las gradas montadas sobre la avenida Entre Ríos, a tiempo para saludarlo junto a Cristina.

    Adentro lo esperaban las clásicas comisiones de legisladores del interior y exterior y tras un breve paso por el Salón Azul llegó la recepción en el recinto bajo una lluvia más agradable de papelitos blancos.

    Todo caía desde los palcos altos copados por la Juventud Peronista, que coreaba «Haga patria presidente, ponga huevo sin cesar». Más arriba, militantes del Movimiento Evita aportaban a ese festejo con el canto de «Patria sí, colonia no». Oscar Parrilli y Carlos Zannini jugaban abajo levantando de la alfombra volantes de «Fuerza Kirchner».

    Fueron los mismos festejos que acompañaron algunos curiosos momentos del discurso, si se toma en cuenta que provienen de un jefe de Estado. Así los kirchneristas se embelesaron con frases fuera de programa como los cuestionamientos a la prensa, siempre festejados tanto cuando los pronuncian Kirchner como Cristina en el recinto del Senado: «Algunos no resisten el archivo, hagan una autocrítica, todos hacemos cosas en las que seguramente nos equivocamos, le pasa al gobierno y les pasa a ustedes también» . Hebe de Bonafini, novata en concurrencia a las asambleas legislativas, aplaudía como pocos.

    Pocos tramos tuvieron tanto efecto como las referencias al FMI. Y sobre todo el que reprodujo el gesto « olmediano» de hacer el corte de manga con los brazos mientras explicaba que «De acá vamos a volver a hacer un acuerdo con el Fondo», en referencia a esa exigencia del Club de París para avanzar en las negociaciones por el pago de deuda. Momentos como ésos son los que no quisieron ver Elisa Carrió y Carlos Menem, ambos estuvieron ausentes, ni Mauricio Macri, que llegó media hora tarde al recinto.

    Kirchner continuó su discurso, con su clásico traje azul y a pocos metros de una gotera que atravesaba el enorme vitraux recordando el aguacero de afuera, demostrando haber superado el síndrome de la falta de poder que le produjo su ascenso a la presidencia con 22% de los votos -al negarse Carlos Menem a una segunda vuelta-: recordó entonces que su esposa le repetía «era más alta la tasa de desocupación que el porcentaje de quienes me votaron». Con esa ocurrencia arrancó el primer aplauso del día.

    Entre análisis económico, la negación de una crisis energética -que motivó una risotada general en la bancada lavagnista- y la aseveración de «estamos haciendo todo lo que podemos por lograr el esclarecimiento y poder ubicar con vida a nuestro amigo Jorge Julio López», el Presidente se dirigió lentamente al final que había preparado: «Hemos cumplido», dijo como cierre del balance de su gobierno.

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