Además de pañuelo blanco, Hebe de Bonafini se enfundará hoy el gorro de cocinera para ofrecer una lección culinaria, sobre la base de « recetas heredadas», en un «taller de cocina y opinión» llamado «Cocinando política», donde la anuncian como profesora (será en el Espacio Cultural Nuestros Hijos, Libertador 8465, de 17.30 a 19.30). Más cerca en lo fisonómico a la Hermana Bernarda que a Maru Botana, la presidente de Madres de Plaza de Mayo provoca, con su gesto, un auténtico desafío. O, como diría Cristina de Kirchner, una nueva ruptura epistemológica.
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Porque, así como muchos teóricos a lo largo del siglo XX se preguntaron si existía, de verdad, un arte socialista, casi nadie se planteó el problema acerca de la existencia de una cocina socialista, más allá, desde luego, de la ramplona realidad de los precios: ningún pensador diría que el caviar es intrínsecamente burgués o que la polenta es proletaria per se. La lección de Bonafini, como la de Barthes en la Sorbonne, no puede conformarse con esa estólida razón de mercado. Se trata, por el contrario, de definir qué es lo que hace de un plato un alimento auténticamente revolucionario.
Bonafini ya ensayó esta debilidad suya el año pasado a través de programas culinarios en el «Canal 7», emisora a la que más tarde mandó a tomar porque no era todo lo oficialista que debía ser en relación con el conflicto con el campo. Ayer, la neoecónoma acompañó a su admirado Hugo Chávez mientras se preparaba para la primera receta que enseñará hoy en su taller, que podría desembocar, quién lo sabe, en el canal Gourmet, para conducir algún programa junto a Narda Lepes o Sumito Estévez.
O, más bien, si sus recetas no encajan allí, podría llegar a tener pronto su propio canal de TV. Así se lo prometió Cristina de Kirchner, siempre y cuando prospere la nueva Ley de Radiodifusión que otorgaría señales a entidades como Madres o a Hugo Moyano.
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