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7 de noviembre 2006 - 00:00

Dos que se necesitan hasta el fin de mandato

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Aunque hoy tal vez aparezcan de nuevo juntos, un importante eslabón se cortó entre Néstor Kirchner y Felipe Solá. No tanto por la abdicación del gobernador a la posibilidad de hacerse reelegir -ayer, a la salida de la Casa Rosada, luego de entrevistarse con el Presidente-, sino por el proceso que le costó la resignación. Y a pesar, inclusive, de que en la reunión ambos coincidieron en que «Solá seguirá jugando dentro del kirchnerismo e influyendo en la provincia de Buenos Aires». Se asegura que el pedido provino del gobernador y, como muestra de su alineamiento, en la conferencia de prensa saludó como candidato a José Pampuro, un senador asiduo a la familia Kirchner que todavía no ha podido despegar como aspirante.

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No todo es tan sencillo, sin embargo. La mala fortuna de Solá se ejecutó hace dos domingos, en Misiones, con la derrota de Carlos Rovira por su reelección indefinida. Allí se instaló un efecto dominó que el primero en aceptarlo fue Eduardo Fellner en Jujuy. A instancias de Kirchner, claro, quien observó la ola como un fenómeno en su contra, aunque sólo había coqueteado un día conjeturando sobre la conveniencia de reformar la Constitución. Como el gobernador bonaerense no es necio, también él le sugirió telefónicamente a Alberto Fernández -en Montevideo- la conveniencia de su retiro. Finalmente, aunque nunca fue querido en la Casa Rosada (son innúmeros los desplantes), el pedido de certeza ante el tribunal que lo habilitaría para hacerlo reelegir había sido suscripto por la mano derecha de Kirchner: el Partido de la Victoria a través de su titular, Aldo San Pedro, y bajo instrucciones del jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Lo mismo ocurrió con la otra entidad que apoyó a Solá en el reclamo judicial, el Partido del Polo Social que encabeza Francisco Gutiérrez, más conocido como «el Barba», diputado y dirigente metalúrgico que ocupa todo el corazón del mandatario y al cual él desearía cederle la conducción de la CGT si no estuviera transitoriamente el camionero Hugo Moyano.

Dicen que el Presidente rumiaba su malestar por la nueva situación y el sábado ya enviaba señales de que convenía la suspensión del recurso judicial de Solá. Así se lo deslizó el jefe de Gabinete ese mismo día al gobernador. Se ratificó el domingo en una cumbre del peronismo provincial en su contra para ayer a la noche: allí, no sólo asistiría José María Díaz Bancalari con su oposición ya declarada a la reelección -por haber participado de la convención que reformó la Constitución, en la cual según él jamás existía la posibilidad de un nuevo mandato- sino también un grupo de preciados dirigentes que responden en su integridad a Kirchner (Sergio Massa, quien prestó su casa para ese menester el domingo a la noche, los intendentes Alberto Descalzo, Julio Pereyra, Juan de Jesús y el secretario de Hacienda nacional, Carlos Mosse, a quien el Presidente consulta todos los días por los números económicos). También ellos se alistaron contra el gobernador.

Por lo tanto, ayer por la mañana, Solá ya tenía su decisión tomada (inclusive, había entendido que unas declaraciones de Alberto Fernández sobre Fellner también le cabían a él), de modo que le dijo a Kirchner: «Si a vos te conviene o te viene bien que retire mi pedido para la reelección, por cómo viene el rumbo de la opinión pública, te ofrezco esa posibilidad». Lo miró el Presidente y aceptando también él la derrota, contestó: «Sí, me viene bien». Después, claro, se saludaron como grandes amigos.

En rigor, ambos se necesitan: uno para completar su mandato provincial (con dificultades financieras importantes y la necesidad de que el Estado nacional lo auxilie), el otro para impedir que se produzca cualquier tipo de interferencia a su plan político en el distrito que más aprecia y necesita: Buenos Aires. Allí, como se imaginará, Kirchner requiere ganar por amplio margen, el suficiente para superar lo que pierda en otras provincias y, por lo tanto, no se puede permitir divisiones en su frente interno. Además, hay otros detalles importantes: es el gobernador quien fija la fecha de las elecciones, o sea que bien podría anticiparse o retrasarse -de acuerdo al buen o mal humor entre las partes- del día que decida el Poder Ejecutivo nacional. Y esa cuestión podría ser clave.

Esa obligada amistad, no obstante, está preñada de dificultades. A Solá le ha costado soportar el estilo Kirchner, algunas bromas pesadas (como el día que, junto a Pampuro, le dijo al gobernador: «Te presento a tu sucesor»), los desplantes y el juego personal de prescindirlo de cuanta negociación y subsidio mantenía con los intendentes. Simultáneamente, al mandatario siempre le costó entender a Solá, lo considera una persona «difícil» y propiciador de algunas de sus desgracias (la inseguridad, por ejemplo). Se inicia ahora una etapa con mínimas diferencias en la superficie (Solá prefiere a Florencio Randazzo como gobernador, aunque se haya pronunciado por Pampuro, Kirchner lo empuja a éste pero no sabe a quién bendecirá), también asociaciones forzadas (una megacausa por dolo impositivo con facturas truchas, en apariencia, complica al Hospital Francés con una entidad de la provincia de Buenos Aires) y, sobre todo, la natural desconfianza de alguien que ha comenzado a advertir el deterioro de su poder (Kirchner) y otro al que ya le determinaron la agonía y fecha de partida (Solá). Esos procesos casi siempre se enrarecen, más cuando empiecen a aparecer otras voces, otras fuerzas y expectativas. No en balde, en su momento y con mínima convicción, Kirchner determinó que Solá era lo que más le convenía. Ahora, también él tuvo que bajarse de su proyecto, como su gobernador de la reelección.

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