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8 de abril 2002 - 00:00

Duhalde insiste con elecciones para reformar la Constitución

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«La gente pide parlamentarismo, me lo dicen todas las encuestas», le indicó Duhalde a un amigo íntimo hace dos viernes. No movió un solo músculo de la cara, a pesar de la comicidad de su frase. En rigor, tanto él como su interlocutor -un viejo lobo del PJ bonaerense- saben que el objetivo de la Constituyente es servir de excusa para que haya una elección antes de 2003 que le permita al mandatario lucirse ante el peronismo como un líder capaz de llevarlo a la victoria. Por eso, antes de afinar su estrategia, Duhalde fija una premisa en sus conversaciones: «La candidata debe ser Chiche». Habla de su mujer, claro.

La primera dificultad que debe despejar la estrategia que se maquina en Olivos tiene que ver con la sanción de la ley que debe desencadenar el proceso de reforma. Para esa operación requiere de los 2/3 del Congreso y, por lo tanto, de la complicidad radical. Duhalde habló ya con Raúl Alfonsín de esta pretensión y también con Leopoldo Moreau, quien ingresa a la quinta presidencial con una frecuencia impensable durante la gestión radical de Fernando de la Rúa (es cierto que muchas veces concurre a esa sede para visitar a José Pampuro, a quien ya agotó con pedidos de cargos públicos para sus acólitos radicales).



El otro requisito que fijarán los radicales para facilitar el camino a la reforma que quiere el duhaldismo es que no se anulen las «conquistas» de 1994, en especial la existencia de un tercer senador para la minoría. Es el punto más controvertido de la discusión ya que en todos los papeles que circulan dentro del PJ para llevar adelante la enmienda ese senador desaparece. ¿Podría ser la reforma, por esto mismo, la excusa para romper con los radicales de Alfonsín y Moreau, denunciándolos por aumentar el gasto de la política con ese tipo de institución? Medio entorno de Duhalde apuesta a esto, más por convicción personal que porque se sospeche de que el propio Presidente tenga esa intención bajo el poncho.

Hay otros aspectos de este emprendimiento oficial que tiene, en cambio, afinidades con el radicalismo asociado al gobierno. La inclinación por el parlamentarismo es el principal. Las burocracias partidarias están atemorizadas por el desprestigio en que han caído delante de la opinión pública y temen ser sustituidas por otro tipo de representantes (Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, Mauricio Macri, etc., son vistos como verdugos en los comités). Muchos de esos viejos dirigentes de aparato creen ahora encontrar en el parlamentarismo un ardid para sobrevivir. La táctica sería dejar la presidencia para esos nuevos especímenes de la vida pública y conservar para los partidos y sus aparatos el Congreso y, con él, la formación de gabinetes de ministros.



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