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Hasta ahora, entonces, se sabe del plan protocolar de Duhalde. Pero, ¿cuál es su plan político? Así como hubo un Plan A y un Plan B para voltear a Fernando de la Rúa (el A era sacar a Domingo Cavallo, el alternativo era el ministro con De la Rúa), según la versión de quienes suponen que el fin del radical fue un golpe y no una deserción, ahora también se analizan una propuesta A y otra B. Una se ha derrumbado por negativa del elegido: era el operativo «Clamor» para entronizar a Carlos Reutemann. En consecuencia, queda la variante B, quizás más ambiciosa o trasnochada aún que la anterior.
Hasta ahí el marco. Falta, claro, suspender los comicios, tarea que bien podría intentar la Justicia -hay biblioteca de sobra en ese sentido y hasta una presentación del abogado Monner Sans-, a pesar de que existe una ley consagrando esa fecha (claro, también había una ley para la devolución de los depósitos, la intangibilidad de la moneda, etc.). No es una tarea menor, pero tampoco imposible. Luego, cumpliendo su palabra, Duhalde se retira como lo prometió el 25 de mayo y la Asamblea Nacional designa a un sucesor hasta el fin del mandato en diciembre. Para cuidar estantes y mercadería en ese período, se busca una suerte de Cámpora. Hubo quien ya rechazó ese convite (un ex gobernador) y a falta de postu lantes se apelaría a la lógica jurídica: el titular de Diputados, Eduardo Camaño, naturalmente bonaerense, ya que para entonces el titular del Senado, Juan Carlos Maqueda, habrá dejado su puesto vacante para incorporarse a la Corte Suprema. Sobre los cordobeses nunca se piensa demasiado bien, mejor removerlos.
Aferrados como nunca al proceso constitucional, tan fieles devotos, los duhaldistas luego impulsarían desde Lomas de Zamora a su líder para que participe como postulante presidencial de octubre. Entienden que es el único en capacidad para competir con Menem, disponiendo no sólo del aparato oficial (subsidios, premios, tal vez castigos) sino de alianzas sabiamente concertadas en las provincias peronistas, con el radicalismo, hasta eventualmente con Aníbal Ibarra. Trabajo de compleja ingeniería, obvio, pero no imposible, se debe insistir. Hay mucho para defender y tentar en tantos lugares.
«Vamos nosotros» es la consigna, aunque Duhalde diga en público lo contrario. Su gente, su primer círculo más ciertamente, conjetura sobre este plan y sus propios intereses. Parece temerario, pero nadie debe olvidar una frase atribuida a Raúl Alfonsín sobre el universo bonaerense del peronismo: «Los menemistas son una banda, el duhaldismo es una organización». Tan organizada, claro, que él mismo en esta última etapa de su vida ha decidido incorporarse. ¿También al Plan B? En Gastronómicos juran que sí.
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