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10 de marzo 2008 - 00:00

Ensayo general y "un" voto de más

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Antonio Cafiero
La previa del jueves a la noche en el Hotel Panamericano, que los organizadores trataron -en vano- de mantener en reserva, fue un encuentro para detectar posibles errores en el congreso del día siguiente, orientado todo a evitar que se produjeran incidentes o sonaran palabras incorrectas.

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Convocados por Juan Carlos Mazzón, gobernadores, legisladores, ministros e intendentes repasaron los detalles de la organización: «Ensayo general para la farsa actual» podría haber sonado, como música funcional, la estrofa de la canción «Vencedores Vencidos» del Indio Solari (Redonditos de Ricota).

* * *

Todo salió como estaba previsto: sin sorpresas y rápidamente. Pero como nada es perfecto, hubo algunos errores menores. El más notable fue el caso de Ramón Ruiz, interventor judicial del PJ, al que impugnan los rebeldes del potrerismo que responden a los Rodríguez Saá.

Embalado, Ruiz se olvidó de su condición de interventor neutral y cuando comenzaron las votaciones, no dudó en levantar la mano bien alto para expresar su aval al proceso de normalización. Le tuvieron que bajar el brazo.

-¿Qué hacés Ramón? Bajá el brazo: vos no sos congresal... no podés votar -lo retó uno de los organizadores.

-¡Uy!... no me di cuenta, qué querés... -se disculpó el delegado judicial.

* * *

También se salió de libreto Antonio Cafiero, al que le pasaron un texto de guía y terminó leyendo hasta los detalles sobre dónde tenía que sentarse cada uno.

Krichnerizado, el ex gobernador y ex senador se enojó con los disidentes por no ir a marcar su diferencia y dijo que, en sus tiempos de PJ áspero, si era necesario, hasta hacía volar «alguna silla» para hacerse escuchar. Más de uno, tan veteranos como él, lo miraron de reojo y recordaron el congreso de Lanús de la renovación contra el herminismo en que Cafiero prefirió quedarse tomando una gaseosa en el café de la vuelta antes que entrar al mitin, algo que sí hizo Eduardo Duhalde, y terminó magullado a pesar de los gritos de Herminio Iglesias a sus muchachos diciéndoles: «No le peguen, boludos... no le peguen». Tarde.

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