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28 de noviembre 2007 - 00:00

Epitafio del cerdo para la UCR porteña

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Nadie sabe si el «que se vayan todos» fue exitoso. Pero, ciertamente, tuvo impacto negativo para el radicalismo en esta década. En particular, para la UCR porteña: ya no queda ningún representante de este partido en la Legislatura de la Capital Federal. Inclusive, por si este entierro no fuera suficiente, el último delegado radical (Carlos Loguzzo) se despide con un proyecto inolvidable por lo absurdo: reclama institucionalizar la semana del cerdo, lo que se dice un adiós porcino para una agrupación centenaria.

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No parece el mejor homenaje para el fundador Leandro N. Alem, un porteño de cepa. Sorprende, con cierta perspectiva histórica, este hundimiento político. Si el distrito tuvo como vecino notable a un comisario de Balvanera, al presidente Hipólito Yrigoyen que vivía en una casona de la calle Brasil -más inexpugnable que la residencia de los Kirchner en El Calafate, decían-, «el mudo» recogía votos en tierra bonaerense. En rigor, los grandes nacidos y criados en la ciudad fueron Marcelo T. de Alvear, los intendentes Francisco Rabanal, Fernando de la Rúa (un cordobés que se tiñó de porteñismo), Julio Saguier, Enrique Olivera y Facundo Suárez Lastra (por no mencionar a Aníbal Ibarra, un progresista que entonces llegó al cargo gracias al respaldo del aparato radical). Aunque el corazón del partido, en el ámbito capitalino, latió con grandes punteros como Julián Sancerni Giménez, luego un remedo suyo como Enrique Nosiglia, legisladores (Rafael Pascual, Jesús Rodríguez, Marcelo Stubrin), y un abanico menos notorio capaz de nutrir a la Municipalidad de cuanto empleo se pudiera crear. Una verdadera usina para desempleados con escasas ganas de trabajar.

Ahora, a menos de una década del esplendor hegemónico delarruista, la UCR -en la nueva Legislatura- carecerá de un rostro o una voz. Justo el partido que más pugnó por la autonomía de la Capital Federal. Raro final, triste y solitario como el Loguzzo que ahora le rinde tributo a los chanchos.

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