La quinta de San Vicente, destino final de los restos de Juan Domingo Perón, era uno de los parajes favoritos del ex presidente. Propiedad originaria del coronel Domingo Mercante, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante la primera presidencia peronista, el predio fue comprado por el fundador del movimiento justicialista en 1946.
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San Vicente era la quinta de veraneo de Perón, el rincón al que el general recurría para despojarse del personaje político y reencontrarse con su lado más íntimo. Tanto, que eran muy pocos los que podían acceder a ese lugar donde Perón preparaba su propia mayonesa casera y andaba en motoneta.
Eva Duarte también lo acompañaba en sus relajadas jornadas. El matrimonio aprovechaba para escaparse del asedio de los custodios y de las intrigas políticas de la época para descansar y dedicarse a lo que los griegos llaman ocio « negativo»: es decir, no cultivaba el cuerpo a través de deportes ni tampoco se dedicaba a planear estrategia política. Simplemente descansaba, dormía la siesta, recibía a sus amigos más cercanos y se vestía con ropa cómoda y gozaba de su aproximación con la naturaleza. Eran los tiempos en que la quinta estaba llena de animales sueltos, desde caballos hasta vicuñas, llamas y alpacas. No había en ese momento pileta de natación como ahora, luego de la modernización que la quinta sufrió durante el interregno de Eduardo Duhalde.
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