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21 de marzo 2003 - 00:00

Fastidio y desdén de Duhalde por una guerra que "opaca la campaña"

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Eduardo Duhalde recibió ayer en la Casa de Gobierno la visita del vicepresidente de Venezuela, José Rangel Vale, quien fue portador de un saludo del presidente Hugo Chávez.

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La Casa Rosada está en calma. Como sucede siempre que un gobierno se está yendo, sobra el tiempo, hasta para divagar sobre la peripecia internacional con Alfonsín. El encuentro fue, antes que otra cosa, un síntoma más de esa distracción que domina al oficialismo en relación con el conflicto que estalló en Medio Oriente. Duhalde, según los cronistas más minuciosos de su intimidad, apenas miró algunas escenas del drama por televisión, durante el almuerzo. Lo acompañaron Alfredo Atanasof, Juan Carlos Mazzón, José Pampuro, es decir, ningún experto en lo que mostraba la «CNN en Español». «Pobre gente, pobre gente», comentó el Presidente. Algo hay que decir. Irritado, finalmente ordenó que le cambiaran de canal y la charla giró hacia Néstor Kirchner y sus dificultades para ubicarse en el segundo lugar de la contienda electoral.

A esa hora, el candidato visitaba, acompañado por Juan Pablo Lohlé y Alberto Fernández, la Embajada de Grecia, donde almorzó con los 13 embajadores de la Unión Europea. «Nuestra posición es clara -dijo-: No a la guerra». Como en la mesa de Duhalde, allí tampoco había mucho para profundizar al respecto, por las conocidas disidencias que atraviesa Europa.

A esta altura de su gobierno, es innecesario consignar que el Presidente carece de sensibilidad para los temas internacionales. Hasta había pensado en viajar a un país árabe e islámico como Marruecos en pleno desarrollo del conflicto. Ayer ya había cancelado el compromiso, igual que el viaje al Vaticano: por la mañana se excusó ante el nuncio, Santos Abril y Castelló. Del periplo organizado en un comienzo sólo se mantenía anoche el tramo español, reducido a un día. «Puede ser que también lo suspenda por razones de seguridad», les dijo a sus tres colaboradores durante el almuerzo.

Los detalles de lo que sucede en Medio Oriente son absolutamente ajenos para el Presidente. No es sólo por culpa de su desinterés: carece también de un canciller que lo ilustre. Carlos Ruckauf pasó los últimos días visitando a los nietos en los Estados Unidos y cuando llegó a Buenos Aires el gobierno ya había diseñado su propio panorama del conflicto prescindiendo de él. En efecto, el miércoles al mediodía se reunieron Jorge Matzkin, Miguel Angel Toma, Juan José Alvarez, Alberto Iribarne y Horacio Jaunarena para analizar los efectos del conflicto internacional sobre el escenario doméstico. La Cancillería envió al embajador Marcelo Huergo, encargado de asuntos relacionados con el terrorismo. La guerra fue vista en esa mesa casi exclusivamente como una cuestión de seguridad, como quedó expresado en el informe que se le giró a Duhalde, explicándole las medidas que se adoptarían para resguardar los que, eventualmente, podrían ser objetivos terroristas.

En rigor, el Presidente recibió el último «breafing» completo sobre lo que sucedería en Irak antes de que sucedieran los hechos. Fue el martes por la tarde, durante una reunión con Toma, en la que se le expuso a Duhalde el tipo de operaciones que realizarían los Estados Unidos para eliminar a Saddam Hussein o hacerlo rendir, una vez que se destruyeran los sistemas de radares y misiles de su país. Desde ese día, según lo que comentó uno de sus asistentes directos, Duhalde no se volvió a ver con el jefe de la inteligencia estatal.

Es cierto que ayer recibió un reporte de Eduardo Amadeo, quien trató en vano de imponer en el Presidente su visión pro norteamericana de los acontecimientos. Pero debió ser breve por la irritación de Duhalde, manifestada sobre todo cuando el embajador en Washington le sugirió que debería firmarse un convenio operativo con los Estados Unidos sobre cuestiones técnicas relativas al comercio. Amadeo se debió limitar a una pincelada de vida cotidiana, en la que relató cómo viven los vecinos de Washington, cómo la prensa crea un clima bélico en los Estados Unidos, las prevenciones que se toman para garantizar la seguridad y la ansiedad que esas mismas medidas provocan. Le ganó el corazón Amadeo a Duhalde y por eso consiguió que lo escuchara.

Con Alfonsín, en cambio, todo fue coincidente ayer. El Presidente se alegró por «la unidad latinoamericana, que no es unánime porque Colombia tiene razones muy entendibles para estar al lado de los Estados Unidos». Hubo alegría, en cambio, por Chile: el gobierno socialista de Ricardo Lagos, que integra el Consejo de Seguridad, «asumió una actitud muy digna», según el comentario de Alfonsín. Ninguno de los dos se enteró, al parecer, de que la administración chilena llora hoy la decisión de haber ocupado esa banca, que Uruguay había rechazado.

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