El Presidente junto a su esposa en una misa en Tucumán
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Este es el proyecto que más entretiene a los íntimos del presidente designado, quienes sólo temen que un percance los frustre en su intención de agasajar a «Negro»: que otra vez algún obispo conciliador, llámese Jorge Casaretto o, un nivel más abajo, Osvaldo Musto, desalienten la concentración alegando la «concertación». En efecto, cuando hace un mes Duhalde quiso escuchar al coro del conurbano bajo el balcón de la Rosada, estos dos prelados lo amonestaron con un argumento bastante lógico: «Si nos pide que hagamos un esfuerzo de unidad nacional con todos los sectores, no se ponga usted al frente de un bando». Es de suponer que la empresa encarada por Casaretto y por el diplomático Carmelo Angulo no tenga demasiado tiempo de vida ya que tanto a la Iglesia como a las Naciones Unidas (uno de cuyos programas representa Angulo) les resultará cada vez más costoso permanecer en la foto oficial, aun cuando sea en el rol de mediadores. Además, tanto el obispo como el diplomático -uno por católico, el otro por españolcreen hacer hecho todo lo que se esperaba de ellos ayer: en las 77.000 misas celebradas en 23.000 iglesias españolas se recaudaron u$s 5 millones que se destinarán a «asistir a los argentinos que padecen una situación dramática».
En rigor, la idea de convocar a hombres y mujeres del segundo cordón del conurbano a la plaza del Congreso no tiene que ver con ningún estado de euforia en que haya entrado el duhaldismo. Más bien lo que pretende el gobierno es que Duhalde no tenga que visitar el palacio de Entre Ríos y Rivadavia desafiado por piqueteros, desocupados, Movimiento Teresa Rodríguez, clasistas y combativos y cualquier otra expresión de disidencia de las que proliferan ahora en un paisaje que antes era exclusivamente peronista. «Tenemos que llenar la plaza antes de que la llenen ellos» es la consigna del oficialismo, que se siente incomprendido en este punto por las reconvenciones de los obispos.
La idea de realizar una manifestación pública es connatural al duhaldismo. Ya lo intentaron, como se recordó, los intendentes del conurbano. El metalúrgico Hugo Curto es quien más presiona, con la autoridad de quien se siente casi dueño del gobierno: «Si no era porque yo comencé a apretar en lo de (Hugo) Toledo, Duhalde no se tiraba a la pileta porque le tenía miedo a la presidencia», suele comentar el ex tesorero de la UOM e intendente de Tres de Febrero. Con menos pasión, es cierto, también el senador por Entre Ríos, Jorge Busti, sugirió una aglomeración oficialista.
La presión del aparato bonaerense volvió a hacerse sentir este fin de semana. Sin embargo, todavía queda una duda: si involucrará solamente al PJ o también se sumaran los radicales. Del idilio que protagonizan los hombres de la UCR bonaerense con Duhalde no deben darse demasiados detalles. Bastó el discurso de Raúl Alfonsín identificando al actual gobierno con la democracia misma (desde su propia gestión, en 1983, no se mostraba tan generoso con una administración). Sin embargo para que esa adhesión se traslade a todo el radicalismo deberían precipitarse algunas novedades antes del 1 de marzo.
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