Para los hombres que atienden los asuntos religiosos en el gobierno, la aceptación de la renuncia del obispo Joaquín Piña es una contrariedad para Jorge Bergoglio a la que, claro, ayuda a compensar la personalidad de su reemplazante, quien se manifestó cercano al cardenal primado y apoyó la candidatura de su antecesor. Para que no quedasen dudas, parafraseó la expresión de Kirchner sobre que «la Iglesia no tiene partido» con otra más dura: «No sé si Kirchner es de Dios. El lo tiene que saber, Dios es de todos pero no todos somos de Dios y cada uno sabe dónde está parado, no soy quién para juzgar nada».
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Piña y Bergoglio pertenecen a la Compañía de Jesús, y aunque nunca se admitirá oficialmente, el ex obispo de Iguazú aceptó ser candidato a convencional en Misiones una vez que el cardenal le dio la venia. No le hacía falta autorización, ya que los obispos reportan directamente a Roma. Esa es la razón por la cual Piña dijo en varias oportunidades que contaba con el apoyo de Bergoglio.
En la percepción del gobierno, el Vaticano podría haber acelerado la aceptación de la renuncia para no quedar implicado en una eventual derrota de la lista de Piña y no empeorar la relación gobierno-Iglesia, ya deteriorada desde la crisis Baseotto y por la agresividad de Kirchner hacia Bergoglio, a quien considera una especie de jefe de la oposición.
En línea
La decisión de Roma, además, estaría en línea con la posición tradicional de no alentar la participación de sacerdotes en política partidaria o en cargos legislativos, un tema disputado desde siempre en la Iglesia Católica.
Frente a la venia de Bergoglio a Piña para intervenir en política se alzó en el Episcopado esa posición contraria a la participación de Piña en las elecciones. Se le atribuye al argentino obispo Leonardo Sandri (segundo en la Secretaría de Estado del Vaticano cuando la ocupaba Angelo Sodano y que provisoriamente sigue con su reemplazante Tarcisio Bertone) haber defendido esta posición en el Vaticano al punto de acelerar la aceptación de la renuncia de Piña para que se conociese antes de las elecciones misioneras del 29 de octubre.
En Buenos Aires se le atribuye al nuncio Adriano Bernardini -es quien gerencia la relación de los obispos con Roma y le notificó la aceptación de la renuncia a Piña- sostener la inconveniencia de que los sacerdotes actúen en política, algo a lo que se ha plegado también el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer. A este obispo, muy distanciado de Bergoglio, se le atribuye haber comentado en reuniones de laicos que no sería posible que ante la falta de laicos que defiendan algunas posiciones de la Iglesia tengan ahora los sacerdotes que hacer militancia partidaria.
La crisis de los partidos políticos, la eficacia del método de cooptación de dirigentes opositores y la intimidación que ejerce la actuación pública de tono agresivo que se practica en la Argentina de los carpetazos y las amenazas, se han reseñado como las razones por las cuales en las listas opositoras de Misiones hay 10 religiosos sobre un total de 35 candidatos a convencionales (tres sacerdotes católicos, uno de ellos el obispo Piña, tres pastores luteranos y cuatro monjas).
El temor de la línea Bernardini-Aguer es que ante ese fenómeno en las elecciones del año que viene se sumen más sacerdotes a las listas de candidatos, con lo que se abriría una caja de Pandora. No todos ellos responderían verticalmente al Episcopado, surgirían líneas de disidencia que Roma logró acallar hace 25 años cuando confrontó lo que se llamó el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Costó mucho, según esa percepción, hacer volver a los sacerdotes a las parroquias y sacarlos de las unidades básicas, clubes y aun de la insurgencia, algo de lo que hizo Juan Pablo II uno de los ejes de su papado.
Halago
Bergoglio ejerce un rol que le permite no explicar por qué hace lo que hace. Su actuación política, aunque niegue tenerla, la percibe el gobierno, que lo elige como adversario. Cuando se le preguntan al Presidente las razones, responde que con eso halaga a un público que sostiene banderas anti-Iglesia (aborto, laicismo, reproches al oscurantismo, etc.) y que apoya al oficialismo.
Eso le ha significado un costo que no elude pagar; más bien redobla la apuesta, como hizo el domingo en la Basílica de Luján y le respondió a Kirchner su frase hiriente de que «algunos sacerdotes necesitan agua bendita». Después de todo es un jesuita, una orden que fue lo más y lo menos en la historia de la Iglesia (sufrió expulsiones y abolición misma de su existencia en el siglo XVIII acusada de disputarle poder al imperio español y al papado mismo). Para ellos la expresión «vox populi, vox dei» no es un refrán, sino una máxima de vida, y en ese dictamen hay que buscar las razones de su confrontación, antes con Aníbal Ibarra -a quien ayudó a mandar a su casa como pocos- y ahora con Kirchner.
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