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24 de agosto 2006 - 00:00

Impotencia y culpa de Kirchner frente a un obispo y un ingeniero

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En el resumido ajedrez de Néstor Kirchner, no figuran ciertos jugadores amateurs. Tampoco sus posibles movimientos. Y esa carencia argumental lo descoloca al Presidente, más bien lo preocupa. Dos ejemplos de esa incomodidad: la candidatura del obispo misionero Joaquín Piña y la convocatoria a Plaza de Mayo de Juan Carlos Blumberg. Como no son políticos profesionales, para los cuales el Presidente dispone de un amplio folleto para seducir, demoler o asociar, el nuevo dúo que aparece en su tablero se vuelve una complicación indescifrable.

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Kirchner, como se sabe, siempre despreció a espontáneos o advenedizos de la política. Una de sus mayores aversiones contra Mauricio Macri era el reproche de que éste ingresó a la profesión por la claraboya, sin tramitar los cursos correspondientes, sólo por disponer de dinero o presidir Boca Juniors.

Justo es admitir que esa regla, sin embargo, últimamente la ha modificado: le tomó particular cariño a un outsider cordobés, el ex basquetbolista Héctor «Pichi» Campana, de quien rescata la sobriedad y la prudencia, al menos frente a otro mediterráneo cercano, Luis Juez, quien no lo hace reír -y lo manifiesta- con su particular sentido del humor, ni lo fascina con su excentricidad.

Si bien son un disturbio para el oficialismo, Piña y Blumberg son diferentes, a pesar de que los reúne una virtud común: cierta autenticidad de origen en el reclamo y escasos flancos para ser objetados. Pero uno, el sacerdote, surge a la vida política con dos características propias: 1) cuestiona una pretensión del gobernador, para nada ajena a Kirchner, como la reelección indefinida de Carlos Rovira, casi una advertencia sobre posibles intentos semejantes en el orden nacional; 2) tanto en la superficie como en el fondo, el obispo aparece sostenido por una institución de tropezado vínculo con el Presidente, la Iglesia católica, nadie deja además de advertir que responde a la inquietud de Jorge Bergoglio, supremo religioso de los católicos argentinos, reacomodado para mejor en la relación con el Vaticano, y hombre al que le cuesta comulgar con Kirchner a pesar de su inclinación cristiana (justo es señalar que, tal vez por formación, ambos se parecen en la voluntad por entender que una férrea conducción es imprescindible para las instituciones que dirigen. ¿O acaso alguien sabe de jerarquías o curas menores que se pronuncien contra el manejo de Bergoglio?, justo en una Iglesia en la que se cuestionaron hasta interpretaciones del dogma en las últimas décadas).

Sería desdoroso reducir a distinciones personales (Piña versus Rovira o Bergoglio versus Kirchner) la aspiración del obispo que, desde el norte de Misiones, se propone como convencional -apoyado además por su colega de Posadas- sólo para impedir la reelección indefinida del gobernador: persigue, más bien, otro valor, oponerse a un propósito repetido en ciertas provincias (la Santa Cruz de Kirchner ya impuso ese sistema) y que, para la Iglesia, podría luego extenderse a la Nación. ¿O acaso en una Argentina medrosa, o de múltiples miedos como la de hoy, no hay quienes piensan que si el Presidente logra reelegirse con amplitud el año próximo, luego se complacerá a la tentación de modificar la Constitución para perpetuarse en el poder? A no dudar que Bergoglio, frente a una alternativa semejante, sin prejuicios se arremangaría la sotana para competir él mismo, como convencional nacional, como forma de bloquear ese intento.Lo de Blumberg, claro, exhibe otras demandas más urgentes, menos teóricas, al margen del convencimiento oficial de que será candidato (como no parece disgustarle a buena parte del electorado, según las propias encuestas del gobierno). Hombre de a pie hasta ahora, acusado de interpretar a un sector especial del país (el centroderecha, como le imputa el inimputable Luis D'Elía, quizá la figura política aliada que más adhesiones le resta a Kirchner), aunque dialoga con Roberto Lavagna o se abraza con Luis Castells, boya con la triple herencia de un hijo muerto, el adicional de la inseguridad general que le deparó esa tragedia y la responsabilidad de un deber a cumplir para que otros semejantes no atraviesen lo mismo.

La impotencia colectiva frente al delito, ajena a estadísticas o explicaciones, lo mantiene vivo y acompañado; aunque, claro, con la eterna tribulación de saber si a la Plaza de Mayo, el próximo 31, reiterará la convocatoria masiva de otras oportunidades. Le falta esa organización que le garantice, con choripán, 20 pesos y el traslado, una concreta cantidad de asistentes, número sobre el cual -si es menor a los anteriores- se prenderán los políticos profesionales para apartar a un advenedizo. Pero la duda de Blumberg sobre el gentío a provocar no es distinta a la que profesa hoy el mismo Kirchner sobre el acontecimiento: a él, que tanto le cuesta reunir multitudes, el éxito de otros en ese sentido siempre lo padece como una afrenta. Quizá por esa razón no hizo rectificar a D'Elía, con el silencio se vuelve el Presidente en socio de una batateada piquetera.

  • Fantasmas

    Y tal vez se equivoque por falta de certidumbre informativa, alimentado por amagues y fantasías. Primero, por la decepción de comparar a Blumberg por la cantidad de gente que acumula en una plaza, casi copiando a Massera y Videla que pensaban lo mismo de las Madres de Plaza de Mayo. Cuando, en verdad, importan la cantidad de marchas, la existencia y continuidad de un problema. Demasiado desvelo y dedicación entonces para castigar a alguien que lo fastidia, para quien no está demasiado orientado en su destino político y el que, en cualquier momento -tal vez anticipe algo hoy en el programa de Mirtha Legrand- confiese que no tiene intención de ser candidato a nada, ni de nadie. Y, como no debe ser fácil para él salirse de escena, hasta se proponga convertirse en una suerte de fiscal sin paga para señalar incongruencias, desatinos o inconductas de dirigentes. Una forma de continuar lo que él entiende como su misión para enfrentar la inseguridad. Puede ser una de sus alternativas.

    Con probable diagnóstico equivocado en este caso, incompetencia en el otro, lo cierto es que Kirchner se ha atorado con dos personajes distintos, un mismo problema, y la falta de bibliografía sureña para entender fenómenos que la política -a la cual se le concede tanto tiempo de esfuerzo en la Casa Rosada- no explica ni parece resolver.
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