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Anoche se seguía puliendo la resolución que pondría a un interventor al frente del PJ nacional. La identidad de ese funcionario es bastante obvia: Ramón Ruíz, hombre de máxima confianza de la jueza que ya demostró su ductilidad en este tipo de manualidades cuando representó al juzgado electoral en el PJ Capital, conduciendo un proceso que, como estaba previsto, desembocó en la instalación de Alberto Fernández en la cúpula de la organización. Menos claro se veía ayer si el interventor estaría escoltado por un par de gobernadores verticalizados con la Casa Rosada.
Para decirlo sintéticamente, Ruíz es un experto en conseguir «que el peronismo vuelva a enamorar», como decía el eslogan que despachó «Pepe» Albisturpara la aventura porteña de su amigo Fernández. Ahora el que debe enamorar es el PJ nacional. Es cierto que si no se alcanza semejante deseo tampoco será un drama. Basta con lograr propósitos más modestos. El primero de todos, colocar una espada de Damocles sobre el partido de la provincia de Buenos Aires, que estaría en la mira de una intervención nacional desde el primer día que Ruíz se instale en la conducción del PJ (aunque este viejo dirigente prefiere siempre establecer su escritorio en la SIDE, manías de quien encabezó a los espías argentinos en una base de Madrid durante los « malditos '90»).
Otro efecto de estas intervenciones encadenadas podría ser la estética de los comicios, su simbología. Puede parecer un aspecto baladí de la cuestión, pero para los expertos en campaña peronista suele tratarse de algo central para la conquista de los votos. Según ellos, no es lo mismo que la boleta electoral lleve las imágenes de Juan Perón y de Evita a que no lo haga. Un bando del interventor Ruíz podría disponer que en las papeletas de los Duhalde no haya escudos ni efigies: esto le restaría un enorme «anzuelo» a la hora del cuarto oscuro. Al menos es lo que razonan los duhaldistas por estas horas, convencidos de que el control partidario puede mejorar mucho su resultado.
Sin embargo, en la otra vereda, la de Kirchner, no avanzan tan lejos. Algunos dirigentes ligados a esta operación arguyen que «sería muy torpe, demasiado favorable a los Duhalde intervenir el PJ provincial en este contexto de pelea». Alivio para Díaz Bancalari, quien preside esa fuerza desde que el ex presidente «se retiró de la política». En cambio, la guillotina se acerca al cuello de otro duhaldista parlamentario, Eduardo Camaño, quien conduce el congreso del partido que también sería intervenido.
Quienes miran con más profundidad reconocen que hubo en 2004 un error estratégico de Kirchner: no haberse preocupado por convertirse en jefe del PJ nacional, lo que le evitaría hoy una cantidad de contradicciones durante el proselitismo de su gobierno. Ahora la figura del «Pelado» Ruíz no alcanza. Con menos pretensiones analíticas, alguien apuntó ayer: «Ojo que en el PJ nacional hay como 5 millones de pesos de los fondos que asigna el Ministerio del Interior, además de lo que habrá que recaudar en el futuro». Cuestiones menores, que mueven montañas.
Finalmente, hay una dimensión que, aunque no se verifique en el corto plazo, no debería perderse de vista: con el PJ bajo el control de un interventor cualquier composición política entre Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Duhalde quedaría abortada. Los dos primeros podrían sumar al bonaerense a su campaña de reclamo por la normalización del peronismo a través de elecciones internas. Ahora esta pretensión resultaría extemporánea pero, pasadas las elecciones, tal vez estos tres zorros quieran poner en apuros a Kirchner desafiándolo con la disputa por la presidencia partidaria. Visto desde este ángulo, el golpe de mano que darían a través de Ruíz conllevaría un costo futuro: por el sólo hecho de intervenirlo, los gerentes de Kirchner le estarían dando al PJ una densidad política que volverá más relevante cualquier discusión o disputa referidaa esa entidad. Una evidenciade elemental física política. Pero estas responsabilidades no deben cargarse sobre las espaldas de Ruíz. Este dirigente histórico y de bajo perfil hará su tarea con profesionalismo, casi sin que se note.
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