Roberto Lavagna se lo advirtió a Eduardo Duhalde. Argumentó que el giro en la ONU, pasando de la condena a la abstención en el tema de los derechos humanos bajo el castrismo, es inoportuno y peligroso. Señala que eso privará al país del favor del Fondo Monetario y de los acreedores a la hora de encarar la renegociación de la deuda, complicando la recuperación económica. Lavagna, como siempre ambiguo, fue promocionado anoche como ministro de Economía de un eventual gobierno de Néstor Kirchner. Pero, a la vez, tomó distancia del santacruceño, quien se manifestó favorable a la abstención. La repudiable decisión de Duhalde también dividió al resto de los sectores políticos.
«Menem al gobierno, Bush al poder.» Los carteles que se pegaron ayer en Buenos Aires fueron atribuidos a Duhalde. ¿O los hizo Menem?
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Sin embargo, en este coro se recortó nítidamente la voz de Roberto Lavagna, no porque resulte disonante sino por la letra que entona y el rol desde el cual se expresa. Antes de la reunión de gabinete del martes pasado, Lavagna habló con Duhalde sobre el voto de la Argentina en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Un par de testigos escucharon cómo el ministro desaconsejó la abstención con un argumento breve y obvio: «Esto va a traer complicaciones futuras sobre la economía».
Importa el juicio de Lavagna por lo que tiene de sensato. Toda la operación económica de la Argentina post default se sostuvo en una política basada en dos aliados principales: los Estados Unidos y España. Si algo no registra el voto a favor del castrismo es el nuevo cuadro que se abre en la escena internacional a partir de la guerra de Irak, en el cual esos dos países, decisivos en el acuerdo de la Argentina con el Fondo Monetario Internacional, son protagonistas principales. En el caso español el desdén de Duhalde es más severo: viene de encontrarse con José María Aznar, a quien visitó con la excusa de «agradecer», y escuchó cómo el primer ministro le aconsejó que «deberías condenar a la dictadura cubana por el bien de tu país».
Aquí aparece la segunda dimensión de la advertencia del ministro. Porque el titular del Palacio de Hacienda pretende seguir en el cargo hasta diciembre en el caso de que Néstor Kirchner gane las elecciones. Más allá de ese mes, aspira a ocupar la Cancillería. El propio candidato anunció anoche por TV que el economista seguirá donde está ahora si él triunfa. En otras palabras, desde el punto de vista de Lavagna su recomendación debe haber sido un consejo «en defensa propia». A nadie se le debe negar el derecho al optimismo en una campaña electoral y el ministro de Economía habrá pensado en que él será una de las víctimas de la «herencia recibida» en materia de política exterior. En agosto, el gobierno argentino deberá peregrinar nuevamente hacia el Fondo Monetario Internacional y también hacer la gira telefónica habitual por los países del G-7 y algún viaje a Madrid. Si se atiende a lo que opina en rueda de íntimos el representante del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos en Buenos Aires, Mathew Haarsager, la negociación será durísima, cualquiera sea el color de la administración.
Lavagna está a punto de convertirse en la figura central de la campaña proselitista del gobierno. Se lo verá en spots publicitarios, rodeado de su equipo y recomendando la continuidad de la actual gestión, que él identifica con la llegada de Kirchner al poder. Sin embargo, no consiguió convencer al candidato del desatino de aparecer al lado de Fidel Castro, a quien hasta el comunista José Saramago ve como un sanguinario. La disidencia por la cuestión cubana, entonces, no afectó solamente al gobierno, sino que se extiende también al equipo de campaña de Kirchner, cuyo postulante oficial a ministro de Economía y aspirante a la Cancillería piensa distinto que el candidato.
Ayer, Buenos Aires quedó tapizada con un afiche con los colores de la bandera de los Estados Unidos y esta leyenda: «Menem al gobierno, Bush al poder». Si se presta atención al razonamiento electoralista que llevó adelante Duhalde, confiado en que asociándose a Castro y su dictadura terminal atraerá a una masa de votantes adversos a los Estados Unidos, la pegatina anónima la ha financiado el gobierno. Por eso el Presidente y su candidato prefieren quedar al lado de Lula y Castro, mientras Menem será uno de los temas de conversación, la semana que viene, cuando el oriental Jorge Batlle visite a George W. Bush (el presidente del Uruguay habló ya con su amigo argentino de esta visita y de algún mensaje hacia Washington). Batlle es uno de los impulsores de la censura a Cuba en la ONU.
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