Aunque no fuera novedoso, cierto revuelo causó la denuncia de Roberto Lavagna: «Me están espiando». Y, por supuesto, le atribuyó esa interferencia cotidiana al gobierno, más precisamente a la SIDE. Y Néstor Kirchner, quien suele responder casi todas las imputaciones de su ex ministro, en este caso se hizo el distraído: no consideró oportuno replicar.
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Juego de astutos el tema: resulta curioso también que ahora -fuera de la administración pública- Lavagna venga a descubrir que existe un sistema de espionaje sobre sospechosos, desconfiables o ciudadanos comunes que revelan alguna autonomía frente al gobierno. Cuando estuvo en Economía como ministro, al parecer nunca descubrió esa afrenta con la que hoy lo persigue el Estado. Habrá que aceptar esa ignorancia, tal vez, suponer que desconocía las misiones de un camioncito con antenas, frente al CEMA, para escuchar subrepticiamente a Roque Fernández y Cía. Material que luego, con seguridad, no iba al despacho del médico José Pampuro ni al del abogado Eduardo Duhalde, sino a otras manos más profesionales en relación con la economía. De cualquier modo, ese olvido de las andanzas de ayer -que posiblemente hayan continuado cuando se mantuvo en la sucesión kirchnerista- no disminuye el escándalo que hoy significa la descarada intervención del Estado sobre la vida privada de un ciudadano.
No estuvo solo Lavagna en su denuncia. Quizás para no quedar alejado del protagonismo del economista, también se sumó Mauricio Macri, quien casi por tradición también imputó a la SIDE la interferencia de su teléfono. O quizás no le falta razón ni inquietud: como padece la amenaza de un juicio -no político ni económico- debe imaginar que le curiosean los entretelones previos a la iniciación de la causa, que alguna picardía debe incentivar otras demandas.
Como siempre hubo fantasíasrespecto de las escuchas de la SIDE (el matrimonio Kirchner también en el pasado incurrió en denuncias), a lo de Lavagna habría que buscarle cierta carnadura para no ser partícipe de una campaña proselitista. Y las quejas del ex ministro parecen asentarse en dos datos para él comprobables: uno, el íntimo vínculo entre algunos servicios de inteligencia y ciertos medios de comunicación; otro, la tradicional impericia de los agentes que confunden apellidos, personas o grupos distorsionando cualquier informe plausible.
Sin contacto
Lavagna y su gente descubrieron que dos medios, opuestos ideológicamente pero coincidentes en precisos intereses, replicaron la misma fuente de la SIDE con intención de dañarlo: el senador Augusto Alasino -se dijo en esa oportunidad- es uno de los asesores del ex ministro en la preparación de su campaña presidencial. ¿De dónde había salido ese dato?, se preguntaron en su entorno, si Lavagna ni siquiera conoce a Alasino, del que sólo sabe que figura en una lista de presuntos beneficiarios de un soborno en el Senado mientras otras figuras del oficialismo han sido retiradas de la misma lista. Mínima pesquisa y primer resultado: Alasino, en una ocasión, llamó por teléfono a Lavagna, éste nunca le respondió porque no estaba en el país, jamás hizo contacto. Pero la llamada existió y no sólo la memorizó una secretaria de Lavagna.
Ocurrió lo mismo, está vez con una dama de apellido británico, secretaria por otra parte del embajador de ese país, quien llamó a las oficinas de Lavagna para combinar un almuerzo entre el economista y el diplomático. Pero la confusión de los agentes hizo que confundieran a la empleada, la supusieran una dignataria del gobierno de Londres y, también en esos medios propensos a recibir -entre otras menudencias- información «calificada» de la SIDE, publicaran que Lavagna estaba en contacto directo con esa mujer, como si fuera un argentino que podría espiar para ese vetusto imperio.
Razones
Dos episodios para Lavagna que le movieron la denuncia. También, el reconocimiento de que la SIDE, en la calle Billinghurst, dispone desde hace tiempo de un centro de operaciones de alto nivel (por lo menos, comparable en jerarquía a otra adjunta a la máxima dirección del organismo) que se especializa en contactos y relación con medios periodísticos, muchos de los cuales repiten sus versiones. En rigor, con profesionales de esa actividad, pues los responsables de los medios disponen de mejor trato con otros funcionarios: no sólo hablan de publicaciones. En ese edificio de la SIDE del Barrio Norte, también se añaden «mesas» especiales, así caracterizadas por disponer de un circuito de atención sobre un mismo personaje ( movimientos, relaciones, teléfonos, etc.). De ahí que Lavagna identificara a la mujer (Srta. Palacios) que se ocupa de su propia vida y no como ángel de la guarda.
Nuevo sistema de la SIDE, entonces, donde el número dos del organismo -Francisco Larcher- tiene más poder que el número uno, Héctor Icazuriaga. Razones de gestión, no de confianza: a los dos les sobra esa virtud con el Presidente, pero Icazuriaga y su mujer comparten ocio y recreación con el matrimonio Kirchner, mientras Larcher casi siempre lo visita a solas, se remite a cuestiones exclusivas de trabajo. Trabajo que en los últimos tiempos percibe un desarrollo geométrico en materia de tecnología y sofisticación (por no hablar de las ramificaciones con medios de comunicación que sospecha Lavagna) en su particular regodeo sobre la privacidad de los ciudadanos. Por la incorporación de maquinaria para el control de las conversaciones de celulares o de mails, tarea esta última tan sencilla -ya en el mundo privado- que hace las delicias de mujeres sin labores conocidas o adolescentes con voluntad de fisgoneo. A tal extremo es el nivel de modernización para perfeccionar las escuchas que, se entiende, no queda capacidad humana para desgrabar todo lo que se graba. Y eso que ya no se controlan los teléfonos fijos, fundamentalmente porque la vejez del sistema requiere de complicaciones que el aire no exige. Milagros del avance técnico, como los radares que captan misiles o aviones que superan la capacidad del sonido y, en cambio, son incapaces de detectar un simple avión a hélice.
De ahí que el propio Lavagna, por la simplificación del sistema de escuchas y de la intervención del sector privado en la materia, aún como sufrida y perseguida víctima del sistema, también por su cuenta puede disponer de un control -o llegar a contratarlo- sobre el country de la zona sur donde Larcher se construye o alquila una residencia, el mismo lugar que se hizo conocido por la soberbia mansión de un operador bonaerense que al parecer se hizo próspero en forma vertiginosa en los últimos 4 años (y no es duhaldista). Puede saber Lavagna de esa localización, también de los viajes al exterior del número dos de la SIDE, qué países visita, con quién comparte pasaje. Puede saber todo el gobierno sobre los ciudadanos, pero hoy también con recursos esa población investigada puede saber sobre quienes los escuchan y espían: ¿o acaso hace tiempo no se publicó el archivo personal de un ministro que en sus ratos libres elaboraba poemas de amor para una señorita soñada? Miserias de una vida política, también empresaria -hoy abunda el servicio o los servicios a las empresas en esa materia- que no admite la competencia. Aunque haya pecado antes, parece bueno que Lavagna se preocupe por su privacidad, un modo de hacerlo también por los otros. Lo que, obviamente, no hace el Estado.
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