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Como aquel radicalismo esclerosado, también la maquinaria electoral de Eduardo Duhalde tiene problemas de tránsito ante las audiencias de la clase media urbana, hasta ayer «cacerolera». Y, como no sobran los trucos, repiten el del radicalismo de 1999. No en vano Duhalde es casi ya el dócil hijo político que don Raúl jamás encontró en su partido centenario. Ahora no se trata de disimular a viejos letrados de comité que venían de la hiperinflación y el pacto con el menemismo, mezclados con punteros ociosos, generalmente contratados por el Estado, como era el caso de los radicales del '99. El problema del Presidente es dónde esconder a una red de intendentes, caudillos, jefes de sociedades de fomento, barras bravas de clubes suburbanos, contratados de oficinas públicas, en fin, una clientela numerosa con la que se lleva adelante la lucha política en el conurbano, sea en el de la provincia de Buenos Aires o en el de cualquier ciudad latinoamericana. Ese ejército es imprescindible a la hora de juntar votos y llevar adelante el asistencialismo social pero impresentable cuando se quiere seducir a sectores sociales más remilgados. Para eso la astucia política inventó las «estampitas», los «mascarones de proa».
Si la cirugía plástica era necesaria en los radicales que se refugiaron en la «Alianza», detrás de la careta de Chacho Alvarez, la que debió encarar Duhalde es mucho más urgente. Por su oposición acérrima con Carlos Menem él pretende atraer a la clase media urbana no peronista y hasta antiperonista, que detesta la cultura del peronismo bonaerense de la que él mismo proviene. Por eso fue a buscar su pantalla a la foto de Elisa Carrió, Luis Zamora y Néstor Kirchner. Allí encontró al peronista con el cual podría, disimulando su propio ejército, atraer a quienes detestan a Menem.
El problema de estos experimentos es que siempre tienen un costo: el poder y la ficción suelen ser incompatibles. Es decir, obligado por su público, cada actor debe recitar su parlamento hasta las últimas consecuencias. En el caso de los radicales sucedió lo previsible: para prestar el servicio por el que lo habían contratado, Chacho siguió denunciando desde la vicepresidencia y terminó diciendo que «las coimas las pagó De la Rúa», en referencia a la ley de reforma laboral que aprobó el Senado.
Kirchner, más tímidamente, ya dijo que buena parte del sindicalismo es corrupto. Hablaba de los gremialistas que almorzaron ayer con Duhalde. Y también aclaró que no le debe nada a nadie: si el Presidente apostó a él como candidato es porque era competitivo. Es decir, el aporte en la cooperativa que fundaron lo hizo él, no el duhaldismo que le dio los votos. Curiosamente, decidió festejar el resultado del domingo pasado en el lejano Sur y hasta ahora no creyó conveniente exhibirse junto a su padrino, Duhalde, y mucho menos con otros integrantes de su equipo como Hugo Toledo, Hugo Curto, Manuel Quindimil, José María Díaz Bancalari o Carlos Catterbetti. Despacito, el cordero comenzó a mordisquear la estancia.
Es posible que en Olivos acepten esta lógica en obsequio al marketing, que debe mostrar que Kirchner no es «Chirolita» ni anda mezclado con políticos «de raza» (eufemismo que se aplica a los que conocen todas las picardías del oficio). El Presidente quiere que los suyos se recluyan en la Cámara de Diputados, desde donde podrá hacer oposición si su pupilo, eventualmente su sucesor, quiere aflojarse el grillete: desde allí los bonaerenses pueden recordarle que nunca pagaron un dólar de deuda ni aumentaron un centavo las tarifas ni se negaron a conceder un «Jefas y Jefes». En otras palabras, podrán enjuiciarlo desde el populismo y volverle el gobierno imposible. Crece Daniel Scioli en ese caso, como se consignó ayer en la tapa de este diario.
Pero todo tiene un límite: se llegó al ballottage y todavía no se habló del gabinete, ni siquiera de la continuidad de los contratos que se firmaron para el personal que en las oficinas del gobierno trabaja para la campaña. Lo único que falta es que, llegado al poder, empiecen las denuncias. Por suerte el candidato dijo ayer en un reportaje que no pretende gobernar «mirando con la nuca».
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