Testimonio del Perón de 1973, cuando anunciaba al campo que no habría retenciones. En la foto, junto a Vicente Solano Lima, Ricardo Balbín y José López Rega en la residencia de Gaspar Campos.
Señores: En primer término, tengo el placer de saludarlos y agradecerles la amabilidad que han tenido de llegar a esta casa. Es indudable que, después de haberlos escuchado en una rápida exposición de motivos y de consecuencias, debo manifestarles la inmensa satisfacción que experimento al comprobar que los distintos sectores del agro argentino están en una coincidencia absoluta, porque solamente la coincidencia puede llevarnos a un fin constructivo. Hace veintiséis años me hice cargo del gobierno de la República. Era mi primer gobierno. En ese momento, la producción agropecuaria era buena y el único recurso de la República. La industria estaba, en cambio, bastante atrasada; los alfileres que consumían nuestras modistas eran importados de Francia. Fue necesario, por una razón de equilibrio en la producción y en la demografía del país, dedicarnos a industrializarlo. Entonces nos lanzamos a la industrialización con toda nuestra decisión y nuestro esfuerzo. Las consecuencias fueron que en 1955 el país estaba fabricando sus barcos, sus camiones, sus automóviles, etc.; es decir que grandes posibilidades de desarrollo industrial se habían producido en toda la República.
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Esto era una cosa indispensable, porque el agro estaba entonces en la tarea de producir para importar manufacturas, perdiendo nuestra mano de obra y comprando caro lo fabricado afuera y, algunas veces, con nuestra propia materia prima. En un país como la República Argentina, que tenía entonces más o menos cinco millones de habitantes en el campo y el resto en las ciudades y pueblos, era imperativa la industrialización. Porque, en el fondo, nuestro problema no es que nos gusta ser industriales; son las necesidades las que lo imponen. Si nosotros no industrializábamos el país, millones de habitantes que vivían en los pueblos y ciudades estaban pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Ellos eran los que pagaban todo. Recuerdo que en ese entonces me contaba un galés, de esos que tenemos en el Chubut, que en su pueblo había un reloj con cuatro caras, que giraba y que a cada cuarto del día aparecía una figura. Primero aparecía el pastor, y decía: «Yo cuido vuestras almas». Giraba otras seis horas y aparecía el abogado, que decía: «Yo cuido vuestros derechos».
Giraba otras seis horas más y aparecía el gobernante, diciendo: «Yo gobierno para una vida ordenada». Y daba otra vuelta y aparecía el agricultor, que decía: «Yo soy el que pago a los otros tres». Esto era lo que ocurría en esa época en la República Argentina. Si no se hubiera producido el desarrollo industrial, se podía seguir pensando que el agro argentino estaba sosteniendo al resto del país. De manera que la industrialización se imponía por una razón demográfica más que de ninguna otra naturaleza. No podíamos seguir en ese desequilibrio en la producción con respecto a la demografía nacional. Eso impuso necesariamente la industrialización. Desde entonces hasta ahora, la industria argentina se ha desarrollado suficientemente, y los pueblos y ciudades pueden sostenerse con su propio trabajo, sin estar pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Es decir, el país, en medio de toda su desorganización, tiene en estos momentos un equilibrio entre el campo y la ciudad que es indispensable para los países en desarrollo. Frente a esto, nosotros pensamos que el mundo actual está desalentando el desarrollo tecnológico. Lo está desalentando porque con eso se están destruyendo las fuentes naturales de subsistencia de la Tierra, especialmente materia prima y comida. Nosotros constituimos una de esas grandes reservas; ellos, Europa, son los ricos del pasado. Si sabemos proceder, seremos nosotros los ricos del futuro, porque tenemos lo esencial en nuestras reservas, mientras que ellos han consumido las suyas hasta agotarlas totalmente. Frente a este cuadro, y desarrollados en lo necesario tecnológicamente, debemos dedicarnos a la gran producción de granos y de proteínas, que es de lo que más está hambriento el mundo actual.
En este empeño, que ha sido siempre nuestra orientación política, el 18 de noviembre de 1972 pensamos que podíamos llegar al gobierno y establecer un pacto con todas las fuerzas políticas, superando esas diferencias que el país había heredado. Hablo muchas veces de una comunidad organizada. Hablemos de una comunidad organizada no sólo en lo político, sino sobre las grandes fuerzas de la producción y del progreso, que es el único desarrollo al que debemos aspirar.
Por eso hicimos el pacto político que anuló, diremos así, las controversias políticas; que poco después, el 7 de diciembre, hizo posible una inteligencia a base de coincidencias mínimas, la que dio lugar, desde el 25 de mayo en adelante, a aspirar a esa comunidad organizada que comienza con el primer pacto entre los empresarios, los trabajadores y el Estado, que a su vez hizo posible un equilibrio más estable en la permanente lucha que se libra por los beneficios, ya que nadie trabaja con fines de beneficencia, sino de legítimo provecho. Después de eso, hemos seguido trabajando para crear una comunidad organizada sobre la fuerza constructiva, no en la destructiva, como pudo haber sido en otro tiempo. El acuerdo de ustedes o del agro con el Estado y con el resto de las fuerzas económicas completa este cuadro y completa esta comunidad organizada por la cual nosotros hemos venido luchando y con la que hemos soñado muchos años. Esta es la verdadera organización porque es la constructiva, porque es la productiva, la permanente, ya que los hombres no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. Pongámonos de acuerdo y unamos esos intereses, y la amistad podrá ser más permanente de lo que nosotros mismos soñamos. Nuestra política, desde hace ya treinta años, se ha fundado, precisamente, en un equilibrio entre las fuerzas de la producción y, dentro de ellas, en un equilibrio entre los empresarios y los trabajadores. Este equilibrio, hasta 1955, fue de 47% de beneficio para el trabajador, y el resto del beneficio, para el capital o la empresa. En este momento, esos índices han variado: hemos caído en los beneficios de los trabajadores a 33% y el resto es provecho empresarial. Tenemos que restablecer el equilibrio. Algunos creen que se pueden enriquecer haciendo economías y suprimiendo el consumo. No, ése no es el camino. El camino es contar con una masa popular con alto poder adquisitivo, que aumente el consumo. El agro argentino está explotado en un bajo porcentaje; esos índices pueden aumentar setenta veces. Pongámonos en la empresa de realizarlo. Para eso necesitamos que se cumplan dos circunstancias. Primera, desarrollar una tecnología suficiente para sacarle a la tierra todo el producto que ella pueda dar, sin tener tierras desocupadas o cotos de caza, como todavía existen en la República Argentina. Ese es un lujo que no puede darse ya ningún país en el mundo. Segunda, utilicemos esa tierra para la producción ganadera. La República Argentina tiene 58 o 60 millones de vacas, cuando podría tener doscientos millones; y ovejas, en la misma proporción. Pongámonos a cumplir esos programas. Todos esos acuerdos, si el gobierno y las fuerzas de la producción trabajan unidos y organizados, podrán alcanzar irremisiblemente esos objetivos. Los planes que ha esbozado el Ministerio de Economía tienen esa aspiración. Cada uno de ustedes tiene una misión que cumplir. Cada argentino, en la ciudad o en el campo, tendrá una misión que realizar; el trabajo nuestro está en crear esos objetivos e impartir esa misión, para que un pueblo organizado y decidido la realice. Entonces, no tendremos nada de qué arrepentirnos en el futuro. Tales deben ser nuestros objetivos y nuestras esperanzas. Esperanzas que ustedes tienen que realizar en el sector agropecuario y que otros realizarán en otros sectores, tratando de que lo negativo sea lo mínimo. El sector bancario también tiene en el agro una función que nosotros le habíamos asignado con preferencia ya en el segundo gobierno justicialista. El agro debe estar dotado de suficiente crédito para poder trabajar.
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