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El canciller de nuevo sorprende evocando a Neruda, Pablo, a sus cien años, y se ha sumado a la universal enciclopedia ditirámbica del chileno con una carilla y media en la revista «Proa». Algo así como la solapa apresurada de un libro, una reseña de periódico provincial o la desgrabación de sus propias o eventuales palabras en una noche de insomnio con amigos. Ni una idea, una crítica o una revisión, menos un hallazgo. Hasta se permite el arrojo de confesar su recuerdo escrito como «anárquico y despreocupado», definición inequívoca para revelar que la casi colaboración firmada fue un pasatiempo. Quizá, con razón: el aeda trasandino no merece mucho más. Pero, lo curioso, es que para Bielsa -también lo confiesa con alambicadas expresiones--, Neruda era un poeta importante. Cultura de Cancillería, también en esta ocasión, la misma que talla esos versos para púberes soñadores o militantes advenedizos de la izquierda en adornos de yeso a colgar en las paredes de la cocina. Extraño en Bielsa este concepto, ya que parecía exhibir debilidades más santas a la hora de tratar el lenguaje.
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