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20 de agosto 2002 - 00:00

No convence De la Sota por TV

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Es cierto que los candidatos disimulan en sus mensajes ciertas definiciones que pueden dividir al electorado o, tal vez, sean controvertibles. Para no convertirse en «piantavotos» de sí mismos, repiten obviedades, casi aburren con promesas implícitas. Todos querrán ir a Mar del Plata, ninguno dirá que el camino es la Ruta 2. No corren riesgos y entonces proponen señuelos para mejorar exportaciones, nivel de vida, integración al mundo o liquidar desocupados sin precisar métodos o herramientas. Destino común de los postulantes, el cordobés no se salió del molde, a pesar de que por irrumpir último en la competencia uno sospechaba otra actitud.

Tampoco siquiera estuvo oportuno, más bien se aferró a un instructivo previo. En el programa de Mariano Grondona, donde todos se preocupaban por la inseguridad -al extremo de que los periodistas «progre» hasta le pedían consejos a Aldo Rico y no lo trataban con desprecio como es costumbre-, cuando le pasaron la posta al cordobés, éste cambió de tema. No estaba en su modelo de disertación. Peor aún: mencionó los tres problemas que presuntamente aquejan a la sociedad e ignoró entre ellos el de la violencia y el terror que asuelan las calles. Imperdonable, como el error de confundir «produjeron» por «producieron» (dos veces reiteró esa falla) o la venta imaginaria de su mandato en Córdoba -»la provincia está muy bien»- cuando es público que su gestión se encuentra más devaluada que el peso (aunque tal vez no sólo por su responsabilidad).
Eso sí: evitó toda referencia a Eduardo Duhalde, tampoco le preguntaron, de modo que esquivó la certeza de que es el candidato oficial, el «Ezequiel Martínez» de turno.

Como si fuera clonado por una agencia de publicidad -estuvo dos días en Brasil haciendo la «colimba» en los estudios de Duda Mendonçacon la obligación de repetir eslóganes, sin espontaneidad, De la Sota incurrió además en la tontería de sonreír siempre, hasta la irritación, forzadamente, como si se tratara de un programa de humor. Intento fútil por quedar bien con público y dóciles inquisidores que anticipaban una faena en un ring y derivaron por lo complaciente en una fiesta de cumpleaños (tuvo un trato que no mere-cieron otros candidatos, caso Carlos Menem). Esa actitud de perpetua y obligada simpatía, artificial, no convence, como ya ocurrió con el discurso de Duhalde en su intento contra Fernando de la Rúa, obra del mismo mentor paulista; tampoco su falta de respuesta a lo hundido que se encuentra en los sondeos, una evidencia que conviene enfrentar hasta que un sociólogo amigo y de nota promueva otro tipo de encuestas. Entonces, intrascendente y hasta perjudicial su participación, atribuible al sometimiento a pautas de promoción más que a su propia personalidad: sería espantoso que concluya en la pelea sin reconocerse en el espejo.

Tal vez cambie si pretende un rol serio en la campaña, del mismo modo que Elisa Carrió también -si aspira a figurar en escalones más apreciables-habrá de modificar esa actitud que manifiesta en las últimas apariciones televisivas: se la advierte más gru-ñona que de costumbre, con el defecto de gritar a su interlocutor (amigo, por otra parte) como se supone que eran las directoras de escuela antes de Benjamin Spock. De persistir, se parecerá más a aquella oficial nazi de «Pascualino siete bellezas» -inolvidable versión de Lina Wertmuller-que a una mujer con carácter. Un poco de dulzura no le vendría mal a la candidata del ARI, lo mismo que a De la Sota le sentaría más ser fiel a sí mismo y no a la caricatura que algún publicista pretende de él.

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