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Fue, quizá, lo más divertido del encuentro, ameno y cordial por la disposición de las dos partes, las cuales no se molestaron con la insolencia del visitante, quien preguntó por lo que ocurre con la Corte Suprema local (como si Néstor Kirchner se fuera a preocupar por los dos reemplazos que hoy, a brazo partido, se disputan los lobbies en el máximo tribunal de los Estados Unidos). La pregunta de Powell, típica quizá de los tiempos de «relaciones carnales», fue contestada por el mandatario argentino, de acuerdo con «la calidad institucional» que él pretende para su gobierno: todo constitucional, con pleno funcionamiento de las instituciones. Inclusive, hasta arriesgó que si se produce un cambio o más en la Corte no serán teñidos por cuestiones partidarias o políticas. Más bien demostró disposición, en ese rubro, para autolimitarse en sus poderes. Pareció encantado el extranjero con la respuesta.
Compartieron también la misma sensibilidad frente al problema del terrorismo, aunque, para ser justos, no avanzaron en ningún tema en particular. No se habló de Brasil, aunque Powell insinuó que su país no es celoso de que otros tengan buenas relaciones y, por supuesto, acordaron en mantener la vigencia para el viaje de Kirchner a Washington para entrevistarse con George W. Bush. Hablaron de la deuda; el argentino dijo que quería pagar, pero que demandaría comprensión por los problemas sociales que enfrenta. «No quiero un arreglo temporario, algo que sirva para hoy y explote dentro de unos meses.» El extranjero, otra vez, pareció encantado con esa visión.
Hubo amabilidades para José Octavio Bordón -»cuando él hable, lo hará por nuestro gobierno, no habrá problemas de teléfonos desconectados»-, y Kirchner demostró más interés que el esperado por la cuestión del ALCA (tema que apareció por el último acuerdo con Chile). Hasta en eso pareció sorprendido el visitante, también encantado con esta visión.
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