La ratificación del obispo castrense Antonio Baseotto sorprendió el miércoles cuando se hizo pública, aunque ya lo sabían altos funcionarios del gobierno desde el lunes y lo mantuvieron comprensiblemente callado porque era un revés al proyecto oficial de desplazarlo del cargo. Tampoco lo sabían altos integrantes del Episcopado, la mayoría enrolados en una línea moderada frente a los planteos de Baseotto, claro que en cuestión de estilo,no de doctrina que es algo en lo cual coinciden todos. ¿Por qué se sorprendieron? Porque Baseotto logró apoyos directos del Vaticano, en particular del influyente Angelo Sodano (secretario de Estado), que se sintió forzado a ratificarlo en el cargo por algo que recién se conoce en estas horas: molestó en Roma que el gobierno argentino hiciera mofa del pedido de disculpas del obispo castrense por tardío. Para la doctrina católica nunca un arrepentimiento es nimio, menos puede ser tardío; el corazón debe estar siempre abierto al perdón. Esta querella registra también tramas colaterales, como el libro anti-Iglesia del cronista oficial Horacio Verbitsky o la exposición de Rafael Bielsa en el Senado. El canciller, el mismo miércoles cuando Roma confirmaba en el cargo a Baseotto, les decía a los senadores que iba a ser desplazado.
Hasta ahora, la administración nacional (Néstor Kirchner) conserva institucionalmente los preceptos constitucionales contrarios al aborto como los heredó de Carlos Menem, cuyo mentor principal fue el jurista Rodolfo Barra. El ministro de las «tres G», por iniciales de su nombre y de sus apellidos, expuso otra posición por su cuenta -es de imaginar que actuó con algún tipo de aval- y, como recibió una inoportuna respuesta del vicario castrense, obligó a que el Presidente ingresara en el movedizo terreno que más le place para replicar, como de costumbre, extemporáneamente. Este hecho, al margen de las instantáneas calientes, gratificó sin duda la propia estima de Ginés González García, quien siempre se ha quejado porque el número uno santacruceño ni siquiera lo llama por teléfono.
Habrá que recordar que el prelado y vicario castrense Antonio Baseotto, al responder al ministro por sus expresiones a favor del aborto, directamente dijo que «se lo debía tirar al mar», amparándose en una cita del Evangelio que la mayor parte de la gente entendió con otro sentido (justo cuando en Madrid juzgaban y pedían 9.000 años de prisión a Antonio Scilingo por arrojar gente al mar). Apostó triple el mandatario en la ocasión y le exigió a la Iglesia que separara a Baseotto -quien estaba a punto de jubilarse-, despido que obviamente no ocurrió. Al contrario, fue ratificado por el Vaticano, aunque el sacerdote cuestionado ya no suelta más su lengua medieval.
Si hubo un artífice en la moderación de la reyerta, ése fue monseñor Jorge Bergoglio. Alinea a los obispos para que en todo el país se manifiesten contra el aborto, reafirmando un principio, y al mismo tiempo evita que en esos mensajes surjan agravios personales o altisonantes contra González García o el gobierno. Algo parecido a lo que el Vaticano hizo en España: designó a un obispo conciliador (Ricardo Blázquez) en lugar de otro más radicalizado (Antonio Rouco Varela) como titular de la Conferencia Episcopal Española y enlace entre las partes, suponiendo que esa elección morigerará la irritante tensión bilateral.
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