Si no fuera por la gravedad del caso, sólo el doméstico humor de los argentinos podría entender la situación. Porque a la dramática tensión entre Irán y el gobierno argentino también se añadió un episodio de republiqueta: al encargado de negocios de ese país islámico, al parecer, le quisieron colocar un micrófono en el auto. Todo indica que una mucama descubrió a los inteligentes en esa tarea y los corrió a escobazos. Nadie sabe de dónde proviene tanta elementalidad de espía, si el autor intelectual es un organismo extranjero u otro local. Pero si abundan los problemas para traducir los textos que vía diplomática vienen desde Irán, habrá que imaginarse lo complejo que será -sobre todo, para esos operarios chambones que tratan de colocar micrófonos en los autos- descifrar las conversaciones en ese idioma.
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