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En efecto, Kirchner logró imponer la tesis de que su figura tiene un apoyo arrollador, casi inédito: no hay encuesta que no le conceda alrededor de 70% de las simpatías. Con un detalle más, que es el atractivo que ejerce sobre los encuestadores, ya que todos le dan los mismos números, es decir, consigue una unanimidad también inédita.
Este respaldo de la opinión pública es gaseoso, intangible. Kirchner lo aprovechó hasta ahora para su operación predilecta: exhibir una relación con «la gente» no mediada por la dirigencia política, esa trama de punteros, sindicalistas, legisladores, que consiguen poco en las encuestas en las que se regodea el Presidente.
Alentado por Felipe Solá más que por Eduardo Duhalde, el Presidente aceptó que el aparato del conurbano se movilice en su favor. Algunos de sus asesores de imagen cree que fue un error hacerlo: ahora esa ola poderosa pero invisible de adhesiones quedará traducida en metros cuadrados de plaza cubierta. ¿Cuántos adherentes habrá? ¿10.000, 20.000, 30.000? Son preguntas mezquinas para alguien que se presenta habitualmente como «pasión de multitudes».
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