25 de agosto 2003 - 00:00

Reclaman licencia del actual jefe por rechazo en las urnas

Mauricio Macri esperó que el cómputo oficial perfile un triunfo irreversible para salir a marcar -o intentar hacerlo- el ritmo electoral del ballottage, al autoproclamarse como un candidato que busca «unir, no dividir» y arrinconar a Aníbal Ibarra pidiendo que tome licencia a su cargo.

Cauto y distendido, Macri se presentó ante las cámaras de TV pasadas las 22 cuando los datos difundidos por el Ministerio del Interior le consolidaban como ganador de la primera vuelta con una diferencia de varios puntos, sobre Ibarra.

Con discurso leído y tono moderado, Macri apareció junto a Horacio Rodríguez Larreta (h) -su compañero de fórmula- para pedir que Ibarra termine con la táctica del agravio. «Tenemos que aprender a vivir en la diferencia, a respetar a los que no piensan como nosotros», pidió en una referencia inevitable a Daniel Scioli y la crisis que estalló en el gobierno la última semana.

Al mismo tiempo, le exigió a su competidor que tome licencia a su cargo hasta el turno del 14 de setiembre. «Le pido que tenga la prudencia, al menos durante la segunda vuelta, de pedir licencia al cargo de jefe de Gobierno» dijo el candidato.

Y levantó la apuesta. «Le reclamo que abandone el agravio como método de campaña», dijo y agregó: « Quiero que se anime a hacer una elección sin el aparato y la plata de los vecinos de Buenos Aires, que él administra desde el gobierno».

Reforzando esa línea, le agradeció además a sus votantes la «confianza» por no creer las acusaciones en su contra y cuestionó al frentista de hacer «campaña con el temor».

«Preferí no responder agravios porque mi idea de una nueva política no puede dar cabida al discurso del odio y la mentira»
, afirmó y pidió apoyo para la segunda vuelta.

En ese clima, el macrismo empezó a construir anoche la
ilusión de la victoria definitiva. En ese diseño, que semeja un rompecabezas, conviven desordenadas algunas pocas certezas -lo son, al menos, para los macristas- con una serie de presunciones y deseos.

La esperanza de
Macri se sustenta en lo que, anoche en su comando de campaña, definían como el peor traspié de Ibarra de cara al ballottage: fracasó -dijeron- la pretensión de instalar como eje de la elección que «Macri era Menem y que Ibarra era Kirchner».

Aunque con moderado optimismo, los voceros de Compromiso para el Cambio salieron como un ejército a reforzar ese dato para explicar por qué, según su óptica, el resultado de ayer precipitará un triunfo de su candidato en la segunda vuelta prevista para el 14 de setiembre.

Por turnos, el vice de
Macri, Rodríguez Larreta (h), Jorge Vanossi, Jorge Argüello, Diego Santilli y Jorge Enríquez, entre otros, se dedicaron a potenciar esa tendencia basada en los siguientes elementos:

• A Ibarra no lo votaron 7 de cada 10 porteños porque, según dijeron los macristas,
«no compraron la historia que quiso vender» el frentista respecto de que en la elección porteña se enfrentaban Macri, como un delegado del menemismo, contra Ibarra, como representante de Néstor Kirchner. «Los porteños votaron con autonomía y mirando a la gestión», repitieron los voceros del macrismo que aportaron otras dos impresiones: en la presidencial, 84% de los porteños votaron contra Carlos Menem pero a Macri lo votó casi 40%, mientras Kirchner tiene una imagen positiva superior a 70% pero a Ibarra lo votó menos de 35%.

• A partir de eso daban por cierto que en la elección de ayer
Ibarra casi «tocó» su techo electoral -alguien la comparó con la primera vuelta de Menem- y que le resultará «muy difícil sumar nuevos votos». En el comando se especuló con que la orientación del voto fue en función de la evaluación de la gestión de gobierno no a partir de lo figura de cada candidato. Es decir, fue un castigo que Ibarra -siempre según la visión del macrismo- no podría revertir. En la misma dirección, advertían que «fracasó» su táctica de ataque personal. «No tiene nada más con qué atacar a Mauricio», decía ayer el riverplatense y peronista Santilli.

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