2 de septiembre 2003 - 00:00

Siempre nuestros presidentes aspiran a ser el Big Bang de un nuevo universo político nacional

Ayer, lunes, se han cumplido los 100 primeros días de la gestión del nuevo presidente Dr. Néstor Kirchner. Se han conocido en medios, minuciosos detalles de medidas adoptadas y hechos acontecidos. Creemos que el lector de un diario como Ambito Financiero prefiere que se las enumeremos con la opinión de sus principales periodistas en consulta, en varios casos, con representantes de las fuerzas vivas de la comunidad aunque, por supuesto, nunca se alcanza unanimidad. La principal conclusión es que es tan compleja la personalidad del primer magistrado, tan llenas de acechanzas están las perspectivas -a riesgo tanto de alarmar como de exagerar- y tan poco el acceso al Dr. Kirchner -de cualquiera, no sólo de periodistas- que seguramente se necesitará mucho tiempo más para opinar con seguridad, aunque se avecinan acontecimientos que obligarán a algunas definiciones que permitan conocer más a la población. Hoy por hoy, la impresión -que crea mucho temor a gente moderada- es que el Presidente no quiere hablar mucho para no alertar sobre algún propósito terrible que sólo podrá desnudar cuando tenga otra base de sustento. Por lo mismo se puede pensar que sea al revés: si se muestra moderado, se puede comprar el problema que tiene Lula Da Silva en Brasil con los ultras. También, en definitiva, puede querer abrirse recién cuando tenga más definido el panorama político nacional, al menos en octubre o más hacia fin de año. Debemos analizar lo que hay hoy.

Siempre nuestros presidentes aspiran a ser el Big Bang de un nuevo universo político nacional
Muchos expertos en temas políticos dicen que lo que un nuevo presidente de la Nación no hace en los primeros 100 días de gestión le costará años encararlo después. Es un principio, en realidad, para pueblos emergentes y tiene su razón: en las naciones grandes de Occidente una simple rotación de presidentes o primeros ministros -aun con un cambio en el partido gobernante- produce sólo expectativas nuevas pero no temores, ni convulsiones en lo económico-social. En ellos no surgen temores porque poco y nada se altera en la continuidad administrativa. En consecuencia son cambios de mando y/o de partidos con madurez política y tradición democrática arraigada.

Todo lo contrario de nuestros pueblos subdesarrollados, donde un cambio presidencial es un albur. No se sabe con qué ideas se gana la elección, qué se respetará -generalmente nada- del antecesor o si tambalearán las instituciones, agravado todo porque no tenemos administraciones públicas de carrera sino politizadas. Los que ingresan, en casi todos los niveles, no saben pero dominan. Los anteriores aprendieron, pero son desplazados y pasan a «ñoquis».

Carlos Menem entró en 1989 con imagen de ir a un peronismo cavernario y retrógrado con fuerte estatismo. Resultó todo lo contrario. Néstor Kirchner entró en la Presidencia con algunas ideas nacionalistas estatizantes y es todavía un enigma saber hacia dónde quiere llevar al país. Raúl Alfonsín, Carlos Menem, los militares, llegaron al poder con la idea y la ambición expuestas de un «nuevo proyecto de país». Más todavía: con la idea bastante mesiánica de crear un «nuevo movimiento político histórico» que generalmente se basa en su propia continuidad. Hasta se creen capaces de crear desde un pequeño país sudamericano formas nuevas de gobernar cuando el mundo -después de probar 75 años de marxismo hasta la caída del Muro de Berlín- llegó a la conclusión de que no hay otra forma de gobernar un país, en democracia desde ya, que no sea con capitalismo social de mercado o capitalismo salvaje, por un lado, y por el otro con un socialismo moderado democrático o una dictadura marxista. Los países en serio se alternan en las dos formas moderadas, el capitalismo con respeto social desde el centroderecha o el socialismo también moderado y desde ya democrático desde el centroizquierda.

• Alternancia

La historia moderna de la evolución de las sociedades deja otras conclusiones: esas dos formas se alternan porque el capitalismo social con resguardos del Estado debe acumular riqueza hasta exagerar, lo cual hará que el voto mayoritario de la gente haga cambiar la posta en favor de quien insiste en repartir. Lo hará hasta exagerar también y naturalmente sobrevendrá el cambio para acumular de nuevo.

El permanente intento de los argentinos, sobre todo en los últimos 30 años, es alcanzar el invento mundial de repartir antes de acumular. Como querer leña en invierno sin recogerla en el verano. Néstor Kirchner no escapa a esto, pero con enfoque distinto a Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde. El único que lo logró fue Carlos Menem porque descubrió las «joyas de la abuela»: vendió las empresas públicas, pésimamente administradas, deficitarias, pero valiosas. No necesitó así ahorrar y casi duplicó el gasto público, además de incrementar el endeudamiento externo para cubrir la no limitación del gasto. Este presidente no ha sido irresponsable en el gasto, es cierto, ha cumplido la meta de superávit prevista (2,5% del PBI) y si se llevan gastados más de 15.000 millones de pesos en el año fue dentro de lo recaudado -elogiable esto desde ya- pero sin pagarles a los acreedores ni renovando el desgaste de los bienes productivos. Por eso enfrentamos el mismo problema tradicional argentino, nada más que ahora, quizá, mirado con ojos izquierdos.

Estos 100 días entonces no han clarificado hacia dónde va la Argentina. ¿Repartir lo que no tenemos luego de cuatro años seguidos de recesión y dos de crisis? ¿Descolgarse del mundo, repudiarlo y asentarse quizá, aunque no esté definido, en formas extremas de socialismo con posturas hegemónicas.

Carlos Marx soñaba con mil años de dictadura del proletariado, hasta terminar con el Estado y formas sanas de producción. Duró apenas 75 en dos quintas partes del mundo. También aspiraba a mil años Adolf Hitler para su creación del Tercer Reich. Duró 12.

Nosotros, desde el subdesarrollo, aspiramos a tener «objetivos y no plazos» (general Onganía en el golpe de 1966). Duró 4 años.

• Conclusión


Veamos una síntesis de qué hizo el gobierno de Néstor Kirchner en estos primeros 100 días con una conclusión principal que emerge por todos lados: ni la sociedad argentina ni el exterior saben hacia dónde vamos, cómo saldremos de la encrucijada, con cuánta dureza, en cuánto tiempo. No sabemos tampoco cuántos meses -o años- seguiremos manteniendo la ilusión de «podría ser peor» si está sustentada en «precios máximos» (tarifas), «congelamientos» (salarios), retraso tecnológico, descapitalización de empresas, «ganancias» de balances por inflación y burla a los acreedores.

Todas estas dudas se disimulan con eufemismos. «El gobierno no tiene plan económico» o el temor a un vuelco al castrismo llamándolo «ideologización». Es, en definitiva, no haber decidido cuál de las cuatro formas de gobiernos posibles vamos a adoptar. El día que se lo resuelva se sabe casi en el acto cuál es el «plan económico» porque no es secreto saber qué tipo de medidas requieren y qué significará políticamente.

No sincerarnos y fundamentalmente no optar ya por un camino -que nunca significa drasticidad ni injusticias sectoriales- hizo que no surja optimismo de estos 100 días cuando lo extenso de la crisis está indicando la necesidad de que no derrochemos más el tiempo, que nos definamos.

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