El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Con espíritu democrático, Lavagna no repara en sus auditorios, finalmente en todas partes concede el mismo mensaje alentador y, a la hora de buscar adhesiones, nunca se revisa el pelaje. Así habló en el Parque Norte del sindicalista Armando Cavalieri o, ayer, ante un grupo de presuntos jóvenes empresarios católicos. Si un día lo exoneran, no va a ser por falta de explicaciones.
Procede con sencillez el ministro: hace un discurso -a partir del «Tiempo de ideas y de acción» que él cree que vive el país- y luego responde preguntas de los asistentes. Casi como un consultor, como anteriores ministros (tipo Martínez de Hoz o Cavallo), un protagónico de la escena con actuaciones felices o no. En la víspera, frente a dirigentes de ACDE, tuvo aplausos al final y no pocos advirtieron que al referirse a su colaboración con Néstor Kirchner señaló las características circunstanciales de su función.
Lo más simpático del encuentro, sin embargo, fue un silencio ministerial, embarazoso como tantos silencios, pero que la audiencia apreció gentilmente. Fue cuando uno de los asistentes le preguntó, vía el asesor de Lavagna, cuáles eran las tres condiciones que hacían falta para que el país recuperara la confianza, la gente creyera en los bancos y volviera la inversión.
Dejá tu comentario