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17 de febrero 2005 - 00:00

Tras la utopía imposible, una meta inútil: 25 diputados más

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Eduardo Duhalde

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«Podés incluir todos los que quieras», le replicó uno de los gobernadores. «En nuestra provincia hay internas y, por lo tanto, si ganás hasta podés tener lista completa», añadió el mismo con zumbona ironía. Ese fue uno de los que no comulgan demasiado con Néstor Kirchner. Otros, en cambio, aceptan solicitudes (el manejo de la caja hace milagros en ese sentido) y negocian por ahora cantidad y luego nombres. Ayer, por ejemplo, se descontaba que el mandatario hablaría de esa cuestión con José Manuel de la Sota (al menos, así confiaban los allegados a la Casa Rosada, seguramente para disgusto del cordobés).



Esta presión del Presidente sobre los gobernadores justicialistas obedece, se cree, no sólo a la concesión de fondos a las provincias, sino al óptimo registro de Kirchner en la opinión pública. A nadie le conviene, desde el interior, en apariencia, enfrentar a ese poder central. Por lo menos, es lo que entiende Duhalde, quien se preocupa por organizar candidatos propios con más relieve que los que pueda sugerir el mandatario (ya optó por el empresario Francisco de Narváez y por el ex funcionario menemista y legislador Miguel Angel Toma), sabiendo de la aun más paupérrima cantera del santacruceño.



Y agregan: tanta influencia en los sondeos, sin embargo, no le alcanza para imponer su voluntad al electorado en dos distritos clave. Sucede que en Capital Federal, por efecto sin duda del derrumbe de Aníbal Ibarra como consecuencia de la tragedia de Cromañón, el kirchnerismo difícilmente pueda imponerse y hasta duda sobre el candidato a elegir frente a la ascendente Elisa Carrió y Mauricio Macri. Y en Buenos Aires, además de transar con Duhalde -algo que imaginaba todo el mundo, pero con lo que él no quería soñar-, la mayor decepción es percatarse de que Cristina Kirchner, su esposa, casi con seguridad no se presentará a la senaduría (a pesar de todos los carteles pegados por doquier y a las organizaciones que han operado generosamente en esa dirección). De postularla, ellos mismos razonan, la jugada implicaría un alto riesgo político por múltiples razones: podría no ganar en la interna del PJ bonaerense (siempre y cuando haya) y, aunque se pactara un acuerdo, la feligresía del duhaldismo nadie sabe cómo responde ante una candidata que no la representa. Es obvia la falta de entusiasmo partidario con ella y, además, la obediencia debida a veces no funciona con el aparato cuando se trata de elecciones legislativas. Por si no bastaran esos miedos, hay otros: no se distingue en las encuestas la posible reacción del electorado independiente, habituado a no concurrir a las urnas en ese distrito (el secreto de la continuidad del duhaldismo) y en apariencia para nada fascinado con la mujer del Presidente.

O sea que el avance electoral de Kirchner parece más que limitado en territorio (secreto del dominio en la política, véase el manual Duhalde) y su última jugada apunta a conseguir diputados que repitan su nombre como jefe. Como si él necesitara ese respaldo -el cual, como se sabe en el peronismo, siempre desaparece cuando empieza la tormenta: preguntarse por los menemistas de otrora-y resultara gratis malquistarse con los gobernadores, cuando hasta ahora el bloque de legisladores peronistas (se incluyen senadores) votaron siempre a pie juntillas todo lo que se le ocurrió a la Casa Rosada. Ni siquiera los propios de Kirchner cumplieron con tanta docilidad las órdenes; basta citar como ejemplos a Chiche Duhalde o a Carlos Ruckauf -no precisamente admirados en el oficialismo-, quienes soportaron esperas, humillaciones y votaron lo que se les pedía, aunque fuera con la nariz tapada.

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