4 de julio 2005 - 00:00

Un gran alivio

En años de periodismo nunca conocí personalmente al hoy secretario de medios, Enrique Albistur. Y sigo así. En dos años de Néstor Kirchner habremos tenido no más de tres diálogos telefónicos referidos a reclamos lógicos desde la prensa por su cargo y también por algo que a algunos (pocos periodistas) histeriza y me parece normal: que el funcionario tenga también el derecho a quejarse por la crítica de un medio -sobre su persona o sobre el gobierno que integra- por considerarla en su criterio injusta o errada. No nos sonrojemos como novatos ni creamos que en eso está la asechanza a la libertad de expresión. Sin embargo, la torpeza que había cometido Albistur al querellar a un editor -a quien me resisto llamar «periodista»- por una nota publicada en su medio me obligaba a odiarlo. Porque la nota no era creíble al rebalsar de intereses heridos en juego. Y porque en «Noticias» sólo son creíbles las páginas culturales.

Odiarlo devenía inevitablemente a tener que solidarizarme con Jorge Fontevecchia, alguien al que considero de los más carentes de derecho a quejarse por sus tropelías históricas. Pero, claro, si lo querellan para castigarlo debe ser apoyado en su derecho a la libertad de opinar, sin duda.

Fontevecchia es editor de medios sólo porque su correcto padre lo era. Si hubiera tenido fábrica de fideos el vástago sería fideero.

• Presiones

Una «querella» a cualquier prensa en condiciones democráticas y de respeto a los medios sólo puede ofender a quien tiene una ética deshilachada porque, en definitiva, se estaría negando un derecho del otro y confesando no poder probar la verdad de lo publicado. Albistur sabe que hoy no hay respeto a la prensa en la Argentina. Se la presiona, se la discrimina periodística y publicitariamente en varios casos, se le traba la información, se la agrede. Y hasta se trata de extinguirla con métodos mucho más sibilinos que la querella, por caso la actual ofensiva que se ordenó sobre los diarios y las revistas -los más odiados desde la Casa Rosada- ordenándole a la AFIP crear interpretaciones nuevas sobre los «colaboradores de prensa» y aplicándoles multas diez años hacia atrás con sumas cuantiosas (medio millón de dólares para arriba) para ahogarlos por lo económico.

Los funcionarios están, además, siempre más expuestos en cualquier país a la crítica severa como resguardo de las formas democráticas.

Convengamos también que, en esta época, editores y periodistas que no se hayan subordinado al gobierno o no sean progresistas tienen escasas garantías de imparcialidad en los estrados judiciales para enfrentar «querellas» porque hay claudicación de parte considerable de la Justicia ante el mismo gobierno actual. Baste pensar qué le pasaría a un hombre de prensa no oficialista que terminara su juicio en esta Corte Suprema.

En este contexto de la prensa en el país hasta alguien como Fontevecchia (h) puede ser víctima.

El editor de «Noticias» anduvo siempre a los empujones pero no en cuestión de ideas. Por ejemplo, hay que tener estómago y una visión muy particular sobre la ética y los valores que debe expresar el periodismo para hacerle una nota crítica al funcionario Albistur porque no le da plata en avisos -algo que está pésimo en el gobierno, desde ya- pero en su mismo medio dedicarle, recientemente, una nota loatoria de varias páginas a Horacio Verbitsky, que usó en el pasado otra plata, la de secuestrados por Montoneros, y apretó el detonador como «comandante Zalazar» de una bomba que mató a transeúntes inocentes.

Esa dicotomía fue siempre el «periodismo estilo Fontevecchia». Por ejemplo, mandarle a revisar para sus revistas los tachos de basura de famosos para descubrirles de su vida privada alguna jeringa. Es vanagloriarse de haber sido duro con «los gobiernos de Menem, De la Rúa, Duhalde», pero no agregar que no por convicciones sino por la incapacidad de no saber hacer otro periodismo que ser «opositor como sea».

Su modo histórico fue ir a pedirle a Carlos Menem que lo ayudara a refugiarse en la Embajada de Venezuela y luego buscar destrozarlo en su gestión no sobre hechos sino sobre intimidades. O publicar la fotografía de algún conocido cuando salía acompañado de su hotel. Usar el sacrificio de la vida de un fotógrafo audaz como José Luis Cabezas para buscar exorcizarse y decenas de bajezas más. Por caso halagar al
progresismo por miedo a que le derritan el maquillaje de muchas iniquidades pasadas, más aún cuando ahora Verbitsky buchonea desde los archivos de la SIDE.

Por esta ligereza de Albistur, descartada a tiempo, Fontevecchia (h) se creyó estos días « héroe de prensa», arrinconó a personajes con declaraciones obvias sobre libertad de expresión y hasta se comparó con Claudio Escribano, el hombre de «La Nación» que, haya cometido o no errores, siempre defendió ideas.

• Dinero

Aquí no se dio el caso de Matt Cooper y Judith Miller, los periodistas norteamericanos dispuestos a ir a prisión para defender a todos sus colegas del mundo en el derecho a preservar la fuente informativa. Se trató de un conflicto de dinero. Nueve páginas halagatorias a la Sra. Cristina Kirchner precedieron a la decisión de atacar, hace año y medio, al gobierno porque ese halago inicial no se tradujo en resultados económicos.

En mi caso particular mostró en su revista fotos pintadas para simular hematomas falsos de una mujer adjudicándome que la habría golpeado, algo tramado con su ex jefe de Redacción, Héctor D'Amico, que ahora escribe, en adhesión al ofendido por la querella, que «los medios y los periodistas defiendan no sólo su integridad profesional sino el derecho de los lectores y de las audiencias a exigir información no contaminada. Este es el verdadero desafío (!!!)»... Cuánta hipocresía.

Con «su estilo» el editor Fontevecchia ha vivido plagado de querellas, que en definitiva se les perdonaron. Tanto falseó que para no responder en Tribunales se inventó el cargo de «presidente» de la empresa y no de director. Tantas querellas no eran en su mayoría de funcionarios. Gerardo Sofovich le perdonó una. Yo le dejé prescribir otra y muchos más.

En este caso de Albistur hastase defendió mal, ensuciando a medios realmente independientes por no diferenciar entre unos y otros. Escribió que «gobiernosanteriores compraban medios y periodistas con plata negra». Hubiera tenido la valentía, aunque no sea su costumbre, de decir quién lo hizo.

Debió atreverse a expresar que Eduardo Duhalde compraba prensa con plata «blanca», por caso 75 millones de dólares obsequiados desde el sacrificado Banco de la Provincia de Buenos Aires a «Clarín», más leyes con su nombre. De la Rúa compraba progresistas con plata desde la SIDE. Menem le adjudicaba sin licitación a «Página/ 12» y a Héctor Magnetto ondas de baja frecuencia. Son los mismos que hoy siguen siendo privilegiados en dineros públicos con este nuevo gobierno.

• Alivio

No le podemos pedir a Fontevecchia que se atreva con esos nombres y ante esos hechos conocidos. No es «su estilo».

Debíamos ahora odiar al funcionario Enrique Albistur y solidarizarnos con Jorge Fontevecchia. Se dio marcha atrás y se levantó la querella penal. Ciertamente es un gran alivio.

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