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Dentro de lo despiadado de su dictadura de 44 años pueden elucubrarse algunos razonamientos que expliquen esta atroz decisión de Fidel Castro de ensangrentar más su tenebrosa trayectoria. Puede pensarse desde una enajenación mental por su edad a desafiar más a Estados Unidos para que actúe por la fuerza contra su régimen y le asegure una inmolación final con aspiraciones de gloria para una gestión marxista que él sabe insostenible más allá de lo que le reste de vida. Como marxista ilustrado conoció siempre los finales impiadosos de dictadores de su misma ideología, desde Stalin hasta Ceaucescu o Erich Honecker, que murió en Chile tras la caída del Muro de Berlín y perder el poder en la ex Ale-mania oriental.
O, por el contrario, busca Castro un refuerzo extremo para la posibilidad de que la dictadura de izquierda de Cuba -algo difícil-pueda intentar permanecer más allá de su propia muerte. En este caso les está diciendo algo a sus subalternos, con las detenciones y fusilamientos casi demenciales pocos días antes de que en la ONU se lo vaya a juzgar una vez más anualmente. El mensaje sería: «Volver al comienzo de nuestra revolución cubana, a las fuentes». Eso es a la época cuando no se titubeaba en sacrificar a cualquiera, desde uno de los principales colaboradores en la toma de Cuba, como el comandante Huber Mattos, a miles de otros que hizo pudrir en la cárcel o directamente fusilar. Algo que alguna vez «fue consolidar la revolución» hoy es simplemente carnicería humana.
Quizás esto de matar siempre, aterrorizar siempre, negar la libertad siempre, sea la propuesta no ya sólo para cubanos sino también para latinoamericanos como única forma posible de hacer subsistir a un régimen comunista en un mundo que ha negado al marxismo y lo ha relegado a nivel de escasas excepciones a la democracia.
Tiene que haber, entonces, un mensaje más trascendente en este gesto sangriento de Fidel Castro de sólo forzar más la repulsa mundial para robustecer su frente interno de apoyo, cada vez más agrietado por el envejecimiento del dictador y por verse a lo lejos la tibia alborada de la libertad para Cuba.
Pero, sinceramente, nadie ve aquí una ganancia clara para Eduardo Duhalde acompañando a un dictador decrépito en una de las últimas carnicerías que la historia le permitirá.
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