ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

16 de febrero 2006 - 00:00

Uruguayo austero para gobernar con arrebatos

ver más
Jorge Batlle

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

No era este Batlle un simple vecino de la Argentina: su madre, porteña, nació en pleno centro, y él se casó con la hija de una familia afortunada de la industria textil, que se preocupó por satisfacer o fabricar cuanto capricho se le ocurriera a quien, en la década del 60, era el más brillante diputado oriental (redactor de la reforma constitucional que terminó con el sistema colegiado). También uno de los más impertinentes y vanidosos. Pero se postuló a presidente de la Nación demasiado pronto, en 1966, aunque erró por milímetros, cuando revolucionaba desde su Lista 15 a los propios colorados con una visión liberal, opuesta a cierto progresismo tradicional, y fastidiaba a los blancos, conservadores del Partido Nacional. Entre esas dos agrupaciones dominaban la escena política, la izquierda casi no existía en los cómputos electorales.

No llegó por demasiado temprano y, quizá si con cierto atraso, alcanzó el gobierno en 2000. Otra hubiera sido la historia si ganaba en 1966, antes de la guerrilla, de los incesantes desbordes económicos y de la dictadura militar, hecho extraordinario para un país que sólo sabía en su historia de un golpe (el de Gabriel Terra). Al menos, es lo que más de uno cree. Entonces, por problemas internos del partido y encaprichado por llevar a cuestas a Julio María Sanguinetti como su segundo, no arregló con ninguno de los «jóvenes turcos» de su padre (Zelmar Michelini, Manuel Flores Mora) ni con otros punteros tradicionales, por la ley de lemas perdió entre los colorados frente a un patético militar venido a político, Oscar Gestido, quien no soportó la importancia del cargo y murió en el ejercicio. Más que atento observador de la Argentina, se referenciaba en ella, quizás entendiendo la gestión económica de Adalbert Krieger Vasena, pero rechazando el hábito castrense de gobiernos antidemocráticos. Y, como más de un liberal, hasta tropezó con un episodio traumático de la economía: se lo acusó de «infidente» en una de las tantas devaluaciones de su país (con la cual, claro, ganan injustamente algunos sectores), estigma que arrastró por años y que hasta le impidió candidatearse cuando se zanjó el ciclo militar para dejarle el camino a su entonces álter ego, Sanguinetti.



También otra mujer en su vida, dama de una familia farmacéutica, casi pionera en Punta del Este.

Volvió con otra sociedad democrática, menos urbano, más de campaña, fue senador, parecía que el sino familiar de los presidentes no se cumpliría. Sin embargo, algo cansado, al fin de los noventa llegó al cargo, a otra dirección del Palacio de Gobierno de la que existía en 1966. Tanto había cambiado todo que enfrentó al Frente Amplio que entonces ni existía, venció en una reñida segunda vuelta al oncólogo Tabaré Vázquez que luego habría de sucederlo. Asumió en el año 2000. Mal momento aquél para el Uruguay con la baja de los precios relativos y el vendaval que sacudió a la Argentina con los desastres financieros («corralito», «corralón», superdevaluación). Pero, en comparación, él gobernó con gran austeridad en el gasto público. Capeó la crisis en la zozobrase recuerda el día que a Carrasco llegaron aviones de los Estados Unidos cargados de dinero para evitar una debacle por la corrida en los bancos, no cayó en los desatinos de Eduardo Duhalde y hasta preservó la institución presidencial, de la cual se retiró como dice la Constitución y dejando al país en crecimiento. El argentino López Murphy dice: «No embromen con los milagros de Lavagna. En Uruguay no tuvieron un Lavagna y crecieron 13% en un año». Fue mérito de este hombre que con las papeleras «se le escapó la tortuga» diría Diego Maradona.

En ese ciclo volvió a ocuparse de la Argentina, casi como un divorciado de la Argentina. Quizá por las consecuencias de lo que ocurría en Buenos Aires y sacudía económicamente a Montevideo, un día irritado se despachó como si no supiera que lo filmaban y grababan en un presunto off the record con la agencia «Bloomberg». Casi a los gritos, hizo una descripción del vecino país y de quienes lo ocupaban. «¿Sabe usted la magnitud y la dimensión de la corrupción en la Argentina, sabe cómo se manejan allí las cosas?» Si hasta tomó como modelo una frase del sindicalista Luis Barrionuevo: «Van a andar bien si dejan de robar un par de años». Por si no estaba claro su criterio, puntualizó: «La situación argentina es un problema de los argentinos, una manga de ladrones del primero al último».

Empezó por allí y siguió con los problemas del país con el FMI. «Los argentinos -afirmó- hablan contra el FMI, pero si alguien me viene a pedir plata, para prestársela le voy a exigir condiciones.» Y siguió con el mazazo: «Lo que ocurre, la tragedia de los argentinos, es que se la pasan hablando de quién es el culpable de no ayudarlos y no se dan cuenta de que tienen que ayudarse a sí mismos. El idioma que hablan ya no existe en el mundo». Por si había dudas sobre a quién le colgaba el sayo, agregó: « Duhalde no tiene fuerza política, no tiene respaldo, no sabe adónde va. Es un ciudadano que no sabe cuándo se va». Mientras, deslizaba preferencias, como las que reiteró siemprea favor de Carlos Menem (en rigor, sobre el sentido de su gobierno), a quien pronosticó equivocándose como futuro presidente argentino en Nueva York. El arrebato le costó el rencor de Kirchner. No sólo lo detestó sino que financió a uruguayos residentes en la Argentina a viajar gratis por Buquebús para votar y fueron decisivos para Tabaré.

Para peor, siguió la autoflagelación: se cruzó a Buenos Aires, lloró ante Duhalde, pidió perdón, invocó a su madre argentina tras habernos llamado «ladrones del primero al último». El bonaerense quedó más atónito que cuando había escuchado los agravios. El peor y más desesperado momento de Batlle en su gestión, un extravío psicológico, los dichos y las correcciones.

Y dejó, claro, la herencia de las papeleras, casi un atávico conflicto con Néstor Kirchner, con quien ni se saludaba.

Tabaré Vázquez de vez en vez cita a Batlle a su escritorio, hasta lo consulta.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias