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Para entender su estado hubo una asombrosa explicación del propio desencajado: «Yo escribí una novela este año, la llevé a Planeta, no me la quisieron publicar y el personaje principal se llama ' Valfierno', como el del premio. Tuve discusiones con el director editorial, Informate más
Allí, con una diplomacia acumulada por años, el contenido Guelar tuvo su pico de mayor desconcierto. «Pero señaló- mi novela se llama justamente 'El robo de la Gioconda', son más de 300 páginas». Si él no podía creerlo, menos los interlocutores: Con una duda que no podía salvar y que extendió sin dormir hasta el día siguiente, igual Guelar explicó su obra no publicada y en apariencia plagiada: «Miren, en 1911, tres italianos se robaron La Gioconda, luego los descubrieron y el cuadro se devolvió al Louvre unos años más tarde. Pero, en 1931, un periodista norteamericano (Hans
Se entendía en el grupo que el relato novelístico podía ser fascinante, más para los amantes de la política, pero se opacaba con espasmos la narración porque Guelar transmitía su estupor por la aparente copia y, de tanto pensar que le podían haber plagiado su texto, ya casi deseaba que esto hubiera ocurrido. Y así, atónito, se fue esa noche a su casa, a la vigilia de los ojos abiertos, aunque ése no es el Fernández en el que abrevan los escritores justicialistas.
Amaneció nublada la mañana, seguía nublado para Guelar. Cerca del mediodía, calmó su nervioso insomnio al hablar con
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