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Si lo medimos desde el punto de vista democrático, por lejos el método constitucional norteamericano es el más perfecto. No necesariamente el método argentino es malo aunque, desde ya, es mucho menos democrático porque resuelve un solo funcionario electo, el presidente de la Nación, contra centenares de legisladores de dos cámaras. No obstante, observemos también la distinta representatividad. Nuestro Congreso es hijo de las listas sábana. Detrás de una figura o de las siglas de un partido asumen como «legisladores electos» personas que el votante desconoce al concurrir a la urna. El titular del Poder Ejecutivo de alguna forma es electo por su persona, aunque sea por 22% en el caso de Néstor Kirchner, digitado por un político como Eduardo Duhalde y frente a una enorme abstención -como no sucedía desde la década de 1930-, con lo cual asumió representando a sólo 17 de cada cien argentinos.
El hecho de infiltrarse en una lista sábana -y no como en Estados Unidos, donde cada uno tiene que ganarse el voto ciudadano en su distrito, como el juez o el sheriff del condado-hace que los legisladores argentinos se sientan con menos responsabilidad. Esto los hace más propicios a coimas, como se observa en estos días, y también a votar con cierta irresponsabilidad porque se ampararán en «lo resuelto por el bloque». Contra uno y sus ministros que deciden desde el Poder Ejecutivo el veto a lo que no desean de la ley sancionada, se yergue un conjunto de pocos legisladores que con invocación a la «disciplina» -cuando no a las prebendastambién resuelven sobre el conjunto. Conclusión: son pocos contra también pocos.
¿Son justificados los tremendos vetos -casi sin precedentes en sanciones presupuestarias por su cantidaddispuestos por el presidente Kirchner?
Habría que saber qué hay detrás de la decisión. Puede ser que el Presidente, de inicio frente al nuevo Congreso, quiera marcar los límites. Es como si les dijera a los legisladores que asumieron el 10 de diciembre último sumándose a los que restan dos años:
Sería como una declaración de guerra de no agradable desarrollo para el país. Porque ante esas actitudes del Ejecutivo, si no hay armonía, los legisladores impondrían el «cajoneo» de propuestas del Ejecutivo. No olvidemos que hasta un pequeño monto de 7 millones de pesos que suelen repartir los legisladores (clubes sociales, asociaciones sin fines de lucro, etc.) lo vetó y lo distribuirá el Ejecutivo desde el gabinete a cargo de Alberto Fernández.
Esto último da la segunda perspectiva: que en su afán -ciertamente desmedido- de acumular poder Kirchner y sus ministros quieran el total dominio de las partidas del presupuesto nacional y que nadie tenga que agraceder nada a los legisladores. Esta segunda es la que parece más realista porque no suena como posible hoy en el país la tercera justificación: que el gobierno nacional a nivel de Ejecutivo necesite el dominio total de las partidas presupuestarias para efectuar el ajuste en el gasto público que le exigen desde el exterior para salir del default con los acreedores privados (bonistas) de todo el mundo.
Néstor Kirchner -como señala bien el empresario Guillermo Carracedo de Bunge y Born- está creído o lo han engañado en que lograr superávit fiscal en su gobierno es una hazaña que sólo se logró una vez en la década de Carlos Menem en los años '90. Deduce que destinar ese logro de superávit de 3% (2,5 del gobierno nacional y 0,5% de los presupuestos provinciales) es más que suficiente para pagar deuda externa por lo que costó conseguirlo.
Lo que ignora -o no le dicen- es algo tan simple como que comparar con el pasado no es posible
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