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18 de julio 2008 - 00:00

"¡Viva los intelectuales!" (*)

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No respaldo el punto de vista que sostiene que la política democrática debería considerarse como una 'interminable conversación' en la que cada interlocutor debería estar tratando constantemente de establecer relaciones dialógicas con el 'Otro.'» Esta declaración de principios pertenece a Chantal Mouffe, politóloga belga, autora de «En torno a lo político (2005)», obra que Cristina de Kirchner calificó como «un excelente libro», en la primera entrevista que concedió tras ser electa presidente de la Nación.

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Sería por lo tanto legítimo intentar una lectura en clave de Mouffe de la retórica extremista con la cual el matrimonio presidencial se dedicó a sabotear todas las iniciativas tendientes a destrabar el conflicto agropecuario. Esta politóloga sostiene en un libro anterior («La paradoja democrática», 2000) que Cristina -según confidencias- también conoce, que se debe aceptar que «el conflicto y la división son inherentes a la política y que no hay ningún lugar en el que pueda alcanzarse definitivamente una reconciliación en el sentido de una plenaactualización de la unidad del 'pueblo'».

El planteo de Mouffe apuntaa sostener la vigencia de la división entre izquierda y derecha -para muchos, herida de muerte tras el derrumbe de los socialismos «realmente existentes»- cada una portadora de valores opuestos y representante de sectores sociales con intereses irreconciliables. Algo así como una versión posmoderna y light de la lucha de clases, pues Mouffe aclara que en modo alguno propone «el total derrocamiento del capitalismo».

  • Ideas

  • En el reportaje mencionado, Cristina de Kirchner se enojaba porque no había leído «en letras de molde» que, quien critica las retenciones fuese definido como «de derecha».

    Para Chantal Mouffe, «una democracia que funcione correctamente exige el vibrante enfrentamiento de las posiciones políticas», mientras que «un excesivo énfasis en el consenso, conduce a la apatía y al distanciamiento».

    Por esta razón, explica, «el ideal de una democracia pluralista no puede consistir en alcanzar un consenso racional en la esfera pública. Ese consenso no puede existir. Tenemos que aceptar que todo consenso existe como resultado temporal de una hegemonía provisional».

    Esta lógica adversarial y esta negación del consenso llevaron al gobierno, en el marco del conflicto agropecuario, a una apuesta al todo o nada. Resultado: nada. Y eso, en el mejor de los casos. En realidad, si no pierde más es por la racionalidad de los otros actores pues el kirchnerismo insistió en esa línea suicida hasta el final. Kirchner llegó a decir: «Si perdíamos en Diputados, hoy no teníamos más a nuestra presidente». En el mismo sentido, Miguel Pichetto, jefe del bloque de senadores oficialistas, afirmó que era «inconcebible» que el vicepresidente votase en contra, «salvo que quieran empezar a liquidar al gobierno, herirlo de muerte».

    En el marco del conflicto agropecuario, un grupo de intelectuales amigos proveyó al oficialismo, a través de una Carta Abierta «En defensa de un gobierno democrático popular amenazado», de argumentos teóricos para justificar una absurda persistencia en el error. La torpeza de subrogar la gestión de Cristina a la validez de una resolución ministerial sobre el monto de un impuesto necesitaba ser revestida de categorías intelectuales para adquirir cierta racionalidad. De ese intento salieron conceptos como «clima destituyente» y «nueva derecha», pero en vano, ya que ni las más alambicadas argumentaciones alcanzaron para justificar, por ejemplo, las descalificaciones con las que la Presidente y su esposo azotaron los oídos de los argentinos en estos días demenciales: «golpistas», «oligarcas», « carapintadas», «avaros», « comandos civiles», «grupos de tareas»; el crescendo parecía no tener fin. ¿Se referían a eso los autores de la Carta Abierta cuando aludieron al « lenguaje más incivil del que se tenga memoria»?

    Pero esta técnica del insultose vincula con otro conceptomouffiano que es música para los oídos santacruceños. «La construcción de una nueva hegemonía implica (formar) una 'voluntad colectiva', un 'nosotros' de las fuerzas democráticas radicales. Esto puede realizarse sólo por la determinación de un 'ellos', el adversario que debe ser derrotado para hacer posible la nueva hegemonía».

    Desde que asumió, en mayo de 2003, Kirchner buscó paliar su debilidad de origen, de proyecto y de discurso a través de la elección de enemigos. En charla con los intelectuales amigos, definió a los dirigentes rurales como «enemigos, y es bueno que lo sean, esto nos dio fuerza; a la banda del desenlace vamos a tener que agradecerle que nos haya ayudado a despertar». Este vampirismo encuentra su fundamento teórico en otra sentencia de Mouffe: «Una identidad colectiva, un ' nosotros', no puede existir sin determinar quién está afuera».

    Considerando los resultados obtenidos hasta ahora, la tendencia kirchnerista a arrimarse al mundo intelectual debería estar mejor orientada. Por lo pronto, habría que cambiar el libro de cabecera. Tal vez el manual justicialista «Conducción Política» sea más adecuado, en particular los párrafos donde Perón explica que «el sectarismo es el primer enemigo de la conducción, porque la conducción es de sentido universalista, es amplia (.) El sectario se va cortando las manos solo».

    (*) Néstor Kirchner, Congreso, 15 de julio de 2008.

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