Extrañas sensaciones corroen en estos momentos las mentes de los altos funcionarios estadounidenses que se hallan realizando una gira por Brasil y, a partir de hoy, la Argentina. Los países que visitan están gobernados por administraciones que tienen una visión casi antinorteamericana, pero con el que mantienen una excelente relación con los Estados Unidos. Ese es el panorama que observaron en Brasilia y que, a lo mejor, ven en Buenos Aires. Ayer, Nicholas Burns, el número tres del Departamento de Estado, y Tom Shannon, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, fueron testigos de un amplio debate en Itamaraty y la prensa brasileña a partir de una declaraciones a «Veja» del ex embajador brasileño en Washington, Roberto Abdenur. Según sus dichos, el diplomático de carrera (ex secretario general en Itamaraty y embajador en Austria, Alemania y China), observó un giro «vagamente anticapitalista, antiglobalización, antinorteamericano, totalmente superado» en la diplomacia de su gobierno.
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A renglón seguido, el diplomático de carrera dijo que «el gobierno de Lula tiene un merecido respeto en el exterior por conciliar una política económica pragmática con políticas sociales efectivas y una política exterior seria». Tales contradicciones llevaron a Clovis Rossi, uno de los analistas más respetados de Brasil a preguntarse cómo se combinan estas dos miradas. Cómo mantener una visión antinorteamericana y al mismo tiempo decir que «la relación de Brasil con los Estados Unidos prosperó significativamente en los últimos años y que nunca estuvo tan bien». O lo que es casi lo mismo, aunque sea difícil de comprender: «¿Cómo es posible que una visión antinorteamericana conduzca a una relación con los Estados Unidos mejor que nunca»?
En la Argentina se da un debate parecido aunque sin las estridencias de los vecinos. Se entiende, en la Cancillería es casi imposible que se establezca esta clase de debates por dos razones: la primera, porque el Palacio San Martín nunca ha tenido tan poco peso en la mesa de las decisiones del presidente Néstor Kirchner. En todo caso, para hablar de política exterior, o lo que se entiende por ella, resulta más fructífero hacerlo con Cristina de Kirchner, Julio De Vido, Alberto Fernández o Claudio Uberti. Y la segunda razón es entendible si se tiene en cuenta el clima de desazón -y por qué no decir de temor- que reina en el alma de los diplomáticos de carrera, ¿qué debate se puede dar en una Cancillería donde sus dos funcionarios de carrera más importantes sólo aspiran a dejar sus puestos y se han comprometido a mantenerlos hasta octubre? Ayer mismo uno de ellos soñaba con irse al instante. Lo cierto es que para el «gran público» el discurso del gobierno de Kirchner es profundamente antinorteamericano. Lo ha expresado el propio Presidente en más de una tribuna (en una hasta predijo que le ganaba a Bush por «nocaut»). Ni hablar de las expresiones del ex funcionario y protegido piquetero, Luis D'Elía, algunos ministros, o sus aliados políticos. Estas cosas se murmuran mientras Nicholas Burns acaba de afirmar que viene a reforzar «la relación bilateral entre la Argentina y EE.UU.» que según él ha comenzado a mejorar. «Hemos logrado superar los problemas del pasado... creo que la relación está mucho mejor», dijo sin que nadie lo entendiera.
Por sobre los ruidos que se escuchan en las tribunas (o para las tribunas), debe establecerse:
«A los norteamericanos no les interesa recordar los incidentes de Mar del Plata», observó un hombre del Palacio San Martín. Para el funcionario Bush tiene hoy cuatro prioridades en su agenda: Irak, Irán, la aprobación del Presupuesto y la relación con un Parlamento en manos de la oposición. Es más, el ALCA perdió el impulso de otros tiempos, si se tiene en cuenta que los demócratas manejan ambas cámaras y hasta es difícil que se aprueben los acuerdos ya firmados con varios países latinoamericanos. Todo lo demás suena a «irrelevante», más en el caso de la Argentina.
«Es difícil tener más cooperación de la Argentina de la que tenemos hoy. Si hicieron todo», dijo a Ambito Financiero un diplomático de esa embajada. La respuesta no sería completa si no se preguntara, bajo el secreto del «off the record»: ¿Usted me está diciendo que han vuelto las «relaciones carnales»? Al diplomático extranjero no le gustó el término, pero aclara que, por ejemplo, la cooperación entre los servicios de inteligencia es mucho más eficaz que en el pasado. «¿O no es así?, ¿Por qué esconder que trabajamos juntos en la Triple Frontera?» Lo que no dijo el funcionario es que la Argentina ayuda en la Triple Frontera, y en el mundo. Esto es, que algunas «operaciones encubiertas» de los norteamericanos han sido realizadas con pasaportes argentinos, se dice. El alto nivel de colaboración llega también en la lucha contra el narcotráfico, en las aeroestaciones y el control de determinados puertos. Los norteamericanos controlan que el tráfico de estupefacientes que pasa por la Argentina no se encamina hacia los Estados Unidos. Lo único que queda pendiente son dos proyectos que están en el Parlamento sobre lavado de dinero y antiterrorismo (donde falta definir claramente el término «terrorismo»), cuestión cara a la administración argentina.
El momento especial también surgió cuando se trató el atentado de la AMIA. Al solicitar la captura a Interpol de 9 iraníes el juez federal, Rodolfo Canicoba Corral trazó una línea. Por primera vez un país acusó a Irán de «Estado terrorista». Un gesto que los Estados Unidos agradecieron, en privado, con espectacularidad. Horas más tarde de la presentación de credenciales del nuevo embajador Earl Anthony «Tony» Wayne, el segundo de la embajada, Michael Matera, explicó en la Cancillería argentina que el gesto sólo podía compararse con el envío de las naves al Golfo, cuando la «Operación Tormenta del Desierto» en la época de Carlos Menem. Claro, los tiempos cambian, lo que era bueno antes ahora no es conveniente. De los nueve ex altos funcionarios iraníes, dos no van a ser considerados por Interpol. Uno es el ex presidente de Irán Akbar Hashemi Bahramie Rafsanjani, el otro es el ex canciller Alí Fallahijan. El ex presidente iraní es ahora el jefe de la oposición porque ganó las últimas elecciones parlamentarias, y ahora es considerado por los Estados Unidos como un clérigo moderado. Esta cuestión y otras pocas seguramente fueron abordadas ayer a la tarde por funcionarios argentinos con Alberto González, secretario de Justicia de los Estados Unidos. Está claro que no van a tratar con el alto funcionario de Bush el tema de la carta que le envió el CELS. En la misiva, la organización le exige que condene la tortura. Se entiende, es conocido que González opinó, en una ocasión, que «la presión física» contra los prisioneros, condenada por el derecho humanitario, debe ser aplicable a los acusados de actos terroristas.
Otras fuentes americanas observaron una «sobreactuación» de parte del visitante Nicholas Burns. Entienden que la llegada del «halcón» embajador John Negroponte al segundo lugar en «Foggy Botton» (Departamento de Estado) ha desatado una interna. Los visitantes que llegan hoy a Buenos Aires necesitan demostrar a los sectores más « duros» que hay amigos en el continente. Muchos más de lo que parece aunque no lo demuestren. Es una manera de posicionarse con sus agendas. No saben si al final Condolezza Rice va a renunciar para integrar el binomio presidencial del partido Republicano y Negroponte se convierte en secretario de Estado. El espíritu podría ser similar a los mensajes que enviaba el ex embajador Lino Gutiérrez a Washington. Algo así como «todo está muy bien» y después no supo cómo explicar la serie de desplantes al que fue sometido George W. Bush en la Cumbre de Mar del Plata. · En estos días la primera dama argentina viajó a París en papel de eventual candidata a la presidencia de la Nación. El mes próximo lo hará a Medio Oriente y en abril efectuará su entrada en su nuevo papel en los Estados Unidos, asesorada en la intimidad por el cónsul argentino en Nueva York, Héctor Timerman. Mientras ella esté viajando a Egipto el mes próximo, Bush realizará una gira por América latina en la que no visitará la Argentina, pero sí tocará Uruguay, en medio del conflicto de las pasteras. Toda una señal. Para un país que dice tener mejores relaciones y alta cooperación con la Argentina suena confuso. La misma perplejidad de los observadores que se dedican a analizar los discursos de la tribuna kirchnerista. La misma equivocación que sufre el embajador «Tony» Wayne en las recepciones diplomáticas, cuando los asistentes se le acercan y saludan a la mujer que tiene a su lado como si fuera su esposa. Y no es su esposa, es su traductora bilingüe.
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