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Curioso: una isla solamente para mujeres en Camboya
Las mujeres de la isla camboyana de Koh Kor
Diferencia
Las mujeres de Koh Kor no están completamente aisladas de los hombres. Algunos fueron contratados para trabajar a su servicio en sus plantaciones con la condición de que abandonen la isla al final de la jornada, siempre antes de que anochezca. «No los necesitamos para más», bromean ellas, contestando con sarcasmo a quienes pensaron que no podrían arreglárselas sin hombres en una sociedad machista como la camboyana. Nham Mom y las demás han creado entre ellas un fuerte vínculo de camaradería que las lleva a trabajar juntas en el campo y a sentarse a hablar al atardecer bajo los porches de sus casas mientras sus hijos juegan alrededor. Es entonces cuando surgen las dudas y las preguntas. ¿Cómo mantener el paraíso intacto? ¿Qué ocurriría si alguna de las mujeres, la mayoría de ellas todavía joven, se enamora y desea casarse? ¿Qué pasará cuando los niños crezcan y se conviertan en hombres? ¿Qué ocurrirá cuando las hijas quieran casarse y traer a sus maridos?
Para solucionar todas las cuestiones de Koh Kor se creó un pequeño gobierno democrático. Se celebran periódicas elecciones para elegir un consejo de ministras formado por tres personas, que son las encargadas de resolver los problemas después de reuniones en las que se escuchan todas las opiniones y se vota a mano alzada. Sobre la primera de las cuestiones ya se tomó una decisión: la que desee casarse tendrá que abandonar la isla y en ningún caso se permitirá traer a hombres. Tampoco fue una decisión difícil. Cinco años después de haberse trasladado a Koh Kor, ninguna de las mujeres ha olvidado el trato que recibió en el pasado. «No queremos casarnos. Cuando vemos a un soldado sentimos miedo. Si vemos a un desconocido tenemos miedo. Les tenemos mucho miedo a los hombres», reconoce Nham Mom.
El Consejo de Gobierno de Koh Kor tiene ahora la meta difícil de decidir sobre los futuros maridos de sus hijas. Una de las opciones que cobra fuerza es que, llegado el momento, se les permita quedarse con la condición de que se busquen un trabajo fuera de la isla y sólo acudan a dormir. Muchas piensan, sin embargo, que de esa forma el sueño se desvanecerá y la tranquilidad de Koh Kor se perderá para siempre.
Camboya, cuna del antiguo imperio de Angkor que dominó el sudeste asiático durante catorce siglos, es hoy un país hundido entre los diez más pobres del mundo. La mitad del presupuesto nacional depende de la ayuda exterior, la renta per cápita no supera los 300 dólares anuales y miles de personas mueren cada año por la explosión de minas antipersonas.
En las afueras de Phnom Penh pueblos enteros fueron convertidos en prostíbulos donde niñas, entre los 8 y 17 años de edad, son ofrecidas en cuartos donde se las marca con un número para facilitar la elección del cliente. Occidentales europeos, australianos o estadounidenses pagan por llevarse a sus hoteles a menores de 15 años de las discotecas de la capital y el país vive una fiebre de violaciones de niñas sin precedentes porque entre los camboyanos se ha extendido la creencia de que acostarse con una virgen «cura el sida».
Todo ello ha llevado a Camboya la mayor epidemia de sida de Asia con 4 por ciento de la población adulta infectada. La enfermedad terminó por hundir a la población cuando trataba de recuperarse de tres décadas de guerra civil.
La llegada al poder del régimen de los Khmers Rojos (1975-1979) llevó a su líder, Pol Pot, a declarar el denominado Año Cero en la pequeña nación asiática. Cientos de miles de personas fueron expulsadas de las ciudades y trasladadas al campo, se crearon campos de trabajos forzados y decenas de centros de tortura.
La isla de Koh Kor fue uno de los campos de la muerte utilizados por los Khmers Rojos para llevar a cabo sus ejecuciones y Pol Pot ordenó construir en ella la mayor prisión del distrito de Saang.
Bajo tierra yacen todavía cientos de víctimas de aquellos días, algunas ejecutadas por delitos como llevar gafas o haber estudiado en la universidad. Cuando la invasión vietnamita terminó con el delirio maoísta de Pol Pot, sólo quedaban siete abogados vivos en todo el país y cerca de dos millones de personas habían muerto en el peor genocidio desde la Segunda Guerra Mundial (la población camboyana de entonces apenas superaba los nueve millones de habitantes).
La historia de Koh Kor siempre se ha desarrollado paralela a la de Camboya. De fosa común pasó a cárcel de prostitutas durante los once años de ocupación vietnamita para terminar convirtiéndose en el símbolo de los abusos contra la mujer. La isla está situada a tan sólo 30 kilómetros de la capital, pero hasta hace poco nadie había prestado atención a sus inundados campos situados en medio de la nada. Los barcos que cruzan el río Tonle simplemente pasaban de largo. En sólo cinco años su aspecto ha cambiado por completo. Sus habitantes incluso comenzaron a exportar las telas que bordan a países como Inglaterra o Suiza gracias a la ayuda de la ONG ABBA y los niños pasan las tardes aprendiendo baile y yendo a la escuela, un lujo que la mayoría de las familias camboyanas no se puede permitir.
Set Sophy, de 43 años, fue abandonada por su marido al nacer su tercer hijo. Sin recursos, ni casa ni medios para ganarse la vida, terminó viviendo bajo el balcón de un edificio, junto al aeropuerto de la capital. Fue allí donde una mujer occidental se le acercó para ofrecerle 300 dólares a cambio de sus tres hijos. «Ese día me di cuenta de que tenía que escapar. Tenía miedo de que aquella mujer volviera y se llevara a mis niños», dice Sophy. Uno de los colaboradores de Pierre Tami la encontró vagando en las calles de Phnom Penh y se la llevó a Koh Kor, donde ha aprendido a bordar telas. «Mi vida cambió. Es como un sueño, sólo tengo miedo de que se termine», asegura ahora.
Uno de los objetivos de la sociedad de Koh Kor es crear un sistema judicial para las mujeres que no existe en el resto de Camboya.
En los últimos dos años se extendieron por todo el país los ataques con ácido que desfiguran a jóvenes adolescentes. Las agresoras son a menudo esposas de hombres poderosos que acusan a las víctimas de mantener relaciones con sus maridos. Ninguna de las atacantes ha sido jamás llevada a juicio. Tampoco los autores de violaciones a menudo soldados o policías tienen que enfrentarse a los jueces y sí lo hacen pueden salir absueltos pagando un pequeño soborno.
Gobierno
En Koh Kor las tres mujeres que forman el pequeño gobierno son también las encargadas de resolver las disputas y formar un tribunal local que hasta ahora casi no tuvo trabajo. En uno de los casos más recientes se tuvo que decidir sobre la expulsión de una mujer que había robado tres gallinas a la vecina. La sentencia se quedó finalmente en una multa y en un aviso. «Lo importante es que se den cuenta que el futuro depende de ellas. No las ayudamos en el trabajo, ellas se tienen que ganar la vida y deben tomar las decisiones que crean convenientes para prosperar y ofrecer las mejores oportunidades para sus hijos», asegura Pierre Tami, que lleva más de seis años trabajando en Camboya.
Los más optimistas esperan que el proyecto Hagar sea el comienzo de una nueva mentalidad entre las mujeres camboyanas. Hartas de abusos y vejaciones, muchas de ellas se están uniendo como jamás antes lo habían hecho en asociaciones y grupos para defenderse de una población masculina brutalizada por la guerra. Las jóvenes con más recursos se entrenan en defensa personal y tiro en los campos de las afueras de la capital y cada vez más llevan una pistola en el bolso. Las asociaciones de mujeres, hasta hace unos pocos años desconocidas, no dejan de crecer y han comenzado a llegar a las zonas rurales donde las niñas son casadas con 13 o 14 años y, a menudo, pasan el resto de su vida padeciendo los maltratos de sus maridos. «Se nos ha tratado como si no fuéramos nada durante mucho tiempo y es hora de que hagamos algo al respecto», dice Tive Sarayeth, directora del Centro de Comunicación de la Mujer de Camboya y una de las nuevas líderes sociales del país.
Koh Kor trata por su parte de mantener su condición de oasis rodeado de violencia. La creciente «riqueza» de las mujeres locales despertó envidia en los pueblos cercanos y en los últimos meses se produjeron ataques y robos que los creadores del proyecto temen que vayan a más. Los hombres que trabajan a sólo unos pocos kilómetros no entienden que las cosechas de Koh Kor sean mejores que las suyas, que los niños de la isla vayan mejor vestidos que los suyos o que las mujeres ganen el doble que ellos.
El gobierno de Camboya, sorprendido por el éxito de la idea, cedió un segundo terreno, en este caso de 100 hectáreas, para repetir la experiencia. De nuevo se empezó de cero, construyendo algunas viviendas, preparando el terreno para la agricultura y formando a 24 mujeres, que han comenzado a ser trasladadas a su nueva villa. También allí se ha impuesto ya la primera regla de la nueva sociedad matriarcal: los hombres están vetados.


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