6 de septiembre 2001 - 00:00

La nueva torre de los superricos en EE.UU.

Nueva York - En el piso 35 vive Naomi Campbell, en su nido de 5,3 millones de dólares. Un poco más arriba, en el 58, se ha instalado Sophia Loren por un precio algo más módico (unos 4 millones). La planta 84 la ha reservado Bill Gates, que andaba buscando residencia por en Manhattan: 19,8 millones de dólares. Pero lo máximo es el ático, piso 90, adquirido por el multimillonario turco Cern Uzan por la friolera de 38 millones de dólares, el precio más alto jamás pagado por un habitáculo en la ciudad de los rascacielos.

Bienvenidos a la TrumpWorld Tower, el no va más del lujo al que acuden los ricos y famosos. «¿Crisis? ¿Qué crisis?», se pregunta Sherry Tobak, la persona responsable de la oficina de ventas de la torre residencial más alta y pretenciosa del planeta. «La recesión, desde luego, no ha llegado a estas alturas.»

Desde ese nivel, piso 76, uno podría hacer añicos el Palacio de Cristal de la ONU de un solo pisotón. La cúpula del edificio Chrysler nos la pondríamos de sombrero. Y si pasara por aquí King Kong, le pediríamos que nos llevara de un salto hasta el observatorio del Empire State, que queda más o menos a la par.

A la nueva torre Trump, al más puro estilo Trump, la conocen ya como La Sombra, por el manchón negro que proyecta a lo largo y ancho del skyline de Manhattan. La gente del barrio mira hacia arriba con tanto asombro como desprecio. Muchos de ellos no olvidan la batalla perdida ante los tribunales, encabezada por el presentador Walter Cronkite y respaldada por el mismísimo secretario general de la ONU, Kofi Annan.

Desquite

Donald Trump, fortalecido ante la adversidad, se salió con la suya. El Ayuntamiento y los jueces le dieron la razón. Y él se desquitó: «La gente rica que me critica terminará viviendo en mi torre, porque es mejor, mucho mejor, que donde están viviendo ahora. No hay nada comparable en todo Nueva York».

Le suplicamos a Sherry Tobak, la agente inmobiliaria, que nos muestre un departamento modesto en la torre, tipo Naomi Campbell, para hacernos una idea. Trescientos metros cuadrados, 5,3 millones de dólares. Techos altísimos, terminaciones impecables. Paredes de cristal, insuperables vistas. A lo lejos, la Estatua de la Libertad. Y un poco más allá, la curvatura de la Tierra.

El ático del piso 90 es un dúplex de 1.500 metros cuadrados con garantía de inmortalidad. Lo ha adquirido un tal Cern Uzan, magnate de los medios de comunicación en Turquía, relativamente desconocido por estas costas hasta que llegó, talonario en mano, presto a desembolsar 38 millones de dólares. Nadie había pagado hasta la fecha tanto por un piso en Manhattan. La altura tiene un precio: al fin y al cabo, ningún otro mortal va a poder levitar día y noche a 268 metros sobre el nivel de la calle.

«Muchas celebridades, representantes de la realeza y propietarios de industrias han comprado piso en la torre», dice escuetamente la nota oficial de Trump Properties. Sherry Tobak no nos quiere dar nombres. Pero los apellidos trascienden.

Por el momento sólo están ocupados los pisos más bajos, aunque
85% ya está vendido. Entre los vacantes, quedan aún auténticas gangas a partir de los 2,14 millones de dólares. En todos ellos, los baños de firma diseñados por Breccia Oniciatta para Donald Trump. Más lujos: piscina romana, masajes a domicilio, servicio casero de restorán cuatro tenedores... La mano alargada del magnate se percibe tanto por fuera del edificio -un diseño sombrío de Costas Kondyliscomo en los recargados interiores: profusión de mármoles, dorados y lámparas de araña. Al recibidor le faltan aún algunos retoques; la entrada noble estará por detrás, con zona de carga y descarga para las limusinas.

Por ahí aparecerá, tarde o temprano, Bill Gates, que buscaba una réplica urbana a su fastuosa mansión hitech de Seattle. Gates se ha apropiado de uno de los pisos más altos, el 84, por 19,8 millones de dólares. Como otros ilustres vecinos, ha encargado a un diseñador de interiores que se lo decore.

Cuatro plantas por encima estará el apartamento de la estrella deportiva
Derek Jeter, de los New York Yankees. Jeter pagó unos 15 millones de dólares, lo mismo que el afamado productor de Broadway Marty Richards, por el piso 72. Algo más abajo, en el 65, nos topamos con el magnate inmobiliario Steven Green, uno de los hombres más ricos de la ciudad, hermanísimo del que muchos creen será el próximo alcalde de Nueva York, Mark Green.

El piso es el segundo más amplio y más caro de la torre del oro: 27,8 millones de dólares. Hasta aquí, el poder del dinero.

El famoseo propiamente dicho empieza a la altura de la planta 58 con Sophia Loren: un loft de dos dormitorios por cuatro millones de dólares. Algo más amplio, piso 35, el apartamento de Naomi Campbell.

En las Naciones Unidas, por cierto, ha caído muy mal la construcción de «esa sombra colosal» en palabras de Kofi Annan en la vecina calle 47. Al secretario general no se le escapa el simbolismo, la afrenta de Donald Trump y de su privadísima y privativa «torre mundial». Si al menos lo hubiera compensado con una generosa contribución a la ONU, como el multimillonario
Ted Turner...

Otro rostro famoso, el del presentador
Walter Cronkite, encabezó la protesta ante los tribunales. «Este edificio es una ofensa para Naciones Unidas y para todo el vecindario», dijo Conkrite, que logró reunir unos 10.500 dólares para sufragar la campaña anti-Trump. La nueva torre, alegaban, es un aberración urbanística que alterará para siempre el plácido, señorial y fluvial ambiente de Beekman Hill. Muchos vecinos perderían sus vistas del East River, otros quedarían ensombrecidos, todos sufrirían los rigores de la congestión y de las medidas de seguridad... Pero Trump venció la batalla.

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